miércoles, 19 de marzo de 2008

La vida Eterna




Si quisiéramos reflexionar directamente sobre la existencia del mas allá y querer demostrar que hay vida mas allá de la muerte, seguramente se nos haría muy difícil por no decir, imposible de evidenciarlo, debido a que carecemos de pruebas fehacientes para poder fundamentarlo. Es que ahí comienza toda nuestra vida en la fe, a sabiendas de que la muerte es el acceso a la vida, es la única forma de entrar en la eternidad.


Ahora bien, la eternidad no es el fin de algo para entrar en algo nuevo. Podríamos decir como dice el Teólogo Rollo Marín:


No acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.


Ese orden es Dios, pues cuando la muerte no existía la vida estaba en toda su plenitud, pero con el pecado accedió la muerte a la vida, por eso es que inversamente hablando se dice que con la muerte volvemos a la vida, todo vuelve a su estado natural, o sea a Dios.


A partir de este principio, yo creo que dentro del ser humano está escrita esta verdad por Dios en el centro del corazón de cada uno, incluso de los más agnósticos. Es muy probable que durante los años de esplendor, en la primavera de la juventud, nos olvidemos de Dios, pero al sentir próxima la muerte comenzamos a replantearnos sobre la existencia de la eternidad. Aunque no queramos aceptar la muerte, constantemente nos vinculamos con ella, vamos al cementerio, leemos en los diarios cuantos recién nacidos mueren, jóvenes que mueren, ancianos que mueren. Nos damos cuenta que la muerte esta en todas partes y llega cuando quiere. Nadie puede hacerse ilusiones, nadie se escapará de la muerte. No vale alegar argumentos, es inútil invocar el cargo o la posición social. No les aprovechó para nada la tiara a los Papas, ni el cetro a los reyes o emperadores, ni el poder a Napoleón o a Alejandro Magno, ni las riquezas a Creso, ni la sabiduría a Salomón. Todos murieron indefectiblemente.


Hoy me ha tocado a mí, pero mañana te tocará a ti.


Les voy a leer la declaración del médico Mr. Tronchin, protestante, que asistió en su última enfermedad al patriarca de los incrédulos. Va a decirnos él, personalmente, lo que vio:


"Poco tiempo antes de su muerte, Mr. Voltaire, en medio de furiosas agitaciones, gritaba furibundamente: Estoy abandonado de Dios y de los hombres. Se mordía los dedos, y echando mano a su vaso de noche, se lo bebió. Hubiera querido yo que todos los que han sido seducidos por sus libros hubieran sido testigos de aquella muerte. No era posible presenciar semejante espectáculo".
La Marquesa de la Villete, en cuya casa murió Voltaire y que presenció sus últimos momentos, escribe textualmente:
"Nada más verdadero que cuanto Mr. Tronchin –el médico, cuya declaración acabo de leer– afirma sobre los últimos instantes de Voltaire. Lanzaba gritos desaforados, se revolvía, se le crispaban las manos, se laceraba con las uñas. Pocos minutos antes de expirar llamó al abate Gaultier. Varias veces quiso hicieran venir a un ministro de Jesucristo. Los amigos de Voltaire, que estaban en casa, se opusieron bajo el temor de que la presencia de un sacerdote que recibiera el postrer suspiro de su patriarca derrumbara la obra de su filosofía y disminuyera sus adeptos. Al acercarse el fatal momento, una redoblada desesperación se apoderó del moribundo. Gritaba que sentía una mano invisible que le arrastraba ante el tribunal de Dios. Invocaba con gritos espantosos a aquel Cristo que él había combatido durante toda su vida; maldecía a sus compañeros de impiedad; después, deprecaba o injuriaba al cielo una vez tras otra; finalmente, para calmar la ardiente sed que le devoraba, llevóse su vaso de noche a la boca. Lanzó un último grito y expiró entre la inmundicia y la sangre que le salía de la boca y de la nariz".


Para terminar les dejo esta reflexión de un Filosofo pagano que con angustia exclamaba:


"Ningún sabio satisface esta duda que me hiere: ¿es el que muere el que nace o es el que nace el que muere?"