jueves, 20 de noviembre de 2008

SOBRE EL PUDOR

Todo lo que haces hoy tendrá repercusión en la eternidad.

Avergonzarse de la cruz de Cristo es algo diabólico. Es lo que probablemente motivó la traición de Judas.

Pues bien, el impudor es ante Dios atrevimiento morboso de la carne y de los ojos, y sin matarlo, no es posible ir adelante hacia la plena unión de amor con Él.

La poligamia degrada y envilece a las mujeres que la padecen, y a los hombres que la practican.

Cuántas veces corresponde a los que han renunciado al mundo el hermoso ministerio de consolar a quienes lo poseen.

Cuántas veces un fraile de pobre hábito ha de confortar a seglares vestidos con elegancia y lujo. ¿Quiénes son los que viven la verdadera alegría?

«Se divorcian para casarse y se casan para divorciarse (exeunt matrimonii causa, nubunt repudii) Éstos, que se casan y divorcian tantas veces, en realidad viven en un continuo adulterio legal.

Recordad siempre que a más cruz, más resurrección. A más penitencia, más alegría.

El vestido es para el hombre una añoranza de la primera dignidad perdida, un intento permanente de recuperar aquella nobleza primitiva, siquiera en la apariencia.

Y la disminución o pérdida del pudor trae consigo normalmente una debilitación de la castidad en el uso de la televisión y de los espectáculos, en las modas y costumbres, así como en la conducta de niños y muchachos, jóvenes y adultos.

El impudor en las modas y costumbres, en playas y espectáculos, ha coincidido con un aumento de la masturbación, del divorcio y del adulterio, de embarazos de adolescentes, de las prácticas homosexuales y de la lujuria en todas sus modalidades. Son causas que se causan mutuamente.

San Juan Crisóstomo le dice a una mujer: «vas acrecentando enormemente el fuego contra ti misma, pues excitas las miradas de los jóvenes, te llevas los ojos de los licenciosos y creas perfectos adúlteros, con lo que te haces responsables de la ruina de todos ellos» (V,37; +34-38).

La castidad es en la persona una fuerza espiritual, una inclinación buena, una facilidad para el bien propio de su honestidad, y consiguientemente una repugnancia hacia la lujuria que le es contraria.