martes, 18 de mayo de 2010

SAN PASCUAL BAYLON ALGUNAS REFLEXIONES


–¿Pecados, tú? ¿Cuáles pueden ser? Dímelo, te lo ruego.
–¡Vaya una pregunta! exclama Pascual fuera de sí; ¿acaso no hay miradas indiscretas, imaginaciones peligrosas y movimientos de impaciencia?...
Pero el Santo replicaba: «Muchos robos pequeños forman uno grande, y llegan al fin a sumar una cantidad respetable que hace a uno merecedor del infierno».
  • «Más vale pagar aquí que en el infierno»
  • «Sólo en una cosa, añade otro de sus compañeros, se mostraba intratable: en lo relativo a las costumbres».

Si alguno pronunciaba en su presencia palabras menos honestas, lo miraba con vista tan amenazadora, con brillo tan feroz en los ojos, con tal contracción en los labios, con los puños tan nerviosamente alterados y, en suma, con actitud tan terrible, que nadie hubiera osado proseguir con un tal lenguaje.

Cierto día, un pastor de Albaterra tuvo la desvergüenza de presentar al Santo una ramera. Pascual retrocedió espantado al verla, y rugió con energía:
«¡Atrás! ¡si te acercas a mí, os rompo a los dos la crisma a pedradas!...»
Y sabido era que cuando Pascual decía una cosa, no se retractaba nunca. «Cuando digo sí, sí; y cuando digo no, no. Sábete desde ahora para siempre que yo ni chanceo, ni miento». Tal era su divisa, y no fue necesario que la dijera más veces para que todos la conociesen.

Llega la hora de celebrar el Santo Sacrificio. Pascual ayuda a cuantas Misas le permiten sus ocupaciones. ¡Con qué devoción se dedica a servir en el altar a los ministros del Santuario! El ardor de su rostro revela las ocultas llamas de amor que le devoran por dentro.

Este amor crece y llega como a transfigurarle en el momento de la sagrada comunión, que tiene lugar ordinariamente en la primera Misa. Sus ojos entonces despiden fuego, de su pecho brotan suspiros que no puede reprimir, sus manos unidas se alzan a la altura del rostro, y todo anhelante y como sumido en éxtasis recibe a Dios en su corazón...

Después, cual hombre que no pertenece ya a la tierra, pierde el sentimiento de cuanto le rodea y prosigue maquinalmente sus funciones, sin darse apenas cuenta de nada... Este espectáculo se repite varias veces por semana, es decir, siempre que el Santo se acerca a la sagrada comunión.
Bien pronto sus transportes misteriosos llaman la atención del pueblo, y la gente comienza a juntarse cerca del altar para presenciarlos.

«¡Es un santo!» dice la admirada multitud. Y sus hermanos agregaban: «a ese paso, no tardará en hacer milagros».

Y milagros hacía ya el Santo... milagros de paciencia y de resignación. ¡Pobre portero! Subiendo y bajando sin cesar escaleras, yendo de la calle a las celdas y de las celdas a la calle, de la iglesia al huerto y del huerto a la iglesia, así pasa todo el día sin que, a pesar de ello, se manifieste jamás en su rostro el menor signo de impaciencia.
A veces su naturaleza desfallecía bajo la fuerza del Amor divino. Había obtenido Pascual licencia de sus superiores para irse a la iglesia en el tiempo de la recreación. Y un día de mucho frío, el padre Guardián dispone que se haga la recreación en la cocina. Llaman a Pascual para que acuda a ella. Viene al instante y se sienta junto al fuego...

Llegado allí, suspira desde lo más profundo, su mirada vaga sin fijarse en nada concreto. Un pensamiento embarga totalmente su espíritu. Se levanta de pronto, y cediendo a una fuerza irresistible, corre a postrarse ante el sagrario... Los religiosos tratan inútilmente de hacerle volver. Pero en cuanto dejan de sujetarle, se les escapa de nuevo hacia su centro de atracción.
El Guardián entonces le dice sencillamente: «Bien, fray Pascual. ¡Haz lo que quieras!». Al oir esto, el Santo obedece y cae en tierra sin sentido... Los religiosos le llevan a la celda, y una vez allí, Pascual abre los ojos, como si despertara de un sueño profundo.

Cierto religioso, que ya otras veces le había sorprendido en flagrante delito de arrobamiento, le pregunta qué le sucede:

«Os pido por favor, replica el Santo, todo confuso, que no os dejéis seducir por las apariencias en cuanto habéis visto. Dios se porta conmigo a semejanza de un padre con un mal hijo: me prodiga caricias y dulzuras para obligarme así a mejorar de vida...»

A veces su naturaleza desfallecía bajo la fuerza del Amor divino. Había obtenido Pascual licencia de sus superiores para irse a la iglesia en el tiempo de la recreación. Y un día de mucho frío, el padre Guardián dispone que se haga la recreación en la cocina. Llaman a Pascual para que acuda a ella. Viene al instante y se sienta junto al fuego...

Llegado allí, suspira desde lo más profundo, su mirada vaga sin fijarse en nada concreto. Un pensamiento embarga totalmente su espíritu. Se levanta de pronto, y cediendo a una fuerza irresistible, corre a postrarse ante el sagrario... Los religiosos tratan inútilmente de hacerle volver. Pero en cuanto dejan de sujetarle, se les escapa de nuevo hacia su centro de atracción.
El Guardián entonces le dice sencillamente: «Bien, fray Pascual. ¡Haz lo que quieras!». Al oir esto, el Santo obedece y cae en tierra sin sentido... Los religiosos le llevan a la celda, y una vez allí, Pascual abre los ojos, como si despertara de un sueño profundo.

Cierto religioso, que ya otras veces le había sorprendido en flagrante delito de arrobamiento, le pregunta qué le sucede:

«Os pido por favor, replica el Santo, todo confuso, que no os dejéis seducir por las apariencias en cuanto habéis visto. Dios se porta conmigo a semejanza de un padre con un mal hijo: me prodiga caricias y dulzuras para obligarme así a mejorar de vida...»
  • El prójimo es el medio que Dios nos ha dado para poder apreciar el amor que a Dios tenemos (Santa Catalina de Sena).

  • Nadie puede amar tanto a los hombres como los santos, porque nadie hay que ame a Dios en la medida en que ellos lo aman.

En una ocasión le vieron a través de las rendijas de la puerta mientras ejecutaba ante la imagen de la Santísima Virgen la danza de los gitanos. Tal era el medio que le sugería su candorosa simplicidad para recrear las miradas de su Reina Soberana. De este modo imitaba a Santa Teresa, que se entretenía los días de fiesta en tocar la flauta y el tamboril, y a San Francisco de Asís, que echaba mano, a guisa de violín, de dos trozos de madera para hacer sonar así la idea musical de su imaginación exuberante.