miércoles, 18 de mayo de 2011

El silencio de la noche


El silencio nos abre a grandes interrogantes y si se trata del silencio de la noche, nada mejor que aquel grito del Profeta: “centinela: ¿qué hay de la noche?”

El silencio de la noche es una vela nocturna que pone al vigía en actitud de expectación. ¿Qué podría decirnos el hombre del silencio de la noche?, ¿qué ve?, ¿qué intuye?, ¿qué barrunta?, ¿qué atisba?, estos interrogantes, sinónimos de una misma realidad, podrían ser respondidos con un Himno litúrgico vespertino: “Vi los cielos nuevos y la tierra nueva. Cristo entre los vivos y la muerte muerta”. Esto es lo que en su capacidad óptica interna, ve el hombre del silencio nocturno: el Dios de la Vida.

La noche por sí sola, se nos presta apta como espacio para el silencio. Pero no se trata sólo de ver en la noche como esa capacidad del silencio por sus connotaciones en el tiempo y en el espacio; para los orantes nocturnos, la noche es como la salida del sol, porque descubren a cara descubierta el Rostro del Señor. Para el orante la noche es la máxima claridad,el resplandor de la luz meridiana; es la realidad del grito del salmista: “tu luz Señor, nos hace ver la luz”.

En la noche parece como si el tiempo se quedara en suspenso. La noche es como la inmovilidad del tiempo, la proximidad de la eternidad. En la noche la tierra queda en el descanso del sueño, el firmamento nos atrae y miramos los astros que brillan: “lucen alegres en honor de quien los hizo”(Bar 3,34-35). La noche es el momento mas propicio para cantar con el salmista: “el cielo proclama la obra de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”(Sal 18,1). Todo parece ser protegido en la noche.

En la noche, todo parece recién estrenado: la luna, las estrellas... todo como recién salido de las manos del Creador. Carlos de Foucauld en el Sahara bendecía sus insomnios porque le permitían estar en la contemplación de Dios y su obra creadora.

El silencio es una pura y limpia atención a Aquel que nos habita, por eso el silencio es la mejor forma de hospitalidad para acoger al “amigo intimo del alma”que llega a Betania con la necesidad de que alguien le preste atención desde la ausencia total de palabras , en un clima de pura llama de atención amorosa .

Hablar del silencio y del silencio de la noche en un mundo en que las horas de la nocturnidad se nos brindan para estar en conexión con tantas cosas desde las nuevas tecnologías, parece un absurdo, pero las horas del orante la noche y del silencio de los grandes orantes de la historia están ahí. Las nuevas formas tecnológicas nos abren ventanas de comunicación y contactos insospechados. Nunca como hoy el hombre se siente realizado en sus anhelos de comunicación.Pero vamos a hacer un recorrido desde las grandes figuras bíblicas hasta los hombres y mujeres orantes de nuestros días que hicieron de la nocturnidad los tiempos más fuertes para el encuentro con Dios y para trabar las grandes batallas de su cercanía a El.

El silencio de la noche en perspectiva dominicana

Santo Domingo de Guzmán forma parte también de esta lista de los grandes orantes nocturnos. La vida de este gran orante se parte en dos, se fracciona por así decir para dedicar el día a los hombres y la noche a Dios. Desde esta perspectiva Domingo se nos presenta no sólo como el “Predicador de la Gracia”que expandía la Buena Noticia del Evangelio, sino también como el hombre nocturno que bebía el “Agua de la Sabiduría”en la fuente “que mana y corre aunque es de noche”.

¿Cómo es pues en la tradición dominicana el silencio de la noche? Para nosotros, Dominicos y Dominicas, la figura clave de nocturnidad orante es Santo Domingo.

Nos vamos a asomar a las ventanas de los “modos de orar”que son para nosotros la referencia mas segura de lo que la noche significó para Santo Domingo como espacio de tiempo sosegado de su encuentro con Dios.

Según el P. Iturgaiz O.P., el tratado de los “Modos de orar” lo consideramos como la fuente hagiográfica y transmisora de la tradición manuscrita y miniaturística”. Pero tenemos que considerar que las formas adoptadas por Santo Domingo para orar, siempre se llevaron a cabo en la noche, y esto lo sabemos gracias a la curiosidad nocturna de aquel buen fraile que en la noche buscó a Domingo y lo vio a través de los entresijos que daban a la Iglesia orando en las formas o “Modos”que conocemos y que sus gritos a favor de los “pobres pecadores” los lanzaba desde la Iglesia en la noche.

