miércoles, 30 de noviembre de 2011

La Oracion de Simplicidad


Diríase que muchas veces vivimos en la persuasión de que la oración es una fuerza o energía cuyo principal fundamento somos nosotros mismos, y que por ella pretendemos inclinar la voluntad de Dios, por arte de persuasión. Y lógicamente tropezamos con una dificultad que con frecuencia formularon los deístas de los siglos XVII y XIX: ningún hombre es capaz de mover o inclinar la voluntad de Dios. Este es sin duda la bondad misma, que no pide otra cosa que darse o entregarse; es la misma misericordia siempre dispuesta a venir en auxilio del que padece; mas Dios es también el Ser absolutamente inmutable; la voluntad divina, desde toda la eternidad, es tan inconmovible como misericordiosa. Nadie puede gloriarse de haber conseguido que, en cualquier asunto, Dios vea más claro o cambie su voluntad: "Ego sum Dominus et non mutor: Yo soy el Señor, y no cambio" (Mal., III, 6). Por los decretos de la Providencia, el orden de las cosas está fuerte y suavemente establecido desde el principio

¿Habremos de concluir, con los fatalistas, que la oración no vale nada? ¿Que, roguemos o no, lo que ha de suceder sucederá necesariamente?

Las palabras del Evangelio permanecen inconmovibles: "Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá". La oración, en efecto, no es una fuerza que en nosotros tenga su principio fundamental; ni es un esfuerzo del alma humana para hacer violencia a Dios y obligarle a cambiar sus decretos providenciales. Si a veces se habla de ella en este sentido, sólo es lícito dar a tales palabras un sentido metafórico y ver en ellas una manera humana de expresarse. En realidad, la voluntad de Dios es absolutamente inmutable; mas precisamente esa suprema inmutabilidad es el fundamento y la fuente de la infalible eficacia de la oración. Todo esto es muy sencillo, no obstante estar ahí encerrado el misterio de la gracia. Hay en ello cierta penumbra muy atrayente y bellísima. Subrayemos en primer lugar lo que es claro: la verdadera oración es infaliblemente eficaz, porque Dios, que nunca vuelve atrás, ha decretado que así sea. Esto lo comprendieron clarísimamente los santos al contemplar los misterios de Dios.

No sólo las cosas que suceden han sido previstas y queridas (o permitidas al menos) de antemano por un decreto de la Providencia, sino también el mosto como suceden, y las causas que dan lugar a tales acontecimientos; todo esto fue establecido desde toda la eternidad.

Ninguna criatura existe sino merced a la bondad de Dios. De esto, sólo la criatura racional tiene conciencia. La existencia, la salud, las fuerzas físicas, la luz de la inteligencia, la energía moral, el éxito en nuestras empresas, todas estas cosas son dones de Dios.

Él rústico de Ars solía decir: "Me fijo en Nuestro Señor, y él se fija en mí." Un alma de oración dice mucho en pocas palabras, que vuelve a repetir con frecuencia, sin decir dos veces la misma cosa. Esta prolongada comunión espiritual viene a ser como la respiración del alma o su descanso en Dios.

En consecuencia, pedir la gracia de la contemplación equivale a pedir que la venda de la soberbia espiritual, que cubre nuestros ojos, caiga de una vez, y nos sea dado así penetrar y gustar en verdad los grandes misterios de salud: el del sacrificio de la Cruz, perpetuado en la Misa, y el del sacramento de la Eucaristía, manjar de nuestras almas.

Bossuet, sin peligro alguno de caer en el quietismo, invitanos a esta oración afectiva simplificada, en su precioso opúsculo: Manera breve y fácil de hacer oración con fe y simple presencia de Dios. Citemos los principales pasajes: "Hemos de acostumbrarnos a nutrir el alma con una simple y amorosa mirada a Dios y a Jesucristo Nuestro Señor; para esto, preciso es alejarla, poco a poco, del razonamiento, del discurso y de los multiplicados afectos, para mantenerla en simplicidad, respeto y atención, y acercarla de ese modo más y más a Dios, su único bien soberano, su primer principio y último fin. "La perfección de esta vida consiste en la unión con nuestro soberano bien; y cuanto mayor sea la simplicidad, tanto más perfecta será la unión. Por esta razón la gracia invita interiormente a aquellos que pretenden ser perfectos, a hacerse sencillos, para llegar por ese camino a gozar del Único necesario o sea la unidad eterna... Unum mihi est necessarium... Deus meus et omnia!.. "La meditación es muy conveniente y buena, hecha a su debido tiempo, y muy útil a los principios de la vida espiritual; mas no conviene estacionarse en ella, pues el alma, si permanece fiel al recogimiento y a la mortificación, recibe de ordinario una oración más pura e íntima, que podemos llamar de simplicidad, y consiste en una simple vista o mirada a Dios, a Jesucristo o a alguno de sus misterios. En ella el alma, dejando el

razonamiento, echa mano de una muy dulce contemplación que la mantiene sosegada, atenta y dispuesta a ciertas operaciones y divinas impresiones que el Espíritu Santo le comunica. Hace poco y recibe mucho... y como está más cerca de la fuente de todas las gracias, de todas las luces y de todas las virtudes, más se le da... "Hay que hacer notar que esta verdadera simplicidad hace que vivamos en una muerte continua y en total desasimiento, porque nos hace ir a Dios derechamente, sin detenernos en las criaturas; pero tal gracia de simplicidad no se obtiene mediante la especulación, sino mediante gran pureza de corazón y la verdadera mortificación y desestima propia. Mas quien quisiere evitar el sufrir, humillarse y morir a sí propio, nunca llegará a ella; por eso son tan pocos los que adelantan, porque casi nadie pasa por huir de sí y renunciarse; y, no habiendo esto, harto se pierde y se ve uno privado de riquezas inenarrables... La fidelidad que hace que uno muera a sí mismo. . . es la preparación para esta suerte de oración... "El alma esclarecida e iluminada estima grandemente el modo que tiene Dios de comportarse, al permitir que sea probada por las criaturas y atormentada por las tentaciones y el abandono... Purgada el alma en el purgatorio de los sufrimientos, por el que es preciso pasar, viene la iluminación, el descanso y el gozo en la unión íntima con Dios." Este purgatorio de sufrimientos al que se refiere aquí Bossuet, como necesario antes de la iluminación, es la purgación pasiva de los sentidos de la que más tarde habremos de tratar; ella es, en efecto, a la entrada de la vía iluminativa, a modo de una segunda conversión.


EXTRAIDO DE:

P. Reginald Garrigou-Lagrange

LAS TRES EDADES DE LA VIDA INTERIOR