miércoles, 4 de mayo de 2011

"El amor y la humildad" Juan Taulero

Amor y humildad verdadera, y su primer grado.

“Vengamos al tema del amor, y distingamos en él, como san Bernardo, tres clases o grados: Amor sensible, Amor sabio y Amor fuerte; y para entenderlo mejor, hagamos un paralelo con tres clases de estatuas.

Al amor primero, Amor dulce, correspondería una estatua de madera bien dorada. Al segundo, amor sabio, otra de plata. Al tercero, amor fuerte, otra de oro puro...

Y en esta consideración hablemos del primero: amor sensible

Amor sensible


La estatua de madera es amor dulce, sensible, de la imaginación.

A una estatua se la mira con deleite si es bella, bien esculpida y dorada. Mas cuando el oro se desprende, apenas vale doce ochavos.

Es lo mismo que ocurre con el amor dulce de la imaginación: es dorado por la buena intención; y si ésta falta, vale poco, y es placentero solamente a los sentidos.

Dios, no obstante, se vale de esas dulzuras para atraer al hombre y ejercitarle luego en prácticas más duras de virtud. Dios, por medio de gustos y consuelos, hace que nazca en el alma el verdadero amor.

El gusto de la devoción puede apagar el placer que encuentra el hombre en las criaturas.

No debe, por tanto, desechar el hombre esta gracia, sino más bien recibirla con reverencia y humildad, atribuyendo a la propia pequeñez y cobardía el hecho de que Dios así le trate. Pero debe servirse de la imaginación para subir por ella y trascenderse.

Pase, pues, de la práctica exterior y sensible a la interior devoción. Entre en sí mismo, que el Reino de Dios está realmente en lo más hondo. Aunque hay hombres tan versados en prácticas de la imaginación que en ello hallan gran deleite, en realidad no entran en lo íntimo del alma, porque les parece una montaña de hierro sin camino, inaccesible en su interior. Les sucede así por falta de ejercicio, y también porque se complacen demasiado en imágenes sensibles. Se ceban en ellas con fuerza y no van más allá. Ni siquiera intentan llegar al trasfondo donde brilla la verdad viva.

Amor de sabio

Viene luego el amor sabio, es decir, basado en el espíritu.

“Mis amigos, este amor maravilloso dista mucho del primero.

Estatua dorada es la estatua con que lo hemos comparado.

Es tan preciosa y tan grande esta estatua que basta por sí sola para decorar toda una iglesia.

El noble y sabio amor de razón es ciertamente cosa noble, preciosa y deleitable. Atiende, pues, y mira cómo debes alcanzarlo.

Antes tu meditación consistía en imaginar el nacimiento temporal de Jesucristo, circunstancias de su vida, sus obras. Aplícate ahora más al interior, al eterno nacimiento.

Considera cómo el Verbo, nacido del Padre, es distinto del Principio pero permanece en El; cómo el Espíritu Santo fluye del Padre y del Hijo y se dilata en amor y complacencias inefables; cómo la esencia divina, una, simple, pura, es la misma de los Tres.

Penetra allí, arroja dentro tu nada, tu miserable nada, tu multiplicidad y dispersión.

Considera el secreto del misterio interior y compara con él tu necesidad de dispersión, la fuga al exterior.

Considera su eternidad: no tiene ni pasado ni futuro, únicamente la posesión presente de sí mismo, todas las cosas en él, en un solo e igual presente, siempre estables.

Y coteja con esta eternidad el fluir de tu tiempo y la inseguridad; tu vida y tu alma movedizas, sin estabilidad.

Yendo por esa vía, que es de desprendimiento tu amor acertará a separarse y elevarse, y vendrá a ser parecido al amor sabio. Excederá toda imagen, formas concretas y símbolos. Pasará por todo y todo lo trascenderá.

El amor sabio dirige el impulso substancial del hombre lejos de las cosas exteriores, y termina por olvidarlas realmente.

En el primer amor, el amor dulce, el alma se desprendía de las cosas exteriores a precio de mucho sufrimiento. Aquí, en cambio, las cosas caen del alma por sí solas. El alma las desprecia como si el disgusto la hiciera vomitarlas. El alma es todo desdén para el desorden., y este disgusto la eleva por encima de aficiones y la desprende de las cosas temporales más eficazmente que cualquiera de las prácticas externas.

