jueves, 14 de junio de 2012

DEFINICION DE MISTICA POR ALGUNOS TEOLOGOS





BENEDICTINOS

DOM VITAL LEHODEY.—Para el insigne abad cisterciense de la Ti apa de Bricquebec, «la oración mística es una contemplación pasiva, y mejor aún, una contemplación manifiestamente sobrenatural, infusa y pasiva, donde Dios, que hace sentir en general su presencia al alma, es por modo inefable conocido y poseído en una unión amorosa, que comunica al alma el reposo y la paz e influye en los sentidos»

DOM COLUMBA MARMION.—No trata expresamente el célebre abad de Maredsous en ninguna de sus obras de mística propiamente dicha, aunque la haya—y altísima—en todas ellas. Pero sabemos por el testimonio de dom Thibaut, su historiador y confidente íntimo, que dom Marmion veía en la contemplación infusa «el complemento normal—aunque gratuito—de toda la vida espiritual» n . He aquí, sin embargo, un precioso fragmento de una carta de dom Marmion, en la que nos dice lo que sentía a este respecto y nos da una definición exacta y precisa de la contemplación mística: «Podría haber presunción y temeridad en desear por sus propias fuerzas ya una plenitud de unión, que sólo depende de la libre y soberana voluntad de Dios, ya los fenómenos accidentales que a veces acompañan a la contemplación. Pero si se trata de la substancia misma de la contemplación, es decir, del conocimiento purísimo, simplicísimo y perfectísimo que Dios da allí de sí mismo y de sus perfecciones y del amor intenso que resulta para el alma, entonces aspire con todas sus fuerzas a poseer un tan alto grado de oración y a gozar de la contemplación perfecta. Dios es el principal autor de nuestra santidad, obra poderosamente en sus comunicaciones, y no aspirar a ella sería no desear amar a Dios con toda nuestra alma, con todo nuestro espíritu, con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro corazón»

DOM J. HUIJBEN.—La esencia de la mística consiste para él en «una como percepción confusa de la realidad misma de Dios. Esta percepción confusa de la realidad divina puede revestir diferentes matices. A veces lo que percibirá o sentirá el alma será la proximidad de Dios, otras su presencia, otras su acción, otras su mismo ser, según que la experiencia de lo divino sea más o menos profunda»

DOM ANSELMO STOLZ.—«Es preciso afirmar que existe cierta unanimidad en la definición de lo místico en sus líneas esenciales. Se admite generalmente que la captación experimental de la presencia de Dios y de su operación en el alma es esencial a la vida mística». Más adelante precisa aún más su pensamiento: «Mística es una experiencia transpsicológica de la inmersión en la corriente de la vida divina, inmersión que se realiza en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía». Finalmente, dom Stolz está firmemente persuadido de que a mística entra en el desarrollo normal de la gracia: «La mística, como plenitud del ser cristiano, no es algo extraordinario ni un segundo camino para la santidad que sólo unos pocos escogidos son capaces de recorrer. Es el camino que todos deben andar. Y si las almas no llegan en esta vida a profundizar en su ser cristiano y en su conocer por fe hasta la experiencia de lo divino, se

DOM CUTHBER BUTLER.—En su hermoso libro El misticismo de Occidente (Western Mysticisme) investiga la doctrina mística de la Iglesia primitiva de Occidente, y va extrayendo algunas definiciones de la contemplación y de la mística de los diversos tratadistas místicos y Santos Padres de esa primera época. He aquí algunas de ellas:

«Una intuición intelectual directa y objetiva de la realidad trascendente».
«El establecimiento de relaciones conscientes con el absoluto».
«Unión del alma con el absoluto en cuanto es posible en esta vida».
«Percepción experimental de la presencia y ser de Dios en el alma».
«Unión con Dios no meramente psicológica, sino ontológica, espíritu con Espíritu»

DOM S. LOUISMET.—«En sí, la Teología mística es de orden experimental. Es un fenómeno que tiene lugar en toda alma fiel y ferviente. Consiste sencillamente en la experiencia de un alma peregrina aún sobre la tierra que llega a gustar a Dios y experimentar por sí misma cuan suave es: «Gústate et videte quoniam suavis est Dominus», como dice el salmista (Ps. 33,9)». Y un poco más abajo añade todavía completando su pensamiento: «La vida mística es la vida cristiana normal, la vida cristiana en su plenitud, la vida cristiana como debería ser vivida por todos los hombres, en todos los países, en medio de las circunstancias más diversas.

