viernes, 22 de febrero de 2008

Fe a ciegas


Si dejáramos de utilizar el razonamiento en las cosas espirituales, en las encrucijadas que la vida nos presenta a diario, quizás podríamos ennoblecer nuestra fe sin mancharla con la pesadumbre característica que nos impide el acceso a Dios. Descubrir que realmente nada es imposible, es abrirse a una vida nueva, a la vida de la gracia, es romper con los limites naturales que obstaculizan al alma volar. Solo venciéndonos a nosotros mismos podremos prepararnos para las contiendas de la existencia humana y haciéndonos violencia alcanzar a romper los limites humanos y deslizarnos hacia las cimas mas altas de la espiritualidad, pero teniendo en cuenta que allí solo encontraremos desierto y soledad, donde habita sola, muy sola la virtud. Es de saber que sin cruz no habrá jamas resurrección, de ahí se desprende una encarnizada lucha sin fin, cueste lo que cueste, a pesar de todo, a pesar de uno mismo. Y que aunque el sol se apagara, la luna desapareciera, la tierra se abriera y se acabara el oxigeno, aunque toda la raza humana dijera que no hay Dios y se comprobara científicamente, debiéramos seguir creyendo. Porque Creer es ir mas allá de la razón, es romper con los limites Inherente al hombre, es dejar la lógica circundante, es abrirnos a nuevos horizontes donde nos deslizamos sin piernas, donde nos apoyamos sin bastón, donde miramos sin ojos, por eso en el reino de los cielos las cosas son al revés, el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos, quien quiera saber vivir, que viva para servir y los que quieran los primeros lugares que se sienten en los últimos.

De la misma manera discurre la política de los santos que no se conformaron con cumplir ciertas reglas como podría ser la misa dominical y la justicia y utilidad de sus operaciones sólo se conocieron por los efectos. Es que estos pilares se atrevieron a desafiar al orden natural de las cosas dejando destilar desde lo más hondo la incontrovertible fe de aquellos verdaderos maestros de la vida. Veamos a San José de Cupertino:

"Cuando en cierta ocasión una tormenta con granizo asoló la región y mató a casi todas las ovejas de la aldea donde estaba su convento. Los campesinos fueron a contarle su desgracia. José fue tocando una a una a las ovejas muertas, diciéndole: "En nombre de Dios, levántate". Y todas revivieron. Una de ella vuelve a caer y José la increpa: "levántate y permanece viva".

San Francisco Javier:

Mientras navegaba en el archipiélago de Las Molucas se produjo una gran tormenta, Francisco Javier introdujo el crucifijo en las aguas y éstas se calmaron.

Cuando entre los oyentes los había de varias lenguas, cada uno lo oía en la suya.
Un día se celebra un duelo, uno de los contendientes está malherido a punto de morir; Francisco le pregunta si está dispuesto a perdonar a su adversario y le responde que no. Nuevamente le pregunta: "Y no perdonarías si Dios te conserva la vida?". El moribundo dice que sí. "Pues, vivirás" dice Francisco. Y el milagro se produce.


Santo Domingo de Guzmán

Uno de los milagros más conocido es aquel donde Domingo hecha al fuego un libro y un hereje arroja uno de sus libros también al mismo fuego. El libro del hereje se consume instantáneamente y el del santo no.

Resumen

Dejemos que nos hable Santa Teresa de Lisieux sobre la santidad:

"La santidad no consiste en tal o cual práctica, sino en una disposición del corazón (del alma) que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra insignificancia y confiados hasta la audacia en la bondad del Padre."

Ahora a Santa Teresa de Jesús:

"...Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados... tener a todos por mejores que nosotros..."