Aquí los ojos alargan su mirada con/por las tinieblas divinas, oscuras para toda inteligencia. Aquí Dios rebasa toda capacidad humana de conocer y de visión, lo mismo que el sol ciega los ojos del hombre en su fulgor. Dionisio Areopagita nos dice que Dios está muy por encima de todo lo que puede imaginarse humanamente, y todos los conceptos y representaciones son impropios. Él es absolutamente trascendente.

Cuanto más resplandece con claridad y nitidez la grandeza de Dios tanto más tiene conciencia de su pequeñez y de su nada. En ésta el hombre se sumerge. Este es el criterio para conocer si de verdad el fondo del alma ha sido divinamente iluminado o si lo que aparece es fruto de la imaginación o del esfuerzo meramente humano.

Digo esto a propósito de los del Libre Espíritu, que se imaginan, por falsa iluminación, haber reconocido la verdad. Se entusiasman con el placer y complacencia de sí mismos. Se recogen en falsa pasividad de donde les nacen despropósitos que tanto deshonran al Señor. Llegan a manifestar extrañeza porque Jesucristo es considerado en su santa humanidad y dicen palabras injuriosas.

Un hombre verdaderamente bueno no se cree jamás superior a cualquier otra persona, por pequeña e insignificante que esta fuere, siempre que sea buena. Aunque haya dejado atrás las formas inferiores de piedad, continúa amándolas con el más subido aprecio. Tiene la convicción de haberse quedado debajo de todo y no haber sobrepasado nada.

Esos que llegan con sus razonamientos se dan gran importancia y piensan les ha sido revelado el bien más puro, cuando apenas han oído algún sermón de raras novedades, que no contienen ni vida ni doctrina. Oyéndolos hablar se conoce lo que son. No gustan la verdad viviente y limpia que tanto necesitan, ni la distinguen de la amalgama. Son prisioneros del egoísmo.

Se atienen a sus luces naturales, de donde les nace tanta vanidad. Jamás han penetrado en la adorable vida del Señor. Nunca se han cultivado a fondo practicando la virtud ni han pasado jamás por el camino de la verdadera caridad. Se atienen a la luz de su razón y falso ocio interior en que tanto se complace el gusto natural, vacíos de imágenes, en calma y reposo.

Tienen tan enraizado este ocio y calma en su naturaleza que debe causar lástima a Dios, que es misericordia, ver cómo está tan difundido este error en nuestros días. El amor de sí mismos les incapacita para hacer vida de sacrificio.

Por contraste con ellos, los que han llegado verdaderamente al amor sabio tienen sed de sufrir, de verse despreciados y de imitar las amables lecciones de Jesús, el amadísimo Señor. No caen en falsas libertades ni pretenden honras. Se ven pequeños, se ven nada ante sus propios ojos. Por eso son grandes en la mirada de Dios.

Amor fuerte, deificador

“En tercer lugar está el amor fuerte, que es el amor verdadero. Se compara al oro fino, puro, sin la mínima aleación.

Mis amigos, si el hombre no posee este triple amor –sensible, sabio y fuerte- ; si no lo encuentra en el fondo de su alma, reconozca que está lleno de peligro. Llore bien por ello día y noche.

Mis amigos, el oro al que se compara este amor fuerte es tan pulido y brillante que apenas puede resistirlo la mirada. Es deslumbrante, fuerte para nuestros débiles ojos.

Así ocurre al alma con este amor fuerte en que el Señor está presente. Ilumina tan esencialmente lo más hondo del alma que el espíritu, a consecuencia de su flaqueza natural, no puede aguantarlo y necesariamente desfallece. Y cuando tal cosa sucede no hay apoyo más que en sumergirse y anegarse en el abismo divino. Está tan bien perdido allí que no sabe más nada ya de sí. Es el piélago divino desbordado en respuesta al amor fuerte.

“ Precisamente entonces le sucede al alma lo de Elías a la entrada de la cueva, es decir, de su humana flaqueza, cuando Dios le vino a ver. Cubrió entonces Elías su rostro con el manto. Eso significa que el espíritu está ya desasido del propio conocer y propia operación. Su acción es ya de Dios. Dios conoce en el alma, Dios ama en el alma, porque con este amor fuerte el espíritu se ha desprendido de sí mismo para sumergirse en el Amado. En El está perdido, como la gota de agua en el profundo del mar. Mucho más unido que el aire a la claridad del sol brillante al mediodía.