DOMINICOS

R. P. GARDEIL.—El gran teólogo dominico plantea el problema de la experiencia mística en los siguientes términos: «¿Podemos tocar a Dios en esta vida por un contacto inmediato, tener de El una experiencia verdaderamente directa y substancial? Los santos lo afirman, y sus descripciones de la oración de unión, del éxtasis, del «matrimonio espiritual» están del todo llenas de esta suerte de percepción cuasi-experimental de Dios en nosotros*

R. P. GARRIGOU-LAGRANGE.—El insigne profesor del Angélicum distingue entre mística doctrinal, que es aquella «que estudia las leyes y las condiciones del progreso de las virtudes cristianas y de los dones del Espíritu Santo en vistas a la perfección» 18, y mística experimental, que es «un conocimiento amoroso y sabroso del todo sobrenatural, infuso, que sólo el Espíritu Santo por su unción puede darnos, y que es como el preludio de la visión beatífica»

R. P. JORET.—Para el P. Joret, el elemento esencial del estado místico es el amor infuso. Este amor infuso con frecuencia va precedido de una luz infusa pasivamente recibida en el alma, pero no es del todo necesaria! Escuchemos sus palabras:
«Mas si la meditación contemplativa, fruto de las virtudes, tiene su principio en la caridad, la contemplación mística procede de los dones y toma de ellos su origen. En el primer caso se trata de un amor activo, buscado, excitado por nuestro esfuerzo; en el segundo es un amor pasivo que ha brotado como espontáneamente, que parece habérsenos dado ya hecho. Se explica teológicamente esta experiencia diciendo que en el primer caso había simplemente una gracia actual cooperante, y en el segundo, una gracia operante: el alma ha sido movida totalmente por el Espíritu Santo y no ha tenido que hacer otra cosa sino consentir a esta moción. ¿No ha habido antecedentemente una luz infusa pasivamente recibida para dirigir este amor? Sí, parece lo más frecuente; es una intuición mística que nos hace mirar a Dios como nuestro fin último, como nuestro todo. Pero esto no es necesario. Según San Juan de la Cruz, un acto ordinario de nuestra virtud de la fe puede ser suficiente. El alma experimentaría entonces un toque de amor en la voluntad sin haber experimentado el toque de conocimiento en la inteligencia». Y un poco más abajo añade: «Al menos, el sentimiento de la realidad divina parece existir siempre en la vida mística»

R. P. GEREST.—«La vida mística parece caracterizarse por la acción de Dios sobre el alma y sus facultades por la fe, el amor y la oración. De esta suerte, toda la actividad del alma y de sus potencias se emplea en recibir y utilizar esta dominación divina para seguir su dirección y traducirla en todos los actos de la vida hasta el punto de poder decir verdaderamente: Ya no soy quien vivo, sino Dios en mí»

R. P. ARINTERO.—El gran restaurador de los estudios místicos en España nos dice en sus Cuestiones místicas que el constitutivo íntimo de la vida mística «es el predominio de los dones en la psicología sobrenatural, o sea, el proceder las más de las veces bajo la altísima moción y dirección del Espíritu Santo» Y en su magnífica Evolución mística había escrito ya que la mística no es otra cosa que la vida consciente de la gracia, o sea, «cierta experiencia íntima de los misteriosos toques e influjos divinos y de la real presencia vivificadora del Espíritu Santo.