Para Santo Domingo por tanto, la noche no solo va a ser espacio del encuentro con Dios, sino una continuidad del contacto con sus hermanos los hombres a quienes había dedicado el día por entero . De aquí nace nuestra contemplación de encarnación: Domingo era el contemplador de Dios desde una dimensión de comunión con los sentimientos del Verbo, para quien el hombre, la humanidad entera fue el objeto de su entrega total en su misión salvadora. Domingo como Cristo, no deja nunca aparcado al hombre a un lado mientras goza de la contemplación del Rostro de Dios; gustaba de su presencia y simultáneamente gritaba : “Señor, ¿que será de los pobres pecadores?.

Tenemos también una figura femenina en la tradición de la Orden que no se nos puede escapar a la hora de englobar la lista de nuestros grandes orantes nocturnos aunque solo sea fijándonos en dos figuras claves de nuestra tradición: Es Catalina de Siena. ¿Que hizo Catalina con sus noches? Cierto que no tenemos el testimonio de Domingo sobre el empleo de sus noches, pero nos basta conocer lo que Catalina hizo en una noche para saber cómo fueron las demás de su vida. Sabemos que poseía un cuerpo frágil por lo que podemos pensar en buena lógica que Catalina empleara sus noches para el descanso y así lo haría en muchas de sus horas. Pero cuando la santa vivía momentos importantes en la vida de la Iglesia, dedicaba sus noches a orar intensamente por la “Esposa de Cristo”. Conocemos aquel momento fuerte eclesial cuando el Papa Gregorio XI regresa de Aviñón a Roma. El regreso papal se produjo en la noche: Toda Roma esperaba expectante la llegada del Papa con antorchas encendidas, dicen que los ojos de los romanos buscaban cómo localizar a Catalina, protagonista de aquel hecho, pero nadie la vio. ¿Donde estaba Catalina aquella noche, en aquellos momentos tan importantes para la cristiandad?: Encerrada en la habitación de su casa vivía el acontecimiento en una oración que duró toda la noche.

Estas son las dos figuras claves de la nocturnidad orante de la vida dominicana.

El silencio de la noche como necesidad vital hoy

Nosotros, hombres y mujeres de hoy, necesitamos del silencio de la noche para alejarnos de la temporalidad de las cosas, porque no hay nada como el silencio para enfrentarnos con esta realidad de lejanía de lo temporal. Los días de nuestro tiempo están demasiado llenos, demasiado ocupados, no queramos por tanto hacer de nuestras noches un tiempo para el acoso de la comunicación a través de los medios que nos bombardean : Internet, Radio, Televisión, etc, dejemos que las noches de los seguidores de Jesús sean espacios aunque sean breves, para la conexión con El. Dejemos en la noche nuestra interioridad en reposo sosegado: “entremos mas adentro en la espesura”......... “Y allí nos entraremos y el mosto de granadas gustaremos....... ¡Que bien lo cantó y vivió Juan de la Cruz!.

La noche para el orante tiene sabor de Dios. En la noche el orante tiene un saboreo de lo divino.

El silencio en la noche se nos hace búsqueda y encuentro del ser amado. Así lo vivieron y entendieron los místicos, cierto que sólo a tientas estos hombres y mujeres de la experiencia de Dios pudieron decirnos algo de lo que experimentaron, y es que las experiencias místicas son inefables e indecibles, no hay vocablo que pueda expresarlas. El místico quiere decir lo que no es posible decir, y por eso como que se rompe en su intento de decirnos lo inalcanzable e inexplicable. Santa Teresa encontró tales dificultades para expresarlo que acaba diciendo: “Una merced es dar el Señor la merced y otra entender qué merced es, y otra es saber decirla y dar a entender cómo es”.

Pero ahí tenemos la noche como un reto con el que enfrentarnos , para hace runa parte mínima de ella, tiempo sosegado para nuestra interioridad que nos lleve a desembocar en Dios.

Sor Inmaculada Redondo, OP
Monasterio de San Miguel (Trujillo)