miércoles, 5 de octubre de 2011

DOMINGO DE HELION - EL SANTO ROSARIO


UN JOVEN INQUIETO: El creador de nuestro actual rosario fue un polaco. Un extraordinario personaje, Domingo Helion. Nació cerca de Gdansk, en la costa, en el año 1382. Pasó a la historia con el nombre de Domingo de Prusia, porque en aquella época toda la costa pertenecía a Alemania. Él mismo escribió su autobiografía en su «Liber Experientiarum», el libro de sus experiencias. Nació en una humilde pero honrada familia ribereña. Su padre era pescador. Murió cuando él era niño dejándole huérfano. Su madre, buscando algo mejor para su hijo que parecía bien dotado, lo envió a Gdansk a servir en casa de cierto predicador. Éste le enseñó el alfabeto y el padrenuestro y le inició en la devoción al la Virgen. Siendo aún muy jovencillo hizo un voto a la Virgen, que luego sin embargo se olvidaba de cumplir bien: «Santa María -le dijo a la Virgen-, ayúdame a estudiar mucho para que pueda llegar a ser sacerdote». Con todo, no cumplió su promesa pero en medio de sus juergas y aventuras siempre le quedaba una voz interior que le llamaba. En un momento de arrebato se decidió a ingresar en la cartuja de Praga, pero al poco estaba de nuevo en Cracovia practicando magia negra para ganarse la vida. En su desorden, de pronto era capaz de dar de una todo su dinero en limosna. Marchó a estudiar a la universidad de Cracovia, donde en vez de estudiar se dedicó por desgracia a llevar una vida perdida jugando a los dados y bebiendo cerveza. En cierta ocasión, entró Domingo en una iglesia para pedir perdón por sus muchos pecados y desvaríos. ¿Sería quizá en Cracovia la famosísima basílica de la Virgen que en aquella época justamente estaba prácticamente concluida y que se alza hoy maravillosa en la grandiosa plaza del Rynek? El caso es que allí se le acercó una mendiga envuelta en una pobre capa azul pidiéndole una limosna. Le dio Domingo su última moneda. La vieja le prometió allí mismo que aquella moneda dada sería la redención de sus pecados. Mucho más tarde Domingo reconocería que en los rasgos de la vieja mendiga que se le había acercado a la misma Madre de Dios, fiel a la alianza contraída con aquel niño de Gdansk. Inmediatamente comprendió que no le quedaba más remedio que entregarse por completo a su vocación e ingresó en la más severa de las órdenes monásticas, en la cartuja de Tréveris, en Alemania, junto al río Mosela. La copia más antigua de su manuscrito autobiográfico se encuentra actualmente el Biblioteca de la ciudad de Tréveris.

LA GENIALIDAD DE UN NOVICIO CARTUJO: De todos modos, a pesar de ser bastante joven, Domingo de Helion se consideraba ya acabado, sin fuerzas para seguir viviendo, sintiéndose al final de su vida. Pero en la cartuja de Tréveris la Providencia le hizo encontrarse con un extraordinario y valiosísimo prior, Adolfo de Essen, un alemán, que inmediatamente se percató de la valía interior de aquel muchacho atolondrado y que tanto había sufrido ya en la vida. En efecto, el novicio estaba tan acabado que se sentía incapaz de hacer la meditación. Ni siquiera de rezar con sentido una sola avemaría.

Su maestro y guía solía por aquella época justamente rezar una cierta forma de rosario al que había tomado afición. No era nuestro actual rosario. No tenía ni Credo ni Gloria, ni las avemarías tenían aún una segunda parte de súplica, ni había misterios, ni nada por el estilo. Era más bien el rosario de la Leyenda del Caballero. Simplemente la repetición de las cincuenta avemarías. Pero el prior había escrito incluso un librito sobre esta devoción, que había dedicado a una buena amiga suya que estaba pasando por un momento muy difícil de su vida, Margarita de Baviera. Adolfo, pensando ayudar a Domingo, le entregó el librillo, advirtiéndole que no hay nadie que repitiendo cada día las cincuenta avemarías al cabo de un año no haya podido cambiar completamente su vida. Así pues Domingo empezó con la práctica que su buen padre y consejero le había recomendado. Al poco tiempo, sin embargo, empezó a cansarse, pues le resultaba inútil y bastante aburrido. Se encontraba completamente desanimado. Para muchos esta dificultad es complicada de vencer. Pero él consiguió encontrar el modo de convertir esta dificultad en una gracia, como suele suceder con los genios. En aquella época precisamente el prior Adolfo estaba escribiendo otro librillo de meditaciones de la vida de Cristo. Le entregó a Domingo su nueva obra sobre la Vida de Jesús, y ahí tenemos a nuestro novicio con un libro en cada mano y un montón de resistencia a la plegaria en el corazón. ¿Y qué se le ocurrió hacer? Una síntesis providencial, juntando la repetición de las avemarías con la meditación de la vida de Cristo, de forma originalísima. En efecto, al final de cada avemaría, al llegar a la palabra Jesús, fue añadiendo una a una breves cláusulas meditativas correspondientes a los diversos momentos de la vida de Cristo. Un ejemplo: Dios te salve, María. Llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es fruto de tu vientre, JESÚS, - al que por el anuncio del ángel concebiste del Espíritu Santo. Amén. Luego, a cada una de las siguientes avemarías iba añadiendo otras cláusulas distintas, desde la concepción hasta la muerte y resurrección del Señor. Y así hasta cincuenta, de modo que de pronto el rosario empezó a tener un contenido meditativo variadísimo y riquísimo, guardando sin embargo una misma estructura repetitiva fija. Se trata ya de un verdadero rosario en el sentido actual de la palabra. De este modo Domingo compuso cincuenta cláusulas con las que iba recitando las avemarías haciendo lentamente una admirable meditación de los misterios de la vida de Cristo. Se encerraba en la soledad de su celda. Se ponía a rezar con toda calma cada avemaría, susurrando luego cada cláusula, guardando un instante de silencio meditativo para saborear la escena evangélica evocada. Luego pasaba a la siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente hasta terminar todo su recorrido espiritual. La recitación de su rosario podía llevarle por lo menos una hora, porque era un verdadero ejercicio de meditación. Aquella meditación hecha junto a María le daba una increíble capacidad de profundización en los misterios de Cristo y traía al alma de aquel agitado novicio una nueva y bellísima paz de espíritu. El alma de Domingo empezó a sentirse cerca de Dios y una nueva felicidad empezó a colmarle. Por fin y después de una larga lucha podía encontrar en la oración un gran consuelo.