RVDMO. P. ALBINO MENÉNDEZ-REIGADA.—Para el Excmo. Sr. Obispo de Córdoba, «lo místico es la actuación en nosotros de los dones del Espíritu Santo, o la operación del Espíritu Santo en nosotros por medio de sus dones, o la perfecta incorporación con Cristo como miembro de su Cuerpo místico». Y un poco más adelante añade completando su pensamiento al recoger el elemento experimental: «Podría, pues, acaso definirse así la mística diciendo que es un predominio tal de la gracia en las acciones, que haga más o menos perceptible en ellas su propio modo sobrenatural y divino».

R. P. FR. IGNACIO MENÉNDEZ-REIGADA.—-El que fué profesor de Mística en la Facultad de Teología de San Esteban de Salamanca pone la esencia de la mística en la misma vida de la gracia vivida de un modo consciente. Se caracteriza principalmente por la «actuación de los dones de sabiduría y entendimiento, por los cuales el hombre comienza a tener conciencia de que posee a Dios y está unido con El, experimentando en sí la vida de Dios».

R. P. MARCELIANO LLAMERA.—Resume su pensamiento en los siguientes puntos, que considera, con razón, «las nociones místicas generales de la Teología tomista»: Vida mística es la actividad donal de la gracia; es decir, la vida de la gracia bajo el régimen del Espíritu Santo por sus dones. Floración divina del árbol donal.

2. El constitutivo de la vida mística es la actuación de los dones.
3. Acto místico es todo acto donal.
4. Estado místico es la actividad donal permanente o habitual en el alma. O la situación del alma en actividad donal permanente o habitual.
5. Distintivo o característica de la vida mística es el modo sobrehumano de obrar; y del estado místico, el predominio de este modo sobrehumano. La sintomatología mística tiene como manifestaciones más generales y apreciables:

a) La pasividad del alma actuada por Dios.
b) La experiencia muy varia de la vida de Dios en el alma.
6. Alma mística lo es radicalmente toda alma cristiana en gracia; y de hecho, la que vive vida donal.
7. Toda alma es llamada, por ley general, a la vida mística y puede y debe aspirar a ella.
8. En particular, la señal principal de llamada o introducción de un alma en el estado místico, es la incapacitación pasiva para practicar a su modo la vida espiritual.
9. En la vida habitualmente ascética, sobre todo si es ferviente, hay frecuentes intervenciones dónales, más o menos notables. En la vida habitualmente mística, hay intervalos ascéticos, más o menos prolongados. Y, desde luego, se practican en ella todas las virtudes de la vida ascética, con más perfección, sobre todo interior, como dirigidas por el Espíritu Santo.
10. Contemplación mística es una intuición amorosa prolongada de Dios infundida por el Espíritu Santo mediante los dones de inteligencia y sabiduría.
11. Gracias místicas normales u ordinarias son las que actúan los dones del Espíritu Santo, sin exceder las posibilidades de su actividad. Son extraordinarias las que exceden o se reciben al margen de la actividad donal. Estas gracias extraordinarias, aunque innecesarias, en general, no siempre son
gratis dadas o para bien ajeno, sino santificativas del alma que las recibe, y quizás precisas o al menos convenientes para ella por causas peculiares.
12. Gracia actual donal. La fuerza motriz de la vida mística es la gracia actual donal que la actúa y rige.

CARMELITAS

R. P. GABRIEL DE SANTA MARÍA MAGDALENA.—El sabio carmelita belga, profesor que fué del Colegio Internacional de Santa Teresa en Roma, cree que la mística se caracteriza, ante todo, por la contemplación infusa: «Se está de acuerdo en nuestros días en reconocer que la contemplación infusa, entendida en toda su amplitud, es el hecho saliente y característico del dominio de la mística»
El P. Gabriel está convencido de que la mística entra en el desarrollo normal y ordinario de la vida de la gracia; y escribió un notabilísimo artículo en La vie spirituelle para demostrar que ése es el pensamiento genuino y auténtico de San Juan de la Cruz.

