jueves, 14 de abril de 2011

ALGUNAS VIRTUDES DE SAN MARTIN DE PORRES


Humildad

Fray Martín era muy humilde y se consideraba el último y el más pecador. Antonio José de Pastrana afirma haberle oído decir, 21 Proceso, pp. 237-238.18cuando se disciplinaba: Ven acá, perro mulato. ¿Por qué no eresmuy agradecido a Dios por tantos beneficios como te ha hecho de
haberte traído a la religión a la compañía de tantos buenos paraque fueses bueno y no te
perdieses? ¿Y no acabas de entender, mulato? Si te hubieras quedado en el siglo, ¿hubieras llegado a esta edad? No, porque te hubieran ahorcado por ladrón. Y teniéndote Dios en su casa, por no dejar de ser ladrón, hurtas el tiempo a las obligaciones de tu ocupación y oficio y de servir a tus amos que son los enfermos y religiosos, y te has hecho un haragán. Vuelve en ti y acuérdate de las misericordias de Dios y sé muy agradecido22. Fray Juan de la Torre oyó algo parecido: Ven acá, perro mulato ruin, ¿con qué correspondes a Dios los beneficios que te ha hecho de hacerte hijo de la Iglesia, cristiano, católico y religioso en la compañía de tantos religiosos, nobles, doctos y santos? Ha sido grande la misericordia de Dios de no tenerte en el infierno por tus pecados y escándalos. ¿Hasta cuándo ha de durar esta mala vida, tu tibieza y flojedad en el ejercicio y ocupación que se te ha encomendado?23 Y, cuando algunos religiosos lo trataban mal de palabra, con mucha humildad respondía, echándose en el suelo para quererles besar los pies, mientras le decían las dichas palabras24. Su vestir era humildísimo y pobre, pues no traía más de una túnica de jerga que le daba hasta las rodillas y, sobre ella, el hábito sin más camisa a raíz de las carnes… Su cama era un ataúd con una estera por colchón y un pedazo de madera por cabecera. Y con ser tan rigurosa, la usaba pocas veces, porque las más de las noches se dejaba llevar del poco rato de sueño en un poyo o banco a los pies de algún enfermo, cuando le veía fatigado o de riesgo. Y en la caridad fue tan grande que, sin encarecimiento, juzga este testigo que le podrían llamar con justo título fray Martín de la caridad25. El padre Antonio de Estrada declara que estando muy enfermo el siervo de Dios de una cuartanas muy rigurosas que padecía todos los años por el tiempo de invierno y, viendo que no tenía cama donde dormir, por la humildad y menosprecio con que se trataba sin más abrigo, le mandó el padre fray Luis de Bilbao que era Provincial, que por obediencia echase sábanas en la dicha cama y tuviese colchón; visto lo cual por el dicho siervo de Dios, le oyó decir este testigo, hablando con el dicho padre provincial con mucha humildad: “¿A un perro mulato que en el siglo no tuviera qué comer ni qué dormir, manda vuestra paternidad que se acueste entre sábanas? Por amor de Dios, que vuestra paternidad no me lo permita. En una oportunidad en que estaba enfermo el padre Pedro de Montesdoca de un mal en la pierna entró a servirle el hermano fray Martín y por no sé qué niñería que sucedió en la celda, se enojó con él el dicho fray Pedro y lo deshonró, diciéndole que era un perro mulato y otras malas razones; a lo cual se había salido riendo de la celda el dicho hermano. Y al anochecer del día de este suceso, entró con mucha paz y alegría en la celda con una
ensalada de alcaparras, diciéndole al dicho padre: “Ea, padre, ¿está ya desenojado? Coma esta ensalada de alcaparras que le traigo”. Y, viendo el dicho padre fray Pedro que había estado deseándolas todo el día y padeciendo el desgano del comer y el dolor de que le habían de cortar la pierna al día siguiente, pareciéndole cosa seria que le hubiese traído lo que había estado deseando y que aquella era obra de Dios, le pidió perdón al hermano fray Martín y le agradeció el regalo; y con grande fervor le pidió se doliese de él y mirase que estaban para cortarle la pierna. A lo cual el dicho hermano se llegó y se la vio y le puso las manos en ella, con lo cual quedó sano y libre de lo que le amenazaba27. El padre Juan Ochoa de Varástegui certifica que, viendo una mañana al venerable hermano ocupado en limpiar unas secretas (retretes o baños) del convento, a lo cual venía todas las mañanas, estando viviendo en casa del arzobispo de México don Feliciano de Vega, que en aquel tiempo estaba enfermo en esta ciudad y había pedido con particular fervor y consuelo que le asistiese, este testigo le dijo a fray Martín: “Hermano, ¿no es mejor estar en la casa del señor arzobispo de México que en las secretas del convento?”. Y respondió: “Padre fray Juan, más estimo yo un rato de estos que paso en este ejercicio que muchos días de los que tengo en casa del señor arzobispo”28. El padre Cristóbal de san Juan afirma que a los religiosos enfermos les servía de rodillas y estaba de esta suerte asistiéndolos de noche a sus cabeceras los ocho y los quince días, conforme a las necesidades en que los veía estar, levantándolos, acostándolos y limpiándolos, aunque fuesen las más asquerosas enfermedades, todo con un encendido corazón de ángel a vista de este testigo y de los demás sus hermanos29. Y sigue diciendo el mismo testigo: Resplandeció singularmente en la virtud de la humildad… Rara vez fue la que este testigo le vio levantar los ojos de la tierra. Cuando entraba en las celdas de los religiosos, le daban silla o banco en que se sentase, pero no lo admitía y prefería sentarse a sus pies en el suelo. Y, si acaso algunos le trataban mal de palabras, era el semblante de su rostro más alegre que si le hicieran alguna honra o lisonja, respondiendo a los oprobios que le hacían con palabras de grandísimo amor y mansedumbre30.