Lo que sucede entonces en el alma es mejor sentirlo que expresarlo con palabras. ¿Qué le queda al hombre en tal estado? Nada. Insondable desprecio de sí mismo y completa renuncia al espíritu de propiedad en todo: voluntad, espíritu, prácticas de vida. Porque perdiéndose aquí el hombre, se hunde en lo más hondo de humildad. Si pudiese descender más todavía, de suerte que en amor y humildad venga a ser nada, lo haría de buen grado. ¡Tan grande es el deseo de rebajarse que ha nacido en él!...

“Le parece entonces que es indigno de ser hombre, de entrar en una iglesia, de mirar un crucifijo en la pared. Se cree peor que el diablo. Jamás le fueron tan queridas la Pasión del Salvador y su Santa Humanidad. Le parece que comienza entonces a vivir.

En realidad es para él un nuevo comenzar en la virtud y santos ejercicios de piedad. Esta vida nueva nace en él de manera esencial, tanto en las cosas pequeñas como grandes. Lo pequeño y lo grande en él se identifican. ¿No ha dispuesto Dios la naturaleza de tal suerte que lo más bajo corresponda a lo más alto? El cielo es lo más alto, la tierra lo más bajo, pero la acción del sol no es en ninguna parte tan fecunda como en la tierra más baja. De igual modo la majestad de Dios no opera en parte alguna con más fruto que en el hombre anonadado. Como el sol absorbe y levanta la humedad de las honduras, así Dios, en su altura, atrae el espíritu hacia El hasta hacerle sentirse complemento de Dios mismo.

Luego el hombre vuelve a sumergirse tan profundo que piensa ser indigno de ser hombre. En una gran marmita, cuando el calor es fuerte, hierve el agua y sube unos momentos hasta el borde. Luego se desploma, apenas el fuego se retira. El amor fuerte en su ímpetu es así. El espíritu lanzado en su impulso quiere salir de sí mismo y sumergirse sin saber. Permanece unos momentos inconsciente. Vuelve luego a sumergirse en la conciencia de su nada.

“El amor fuerte posee tres propiedades. Primeramente rebosa los límites humanos hasta alcanzar a Dios en olvido de toda propiedad y rebasando la actividad de entendimiento, memoria y voluntad. Fenómeno que excede nuestras ideas y sentidos.

En segundo lugar, hace bajar el espíritu hasta el fondo, es decir, anonadarse. Tal humildad escapa al dominio de la conciencia sensible, que pierde aquí su nombre.

En tercer lugar, se da al hombre una hondura maravillosa de carácter. El hombre se interioriza y conserva la paz en cualquier contrariedad, sin alterarse, en tranquilo reposo, listo a caminar por donde el Señor quiera llevarle. Cooperando con Dios en lo que El quiera. Está como la sirvienta delante de la mesa de su señor, sin hacer otra cosa que mirarle, lista a cumplir lo que él indique.

Pero después de todos los progresos habidos, es todavía muy posible que el Enemigo le obsesione a este hombre tan noble con las más inmundas y horrorosas tentaciones, que causan más dolor de lo que se pueda imaginar.

Sirven, sin embargo, para elevarle a lo más alto. Cuando hay movimiento de la tierra los peñascos se levantan aún más. Si algo queda en la naturaleza que no esté impregnado de Dios, con estas pruebas el alma se limpia por completo.

Cuando el hombre ha pasado por aquí se mantiene como el sacerdote al lado del altar. Los utensilios y él mismo han sido consagrados para Dios. El tiene poder sobre el adorable cuerpo del Señor, y a pesar de todo no osa decir Padre Nuestro sin un preámbulo de excusa, cuando dice: “Os rogamos con todo el ejército del cielo... y en virtud de sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir”.

Requiere la profunda bajeza del hombre y la gran dignidad de Dios Padre que se ore con temblor reverencial. Debe el hombre considerar atentamente la maravilla de poder llamar a Dios su Padre, a pesar de la propia indignidad y las flaquezas.

¿Qué le queda al hombre deiforme?

El alma llena de Dios y el cuerpo en sufrimientos. La mirada de Dios penetra fulgurante como un rayo en el fondo de esta alma y ésta queda tan pagada que todo sufrimiento sabe a poco. La súbita entrada de Dios en lo más hondo le hace ver como un rayo lo que falta por hacer. Esta es la razón de por qué debe orar y por qué ha de predicar.

Pidamos vivir de tal manera que el verdadero amor de N. Señor nos ilumine. Que a esto nos ayude aquel que por esencia es el amor verdadero.