R. P. JERÓNIMO DE LA MADRE DE DIOS.—La mística consiste para él en un conocimiento experimental de Dios que se explica por el amor infuso. Pero con ciertas restricciones. He aquí sus palabras: «Este conocimiento experimental, ¿es el elemento distintivo de todo estado místico? A mi parecer, no. No parece ser la propiedad constitutiva de este estado, sino una de sus propiedades consecutivas, un proprium en el sentido filosófico de la palabra. Y digo lo mismo del «sentimiento de la presencia de Dios»: no constituye la nota esencial del estado místico aunque en una forma o en otra acompañe a la contemplación... Dios es para las almas contemplativas siempre, pero sobre todo durante los ratos en que son elevadas a la contemplación—sea sabrosa o árida—, la realidad. He aquí por qué prefiero a la expresión «sentimiento de la presencia de Dios» esta otra: «sentimiento de la realidad de Dios».

R. P. CRISÓGONO DE JESÚS SACRAMENTADO.—No precisa de una manera total y completa el concepto que se había formado de la mística en ninguna parte de sus obras. Pero, reuniendo dos o tres textos, podemos llegar a reconstruir su pensamiento. Helos aquí: «La mística como práctica es el desarrollo de la gracia realizado por operaciones cuyo modo está fuera de las exigencias de la misma gracia, o sea por medios extraordinarios». «... la mística es un modo del desarrollo de la gracia y está esencialmente constituida por conocimiento y amor infusos...». «La contemplación infusa es una intuición afectuosa de las cosas divinas que resulta de una influencia especial de Dios en el alma».

R. P. CLAUDIO DE JESÚS CRUCIFICADO.—«Teología mística experimental es un conocimiento intuitivo y amor de Dios infundidos en negación y obscuridad de toda luz natural del entendimiento, y por los cuales éste percibe un ser y bondad indecible, pero real y presente en el alma, un ser y bondad sobre todo ser y bondad».

R. P. LUCINIO DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.—Para el P. Lucinio la experiencia mística es un simple efecto del modo sobrehumano de los dones
del Espíritu Santo. He aquí sus propias palabras: cosa que una actividad intensa de las virtudes teologales, virtudes preciosas que ponen nuestra alma en contacto con Dios, acompañada de un delicado influjo de los dones del Espíritu Santo». Y añade todavía: «Podemos, pues, concluir diciendo que la vida mística es la vida de amor perfecto que transforma al alma en Dios y que va acompañada connaturalmente con el florecer de la contemplación»

JESUITAS






R. P. D E MAUMIGNY.—Define la contemplación infusa como «una mirada simple y amorosa a Dios con la que el alma, suspensa por la admiración y el amor, le conoce experimentalmente y gusta, en medio de una paz profunda, un comienzo de la bienaventuranza eterna».

R. P. POULAIN.—«Los estados místicos que tienen a Dios por objeto llaman ante todo la atención por la impresión de recogimiento, de unión que hacen experimentar. De ahí el nombre de unión mística. La verdadera diferencia con los recogimientos de la oración ordinaria es que, en el estado místico, Dios no se contenta con ayudarnos a pensar en El y a recordarnos su presencia, sino que nos da de esta presencia un conocimiento intelectual experimental; en una palabra, nos hace sentir que entramos realmente en comunicación con él. Sin embargo, en los grados inferiores (quietud), Dios no lo hace sino de una manera bastante obscura. La manifestación tiene tanto más de nitidez a medida que la unión es de orden más elevado».

R. P. D E LA TAILLE.—El P. Mauricio de la Taille pone la esencia de la mística en una experiencia de lo divino. Para él, la contemplación viene del amor: es una mirada amorosa. Pero' ¿qué es lo que distingue este amor del amor implícito en todo acto de fe? No es su mayor perfección o intensidad. El amor del contemplativo puede ser menor que el de un simple fiel. Pero este amor contemplativo es un amor «conscientemente infuso... El místico tiene conciencia de recibir de Dios un amor ya del todo hecho (tout fait)... El alma se sabe y se siente investida por Dios con este amor. Y por esto... siente la presencia de Dios en sí misma... El alma recibe el don de la mano misma del Dador, que está allí presente, por lo mismo, de una manera que el alma experimenta».