Penitencia

San Martín hacía mucha penitencia, ofreciendo sus sufrimientos por la salvación de los demás. Fue muy abstinente en su comida. Y esta se reducía, los días que la Comunidad comía carne, a una escudilla de caldo y algunas verduras; y en los días de pescado, a algunas legumbres. Y esto era muy moderado. Viéndolo, parecía cosa imposible sustentarse así un cuerpo humano. Ayunaba todas las Cuaresmas a pan y agua desde el día Jueves Santo hasta el día de Pascua a mediodía. Y este día por gran regalo comía unas yucas y camotes. Y el segundo día comía por la solemnidad de la Pascua una sopas y unas pocas coles sin comer carne. El mismo testigo afirma que traía a raíz de las carnes una túnica de jerga muy gruesa y áspera y un cilicio de cerdas como
jubón que le llegaba hasta los muslos… No se le conocía cama sino una alacena que tenía en la ropería, la cual le servía algunos ratos del día, porque las noches las pasaba en oración en el Capítulo y Coro alto, que eran los lugares de su devoción. Todos los días, después de las oraciones se encerraba en su celda y estaba en ella poco más de tres cuartos de hora en oración y disciplina. Se azotaba con una disciplina que tenía de tres ramales, que tenía de hierro con sus rosetas. Y, acabada, llamaba a este testigo (Juan Vázquez Parra) y le pedía le curase las espaldas con vinagre, lo cual hacía. Y viendo este testigo lo lastimado que quedaba de las espaldas, le dijo muchas veces que no hiciese aquello y que escogiese otros modos que había de penitencia y siempre le respondía que todo aquello era nada para lo que merecía. Y todo esto se lo decía a este testigo con semblante alegre y risueño sin mostrar flaqueza alguna. Y desde las doce y un cuarto
de la noche era la segunda oración y disciplina; unas veces en su celda y otras en la sala del Capítulo delante de la imagen de un santo Crucifijo, y en ella estaba como cosa de tres cuartos de hora; la cual se daba en las asentaderas con un rebenque de látigo torcido. Y en muchas ocasiones le vio este testigo en la sala del Capítulo elevado y suspendido en alto de la tierra, haciendo oración. Y a las cinco de la mañana era la tercera oración que tenía, unas veces en la celda y otras en unos sótanos solitarios que hay en el convento y allí se disciplinaba muy rigurosamente, dándose muchos azotes en las pantorrillas y en las plantas de los pies. Y por no poderlo hacer bien el venerable hermano, le pedía a este testigo que le diese los dichos azotes con unas varas de
membrillo y así lo hacía, doliéndose mucho de las rigurosas penitencias que hacía. Marcelo de Ribera asegura haber oído a los religiosos del convento que el siervo de Dios salía algunas veces azotándose por el convento como en procesión y que le iban alumbrando cuatro hermosísimos mancebos que se entendía eran ángeles. El mismo testigo afirma que todo el tiempo tocó a Maitines y al Alba y que sólo dormía cuando le rendía el sueño en algún banco o en la cátedra del Capítulo o a los pies de algún enfermo que estuviese de riesgo necesitado; y la cama que tenía en su celda era una a modo de ataúd de tabla y sobre ella una estera y por cabecera un pedazo de madera, de la cual cama usaba cuando estaba malo y muy necesitado. Y fue ponderable de cuantos lo conocían no haberle visto puesto nunca el sombrero que se permite a los donados por más que abrasase el sol en el rigor del verano, trayéndolo caído a las espaldas, no por bien parecer, sino por la modestia debida al hábito. Las Pascuas del Espíritu Santo tenía por devoción irse a holgar con dos camisas que pedía de limosna, de jerga. Una de las dos camisas de jerga era para fray Juan Macías, su camarada y amigo, con las cuales se mudaban los dos siervos del Señor y juntos se iban al platanal que tiene la huerta de la Recoleta y allí hacían oración toda la Pascua con grandes penitencias de disciplinas. Hinchábanseles las espaldas y luego venía a mí, Juan Vásquez, a que le curase.

