martes, 3 de mayo de 2011

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Retrato de un hombre que acaba de morir
Pulvis es, et in pulverem reverteris. Polvo eres y en
polvo te convertirás. Gn.. 3. 19.

PUNTO 1

Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir.
Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una
fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal., 14, 11). A
todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha dé
tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga
el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo,
luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de
expirar: Mira aquel cadáver, tendido aún en su lecho
mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido
el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte;
hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de
color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo;
yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo
ve!... ¡ Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente
o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el
mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso
cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado
desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor
insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes,
y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia
o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que
no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel
cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino
para que despida más insufrible fetidez, dice un autor

¡ Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio,
aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado
en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de
quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de
casa, y pagan portadores para que, encerrado en su
ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama
no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de
ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su
recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que
era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia
con grandes riquezas. Contrístame algunos, porque la
vida del que murió les era provechosa; alégranse otros,
porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus
deudos más allegados no quieren que de él se les hable,
por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de
otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto,
no falta un pariente que diga: «¡ Por caridad, no me lo
nombréis más!»
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus
deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos
en la escena del mundo a representar su papel y a recoger
la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren;
pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran.
Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en
breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y
muy luego parece como que su muerte los regocija. En
aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro,
y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán,
como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos...
Y tu alma, ¿dónde estará entonces?

PUNTO 2

Mas para ver mejor lo que eres, cristiano—dice San Juan
Crisóstomo—, ve a un sepulcro, contempla el polvo, la
ceniza y los gusanos, y llora. Observa cómo aquel
cadáver va poniéndose lívido, y después negro. Aparece
luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino
y repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa
y hedionda, que cae por la tierra.
Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se
nutren de la misma carne, a los cuales, a veces, se
agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo
unas por encima de él, penetrando, otras por la boca y
las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y
el pelo; descarnase el pecho, y luego los brazos y las
piernas.
Los gusanos, apenas han consumido las carnes del
muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo
no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que
con el tiempo se deshace, separándose los huesos y cayendo
del tronco la cabeza. Reducido como a tamo de
una era de verano que arrebató él viento... (Dn., 2, 35).
Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa.
¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban
alma y encanto de la conversación? Entrad en su morada;
ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo disfruta. Buscad
sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido
todo. Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se
halla convertido en podredumbre y descamados huesos...
¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado con tan deliciosos

manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos
servidores, ¿se ha reducido a eso?
Bien entendisteis vosotros la verdad, ¡oh Santos benditos
!, que por amor de Dios—fin único que amasteis en el
mundo—supisteis mortificar vuestros cuerpos, cuyos
huesos son ahora, como preciosas reliquias, venerados y
conservados en urnas de oro. Y vuestras almas hermosísimas
gozan de Dios, esperando el último día para unirse
a vuestros cuerpos gloriosos, que serán compañeros y
partícipes de la dicha sin fin, como lo fueron de la cruz en
esta vida.
Tal es el verdadero amor al cuerpo mortal; hacerle aquí
sufrir trabajos para que luego sea feliz eternamente, y
negarle todo placer que pudiera hacerle para siempre
desdichado.