R. P. KLEUTGEN.—Cree hallar la esencia de la mística en una misteriosa unión con Dios, en la que el alma es elevada, por un efecto extraordinario de la gracia, a una contemplación más alta de Dios y de las cosas divinas, a las que viene a conocer no sólo por fe, sino experimentalmente.

R. P. BAINVEL.—«El estado místico está constituido por la conciencia de lo sobrenatural en nosotros».

R. P. MARÉCHAL.—«Fundándonos en las declaraciones unánimes de los contemplativos—únicos testigos de sus experiencias internas—, creemos que la alta contemplación implica un elemento nuevo, cualitativamente distinto de las actividades psicológicas normales y de la gracia ordinaria; queremos decir la presentación activa, no simbólica, de Dios en el alma con su correlativo psicológico: la intuición inmediata de Dios por el alma». de donde resulta—como dice admirablemente el Congreso Teresiano — «que la contemplación es el camino ordinario de la santidad y de la virtud habitualmente heroica*. Repetimos: no sabemos si en esas conclusiones estará bien recogido el pensamiento de la escuela mística carmelitana, pero es indudable que recogen admirablemente el de la escuela tomista. | Lástima grande que, admitiendo todos estos puntos fundamentales, nos empeñemos todavía en mantener nuestras discrepancias inexplicables!

R. P. D E GUIBERT.—Según el profesor de la Gregoriana, en la contemplación mística «el alma experimenta la presencia de Dios en sí misma. La inhabitación y acción de Dios la conocía antes indirectamente por el testimonio de la fe; ahora experimenta que se da verdaderamente... Esta directa y experimental percepción de Dios presente es general, confusa, no aporta conceptos nuevos, no enseña cosas nuevas, sino que se constituye por una profunda e intensa intuición a la vez simple y riquísima; la voluntad es atraída no con varios afectos distintos, sino que es arrebatada y como paralizada en un solo acto simple, por el que se adhiere toda a Dios. Todo esto lo recibe el alma pasivamente; con ningún esfuerzo podría obtener este don, ni prever de ningún modo cuándo habrá de recibirlo, ni retenerlo cuando se desvanece, ni volver a producirlo cuando ya lo gozó…

R. P. D E GRANDMAISON.—«El hombre tiene el sentimiento o sensación de entrar, no por un esfuerzo, sino por un llamamiento, en contacto inmediato, sin imagen, sin discurso, aunque no sin luz, con una Bondad infinita».

R. P. VALENSIN.—Según el profesor de la Facultad de Teología de Lyón, la mística, «desde el punto de vista psicológico, lleva consigo, junto con un sentimiento inefable de la presencia de Dios, un recogimiento en Dios que puede llegar hasta la absorción de las potencias del alma, emigrando, por decirlo así, de la región de las sombras y de las imágenes hacia las realidades divinas». Y añade a renglón seguido estas luminosas palabras: «Para definir teológicamente la característica esencial es preciso remontarse de los efectos a la causa y aclarar la naturaleza misma de esta causa no ya con las solas luces de la experiencia, sino también con las de la doctrina. Desde este punto de vista teológico, la oración de que hablamos será llamada mística, en el sentido de que el alma penetra con ella en lo que hay de más profundo y misterioso en el trato íntimo del Hijo de Dios con la Trinidad adorable, que le ayuda a orar en el Espíritu Santo, en nombre de Jesús al Padre y a esbozar desde aquí abajo la unión que causará su beatitud. Así, la Teología mística, definida por su objeto formal, se presentará como la ciencia del ser divino viviendo por su gracia en el cristiano y elevándole, con las colaboraciones humanas que él suscita, hasta su perfección, mientras que habrá que reservar el nombre de Teología ascética a la ciencia de esas colaboraciones sobrenaturalizadas por las iniciativas del Espíritu de Dios. Y puesto que el problema de las esencias es metafísico, diremos, pues, de la mística—entendida como acabamos de hacerlo—que es la ontología de la vida espiritual. Y añadiremos—para mejor trazar las fronteras— que la ascesis será la lógica, y el ascetismo la metodología*

