viernes, 28 de octubre de 2011

EL DEFECTO DOMINANTE

La excusa del defecto dominante está aquí siempre a flor de labios, porque el mismo excita fácilmente a todas las demás pasiones, las dirige como señor, y ellas le obedecen al momento. Así es como el amor propio herido luego excita la ironía, la ira y la impaciencia. Además, ese defecto, si ha llegado a echar hondas raíces, experimenta particular repugnancia en dejarse desenmascarar y combatir, porque pretende reinar en nosotros. Y llega esto, a veces, a tal extremo, que cuando alguien nos acusa de él, le replicamos: "Podré tener otros defectos, pero éste jamás".
Podemos igualmente venir en conocimiento de la pasión dominante, por las tentaciones que con mayor frecuencia suscita en nuestra alma el enemigo, porque sobre todo nos ataca por el punto débil de cada cual.
En fin, en los momentos de verdadero fervor, las inspiraciones del Espíritu Santo acuden solícitas a pedirnos sacrificios en tal materia. Si con sinceridad recurrimos a estos medios de discernimiento, fácil nos será reconocer a este enemigo interior que con nosotros llevamos y nos hace sus esclavos:

"Aquel que se entrega al pecado, esclavo es del pecado", dice Jesús por San Juan (VIII, 34). Es como una prisión interior que llevamos con nosotros a dondequiera que vamos. Procuremos con toda nuestra alma hacerla a un lado. Gran fortuna sería encontrar a un santo que nos dijera: "Éste es tu defecto dominante, y ésta tu buena cualidad principal que generosamente debes cultivar para conseguir la unión con Dios." De este modo llamó Nuestro Señor hijos del trueno, boanerges, a los jóvenes apóstoles Santiago y Juan, que querían hacer bajar fuego del cielo sobre una aldea que se había negado a recibirles. Leemos en San Lucas (IX,56): "Y les replicó diciendo: ¡No sabéis de qué espíritu sois! El Hijo del hombre no vino para perder a los hombres, sino para salvarlos." En la escuela del divino Salvador, los boanerges se hacen mansos, hasta tal punto que, al fin de su vida, San Juan Evangelista no acertaba a decir sino una cosa: "Hijitos míos, amaos los unos a los otros" (I Joan., II, 18-23). Y, como le preguntasen por qué repetía tanto la misma cosa, respondió: "Es el precepto del Señor; y si lo cumplís, con él basta." Juan no había perdido nada de su ardor, ni de su sed de justicia, pero ésta se había espiritualizado e iba acompañada de una gran mansedumbre.
Recién recordábamos el paso en que Santiago y Juan pidieron al Señor que lloviera fuego del cielo sobre la aldea que no les quiso recibir. Jesús les llamó entonces, con divina ironía, Boanerges (Marc., III, 17),o hijos del trueno, dándoles a entender que debían ser hijos de Dios y tener, como Él, más paciencia, esperando la conversión de los pecadores. Los dos hermanos comprendieron tan bien la lección, que al fin de su vida Juan no acertaba sino a repetir una sola cosa: "Amaos los unos a los otros, porque éste es el precepto del Señor." En la escuela de Jesús, los boanerges aprenden a ser mansos, mas no por eso pierden su ardor y celo, sino que ese celo, habiéndose hecho más dulce y paciente, produce duraderos frutos que permanecen eternamente.
Recordemos también cómo fué curado Pedro de su precipitación y presunción; había asegurado al Señor, que anunciaba su Pasión: "Aun cuando todos se escandalizaren por tu causa, nunca jamás me escandalizaré yo." Jesús le replicó: "En verdad te digo que esta misma noche, antes que cante el gallo, has de renegar de mí tres veces"(Mat., XXVI, 33.).
Pedro, humillado por su pecado, curóse de su presunción y ya no confió en sí mismo, sino en la gracia divina; y la gracia lo levantó a la más alta santidad por la vía del martirio.
La precipitación arrastra a veces a ciertos jóvenes, generosos y entusiastas, a querer llegar a la cumbre de la perfección antes que la gracia, sin tener en cuenta la necesaria mortificación para disciplinar las pasiones, como si ya vivieran en la intimidad de la divina unión. Leen a veces con avidez y curiosidad obras de mística, y se apresuran a recoger sus bellas flores sin dar tiempo a que se haya formado el fruto. Se exponen así a muchas ilusiones, y a caer, cuando viene la desilusión, en la pereza espiritual y en la pusilanimidad. Se debe avanzar, es cierto, con decisión, y aun con paso rápido y firme, y tanto más cuanto nos aproximamos más a Dios; pero hemos de
guardarnos de lo que San Agustín llama magni passus extra viam, de dar grandes pasos, pero fuera del camino. Los efectos de esta precipitación y de la propia satisfacción que la acompaña, son la pérdida del recogimiento interior, la turbación y estéril agitación, que de acción fecunda no tienen sino las apariencias, como esos vidrios de color que imitan piedras preciosas.

Para disciplinar las pasiones, hemos de preocuparnos de combatir la vivacidad de temperamento junto con la presunción que nace de la propia estima, y al mismo tiempo la molicie y la pereza que aun serian más perjudiciales a la vida interior. Mediante esta labor lenta, pero perseverante, sobre la cual todos los días hemos de traer el examen, los boanerges se vuelven mansos, sin por eso perder la energía espiritual, que es el celo de la gloria de Dios y de la salud de las almas. Y los que están dotados de temperamento blando y se inclinan más bien a la pereza e indolencia, llénanse de fortaleza. Unos y otros subirán así por distintas vertientes a la cumbre de la perfección; y comprenderán lo mucho que importa someterse poco a poco a la disciplina y permanecer habitualmente fieles a la gracia "sin la cual, en orden a la salvación, nada podemos realizar". En tal caso, las pasiones, bien dirigidas y disciplinadas, se transformarán en energías utilísimas al bien de nuestras almas y de las del prójimo. Entonces la audacia estará al servicio de la fortaleza que hará desaparecer el miedo irreflexivo cuando se trate, por ejemplo, de volar en socorro del prójimo en peligro. Igualmente la mansedumbre, que supone gran dominio de sí, pondrá freno a la cólera para que nunca sea sino la santa indignación del celo; de un celo que, sin perder nada de su ardor, permanezca dulce y paciente, y que es el signo de la santidad.