viernes, 21 de octubre de 2011

DISPOSICIONES PARA SACAR PROVECHO DE LAS LECTURA


Una oración hecha al comenzarla nos obtendrá la gracia actual para leer la Santa Escritura o los libros espirituales con espíritu de fe, evitando cualquier inútil curiosidad, la vanidad intelectual y la tendencia a criticar, más bien que a aprovechar lo que uno lee. El espíritu de fe hace que busquemos a Dios en esas obras. Preciso es también, junto con un sincero y vivo deseo de perfección, aplicarnos a nosotros mismos lo que leemos, en lugar de contentarnos con el conocimiento teórico. Haciéndolo así, aun cuando leamos lo concerniente a las "virtudes menores", en expresión de San Francisco de Sales, sacaremos gran provecho, porque todas las
virtudes están en conexión con la más alta (le todas, la caridad. Es también muy provechoso para las almas avanzadas releer, de tiempo en tiempo, lo que concierne a los principiantes; así lo comprenderán con una inteligencia superior, y quedarán sorprendidas de lo que en esas cosas se halla virtualmente contenido, como en las primeras líneas de un pequeño catecismo que nos enseña el motivo por el que fuimos creados y puestos en el mundo: "Para conocer a Dios, amarle, servirle, y conseguir así la vida eterna."
Es asimismo muy conveniente, que los principiantes, sin pretender saltar las etapas intermedias y caminar más de prisa que la gracia, se den cuenta cumplida de la elevación de la perfección cristiana. Porque el fin a que aspiramos, que' es lo último que hemos de conseguir, es lo primero en el orden de la intención o el deseo. Es, pues, necesario, desde los comienzos, querer eficazmente hacerse santo, ya que todos somos llamados a la santidad que en el momento de nuestra muerte nos abrirá las puertas del cielo; pues nadie entrará en el purgatorio sino por faltas que hubiera podido evitar.
Si los principiantes y los adelantados tienen verdaderos deseos de santificarse, en la Sagrada Escritura y en las obras espirituales de los santos encontrarán la ruta que han de seguir; y escucharán, leyendo esos libros, las enseñanzas del Maestro interior. Para conseguirlo, hay que leer atentamente, y no devorar los libros; es preciso penetrar bien en lo que se lee. En tal caso, la lectura se transforma poco a poco en oración y cordial conversación con el Huésped interior Es muy conveniente volver a leer las obras que años atrás hicieron bien a nuestras almas. La vida es corta; por eso nos hemos de contentar con leer y releer aquellos escritos que verdaderamente llevan impresa la huella de Dios, y no perder el tiempo en lecturas de cosas sin vida y sin valor. Santo Tomás de Aquino no se cansaba de leer las Conferencias de Casiano. Cuántas almas no se han mejorado grandemente, leyendo con frecuencia la Imitación de Jesucristo! Es más provechoso penetrarse profundamente de un libro de este género, que leer superficialmente toda una biblioteca de autores espirituales.
Es igualmente necesario, como dice San Bernardo, leer con espíritu de piedad, buscando no solamente conocer las cosas divinas antes bien gustarlas. Se lee en San Mateo, XXIV. 15: "Que el que lea, entienda", y pida luz a Dios para bien comprender. Los discípulos de Emaús no habían entendido el sentido de las profecías, hasta que el Señor abrió sus inteligencias. Por esto nos dice

San Bernardo:

"Oratio lectionem interrumpat, que se suspenda la lectura para orar"; así resulta la lectura sustancioso alimento espiritual y dispone a la oración. En fin, se debe comenzar a poner inmediatamente en práctica lo que sa ha leído. Nuestro Señor dice al final del Sermón de la Montaña(Mat., VII, 24): "Cualquiera que escucha estas mis instrucciones y las practica será semejante a un hombre cuerdo que fundó su casa sobre piedra... Pero el que ove estas instrucciones que doy y no las pone por obra, será semejante a un hombre loco que fabricó su casa sobre arena."
"Que no son justos, dice también San Pablo, delante de Dios, los que oyen la ley, sino los que la cumplen" [419]. Hecha así, es fructuosa la lectura. Leemos en la parábola del sembrador: "Parte de la semilla cayó en buena tierra, y habiendo nacido, dió fruto de ciento por uno... Esto denota a aquellos que con un corazón bueno y sano oyen la palabra de Dios, y la conservan, y mediante la paciencia dan fruto sazonado" (Luc., VIII, 8-15.). Según esta parábola, tal lectura espiritual puede producir como treinta, otra como sesenta, y otra el ciento por uno. Así fué, por ejemplo, la lectura que hizo San Agustín cuando ovó las palabras: Tolle et lege; abrió en el acto las Epístolas de San Pablo, que se encontraban sobre su mesa, y leyó estas palabras (Rom., XIII, 13): "No andemos en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas y envidias. Mas revestíos de Nuestro Señor Jesucristo." Al instante su corazón se sintió cambiado, se retiró algún tiempo a la soledad, y se hizo inscribir para el bautismo, Y produjo verdaderamente el céntuplo, del que después se han alimentado y vivido millares de almas.