R. P. PACHEU.—«Es una posesión experimental de Dios, una comunicación que Dios hace de sí mismo a sus almas privilegiadas, y en la que el alma recibe este puro favor divino, gratuito, sin poderse elevar por sí misma cualquiera que sea su aplicación o esfuerzo personal».
En este estado, el alma es llamada «pasiva», no porque esté ociosa, privada de conocimiento, anonadada; al contrario, se encuentra en un acre- centamiento prodigioso de vida, sus actos de conocimiento y de amor sobrepasan los actos ordinarios de sus facultades. Pero «recibe, no toma nada
por su cuenta; no entra, sino que es introducida; no obra, sino que es puesta en acción, non agit sed agitur».

AUTORES INDEPENDIENTES

R. P. SCHRIJVERS, C.SS.R.—«La contemplación es esencialmente un conocimiento y un amor producidos directamente por Dios, gracias a los dones del Espíritu Santo, en las facultades de la inteligencia y de la voluntad. Toda contemplación verdadera es, pues, necesariamente infusa». Y un poco más abajo, al precisar la naturaleza de las gracias místicas en general, escribe el docto redentorista belga: «El más frecuente de estos signos parece ser la suavidad experimentada al contacto con Dios. Son raras, creo, las almas contemplativas que no hayan gustado a Dios de esta manera al menos algunas veces. Esta experiencia intima de Dios es tan característica, que el alma que ha sido favorecida con ella, aunque sólo sea transitoriamente, la distingue fácilmente de las consolaciones ordinarias y conserva de ellas una profunda impresión».

R. P. Ivo DE MOHON, O.M.C.—«La teología mística es un conocimiento infuso experimental y amoroso de Dios producido en nosotros por los dones intelectuales del Espíritu Santo, muy particularmente por el don de sabiduría».

R. P. TEÓTIMO DE SAN JUSTO, O.M.C.—«En mi humilde sentir, el estado místico está constituido esencialmente por el conocimiento amoroso infuso, es decir, por una alta idea de Dios, habitualmente general y confusa, con el amor pasivo y persistente». Y un poco más abajo añade: «¿De dónde proviene en el alma el estado místico? De la plena expansión de los dones del Espíritu Santo, particularmente del don de sabiduría».

R. P. CAYRÉ, A.A.—El ilustre agustino asuncionista, autor de la famosa Patrología, cree que la esencia de la mística importa los siguientes elementos:  Un cierto sentido de Dios producido en el alma por Dios mismo. San Agustín nos ofrece la fórmula: sentiré Deum, tener el sentimiento de Dios.
b) Un tal sentimiento supone la presencia de Aquel que se manifiesta de alguna manera, no solamente como ser perfecto, sino como huésped del alma. Aunque la gracia no es percibida en sí misma, Dios es aprehendido (saisi) en cuanto inhabitante en el alma: capitur habitans, dice todavía magníficamente San Agustín. Un tal don no puede venir más que de Dios; el sentido místico de Dios es evidentemente sobrenatural...
c) El sentido místico de Dios es también completamente distinto de las consolaciones sensibles, que suponen la gracia como todo verdadero movimiento de piedad, pero que son también, en gran parte, efecto de la actividad humana, según la doctrina de Santa Teresa».

R. P. LAMBALLE (eudista).—Hace suya la siguiente definición de San Francisco de Sales:
«La contemplación no es otra cosa que una amorosa, simple y permanente atención del espíritu a las cosas divinas».

R. P. LUCAS (eudista).—«Todo el mundo está de acuerdo con Santo Tomás en enseñar que la contemplación infusa es un efecto de los dones del Espíritu Santo». En cuanto a los estados místicos en general, dice que «son aquellos en
los que predominan los dones del Espíritu Santo, y en los que el alma tiene conciencia de recibir un amor «ya del todo hecho», según la expresión del P. De la Taille».

R. P. BOULEXTEIX.—La mística consiste en «un conocimiento y un amor misterioso que nos hacen percibir a Dios de una manera verdaderamente inefable».

R. P. NAVAL, C.M.F.—«Mística propiamente dicha en el terreno experimental es el conocimiento intuitivo, junto con el amor intensísimo de Dios, obtenidos por infusión divina, o sea por medios extraordinarios de la divina Providencia».

R. P. AUGUSTO A. ORTEGA, C.M.F.—«Parece ser que la mística, entre otras notas que pueden asignársele, es ir tomando conciencia de la presencia de Dios en el alma de una manera sobrenatural hasta llegar al pleno conocimiento y goce de Dios por amor, que se cumple en la otra vida». Y unas líneas más abajo añade: «La vida mística, tal como aparece desarrollada en los místicos experimentales, se nos muestra como el desenvolvimiento natural y lógico de la gracia santificadora».

MONSEÑOR RIBBT.—«La teología mística, desde el punto de vista subjetivo y experimental, nos parece que puede ser definida: una atracción sobrenatural y pasiva del alma hacia Dios que proviene de una iluminación y de un incendio (embrasement) interiores, que previenen a la reflexión, sobrepasan el esfuerzo humano y pueden tener sobre el cuerpo una repercusión maravillosa e irresistible».

MONSEÑOR SAUDREAU.—«Hay en el estado místico y en todo estado místico este doble elemento: conocimiento superior de Dios, que, aunque general y confuso, da una muy alta idea de sus incomprensibles grandezas; y amor no razonado, pero intenso, que Dios mismo comunica, y al cual el alma, a pesar de todos sus esfuerzos, no podría elevarse jamás».

MONSEÑOR PAULOT.—«¿Qué es la contemplación? Un conocimiento de amor, obscuro, infuso, simple, debido sea a la connaturalidad del alma con Dios, fruto del ejercicio predominante del don de sabiduría, sea a la gracia actual operante, correspondiente a este don».

MONSEÑOR FARGES.—Es uno de los autores que más ha fluctuado en sus opiniones, hasta cambiar completamente de pensar con motivo de una controversia con el P. Garrigou-Lagrange, en la que Mons. Farges reconoció noblemente que llevaba la razón el sabio dominico59. Su última palabra parece ser ésta: «Hay estados contemplativos caracterizados por el predominio, en grados diversos, de los dones del Espíritu Santo, y en los que el alma es más pasiva que activa, y que son requeridos para la más eminente santidad. En esto estamos todos de acuerdo».

AD. TANQUEREY.—No habla con precisión, pero podemos reconstruir su pensamiento en los dos siguientes textos: «La mística es la parte de la ciencia espiritual que tiene por objeto propio la teoría y la práctica de la vida contemplativa desde la primera noche de los sentidos y la quietud hasta el matrimonio espiritual». «La contemplación (es) una visión simple, afectuosa y prolongada de Dios y de las cosas divinas, efecto de los dones del Espíritu Santo y de una gracia actual especial que se apodera de nosotros y nos hace habernos más pasiva que activamente».

D. BALDOMERO JIMÉNEZ DUQUE.—El rector del seminario de Avila precisa su pensamiento en la siguiente Forma: «¿Qué es la mística? Esencialmente y primariamente, la obra divinizadora de Dios en nosotros cuando ha llegado a ese estadio intenso que se caracteriza por el predominio y la invasión desbordante de la acción de los dones. Pero demos un paso más. Todos los autores especulativos y no especulativos hablan de la experiencia de Dios. Y en seguida la tentación del problema psicológico puro, descriptivo, empírico, experimental... llama a las puertas: «los místicos son los testigos de la presencia amorosa de Dios en nosotros» (De Grandmaison). Hasta ahora nos hemos movido en la región de los principios. Un poco de metafísica teológica o de teología metafísica y nada más. ¿Nada hay que añadir acerca del problema místico? Sí, la mística es eso y un poco más que eso, pero solamente un poco más que eso. La mística es esencialmente también, pero secundariamente, una
experiencia de Dios».

MONSEÑOR LEJEUNE.—«El elemento constitutivo de la vida mística es el sentimiento que el alma experimenta de la presencia de Dios en ella, la experimentación de Dios presente en el alma, una suerte de tocamiento de Dios en lo más íntimo del alma. La vida mística es, pues, una experimentación, una percepción de Dios presente en el alma... Pues lo que en esta contemplación percibimos y en nuestro interior palpamos es Dios mismo y no ya su imagen».

A. FONCK.—«Nosotros consideramos como místico todo hecho psicológico en el cual el hombre piensa tocar directa e inmediatamente a Dios; en una palabra, «experimentar» a Dios, ya sea por un esfuerzo personal de inteligencia o de amor que nos elevará hasta El, permitiéndonos «encontrarle », abrazarle de alguna manera, o ya sea—por el contrario—por una condescendencia de Dios, que se abaja hacia nosotros, nos «toca», nos hace sentir su presencia y su acción y nos inunda de consolaciones o de luces. De esta forma llegamos a distinguir dos suertes de misticismo, que se podrían llamar el misticismo activo y el misticismo pasivo. No habrá ningún inconveniente en reservar el nombre de místicos propiamente dichos, o propriissimo modo, a los hechos místicos de la segunda categoría».

F. X. MAQUART.—El ilustre filósofo Mons. Maquart, profesor del seminario mayor de Reims, cree que la definición que haya de darse de la Teología mística depende del concepto que se tenga acerca de la eficacia de la gracia, toda vez que esa Teología no es más que el estudio de la vida de la gracia en las almas. He aquí sus palabras: «Si se admite, con la escuela tomista, la eficacia intrínseca de la gracia actual, la naturaleza de la vida mística es fácil de explicar. Como los teólogos están unánimes en reconocer la vida mística en una cierta pasividad vital del alma, los tomistas, buscando la causa de esta pasividad, la encontrarán en el interior mismo del desenvolvimiento de la gracia. Su doctrina sobre la eficacia de la gracia actual les da derecho a ello. Si la gracia es eficaz por naturaleza, se requiere para todo acto de la vida de la gracia. Como quiera que la gracia santificante y los hábitos que la acompañan (virtudes y dones) dan solamente el poder de obrar sobrenaturalmente, la voluntad necesita ser movida in actu secundo por una gracia actual eficaz. Al contrario, los partidarios de la gracia eficaz ab extrínseco, esto es, por la acción de la voluntad, enseñan, conforme a su doctrina, que la gracia habitual y las virtudes bastan. ¿Cómo sería de otra manera? Si la gracia eficaz no es otra cosa que la gracia actual suficiente que da el posse agere, al que se añade la cooperación de la voluntad, cualquiera que posea un hábito infuso que le da ese posse agere no necesita absolutamente otra cosa para obrar que la intervención de la voluntad. Por otra parte, como en la teoría molinista la eficacia de la gracia proviene de la voluntad, no puede haber en la economía normal de la vida de la gracia un estado en el que el alma obrando vitalmente sea pasiva; la vida mística se encuentra excluida».

HENRI JOLY.—«El misticismo es el amor de Dios». Y precisando un poco más su pensamiento, añade unas líneas más abajo: «Todo cristiano en estado de gracia ama a Dios y, en una medida más o menos grande, es un místico. Pero «el místico» por excelencia, lo mismo que el que llamaremos en adelante «el santo», es un hombre en el que su vida toda entera está envuelta y penetrada por el amor de Dios».

JACQUES MARITAIN.—Para el profesor del Instituto Católico de París, el estado místico se constituye por el predominio de la acción de los dones. He aquí sus palabras: «El estado místico no se injerta en el alma en gracia como una rama extraña, sino que es la floración de la gracia santificante; ni se caracteriza por la presencia de los dones, que son inseparables de la caridad, sino sólo por el predominio del ejercicio de los dones sobre el de las virtudes (morales infusas). El momento preciso en que comienza el estado místico no cae debajo de observación. Todo cristiano que vaya creciendo en gracia y tienda a la perfección, si vive espacio suficiente, llegará al orden místico y a la vida del predominio habitual de los dones».