Nota.- Juan Vázquez Parra es uno de los testigos más autorizados de la vida de nuestro santo. Cuatro o cinco años antes de la muerte de fray Martín, lo recogió en su celda. Era un jovencito español de unos 14 ó 15 años, a quien vio un día desamparado y pidiendo limosna. A partir de ese día, se convirtió en su ayudante y confidente. Fray Martín le consiguió, antes de morir, un puesto de soldado en la Armadilla que partía para Chile. Con el tiempo, salió de la milicia, se casó y tenía un hijo al declarar en el Proceso. También tenía una finca en la Sierra, a donde viajaba frecuentemente. Cuando estaba en la Recoleta, actual plaza Francia, con san Juan Macías, iba a trabajar a la huerta. Esa era su mayor recreación, diciendo que con aquello se ganaba el sustento.
También solía ir a la otra hacienda de la Orden, a Limatambo (del actual distrito de Surquillo), y allí trabajaba incansablemente, arando la tierra y sembrando diferentes hierbas medicinales para el socorro de los pobres. Y, retirándose a lo más apartado y escondido de dicha hacienda, hacía sus continuas penitencias y ejercicios.

Caridad

Con los hombres Uno de los rasgos característicos de la vida de san Martín fue su gran caridad con todos. El padre Fernando Aragonés, su compañero enfermero, afirma: Era tan grande su caridad que no hubo cosa imaginable que no la ejecutase..., sirviendo en sangrar y curar a los enfermos, dando limosnas a españoles, indios y negros, porque a todos los quería y amaba con singular amor y caridad. Casó huérfanas, vistió pobres y a muchos religiosos necesitados les remediaba sus necesidades así de hábitos como de lo demás que les faltaba y ninguno llegó a pedirle por Dios que fuese desconsolado... y algunos hombres ricos le daban dinero para dar limosna por su mano y a la puerta de la portería esperaban a dicho siervo de Dios, españoles pobres para que les curase postemas y llagas incurables, envejecidas y rebeldes a las medicinas. Y en cuatro días que les curaba y ponía manos, las reducía a mejor estado, sanándolas. Lo mismo hacía a los indios y negros a quienes curaba el dicho siervo de Dios con ardiente celo de caridad y amor de Dios que ardía en su alma. Y en este tiempo hubo una peste en esta ciudad de una enfermedad que llaman alfombrilla o sarampión en la cual tuvo este testigo en su enfermería sesenta enfermos, los más de ellos mancebos novicios. Esta enfermedad daba crueles calenturas que se subían a la cabeza… El siervo de Dios estuvo sin parar de día y de noche, acudiendo a dichos enfermos con ayudas, defensas cordiales, unturas, llevándoles también a medianoche azúcar, panal de rosa, calabaza y agua para refrescar a dichos enfermos. Y a estas horas, maravillosamente entraba y salía del noviciado, estando las puertas cerradas y echados los cercos. El mismo testigo señala que a mediodía, a horas de comer, iba el siervo de Dios al refectorio (comedor) y llevaba una taza y una olla para recoger su comida y lo demás que sobraba a los religiosos que comían a su lado y, si veía algún pobre a la puerta de dicho refectorio, era notable su inquietud hasta enviarle de comer… Y con no comer el dicho siervo de Dios más que pan y agua por su mucha abstinencia, quería que todos comiesen muy bien, por su mucha caridad. Y acabando de comer, sacaba su olla y su taza llena de comida y se iba a la cocina de la enfermería, donde le esperaban a aquellas horas pobres españoles, negros e indios enfermos y hasta perros y gatos que a aquella hora esperaban el sustento por mano del siervo de Dios. Y antes de repartir, les echaba la bendición, diciendo: “Dios lo aumente por su infinita misericordia”. Y así parece que sucedía, que se lo aumentaba Dios por su mano, pues comían todos y llenaban sus ollitas y quedaban todos contentos hasta los perros y gatos. Y en acabando, quedaba tan gozoso que decía que no había tal gusto como dar a pobres. Y, estando repartiendo la comida a los pobres, cuando parecía que ya se acababa y que no podía alcanzar para cuatro o seis de ellos, por más y más que acudiesen, para todos había; y sobraba para otros que viniesen. Su caridad la desplegaba en primer lugar con sus hermanos religiosos de quienes era enfermero. Con ayuda de algunos ricos que le ayudaban, llegó a tener en la ropería para los enfermos ropa que se llegó a evaluar en más de seis mil pesos, de donde vestía a los religiosos pobres que no tenían de donde les viniese. Y era tanta su caridad que todos los sábados, una canasta grande que
tenía, la cargaba de ropa limpia e iba de celda en celda de los religiosos pobres a dársela para vestirse; y los lunes volvía de la misma suerte a recoger la que se habían quitado, teniendo cada túnica sus brevete por la limpieza. Y en la celda en que habitaba tenía sus cajones de madera con sus números que correspondía a los dichos brevetes de las túnicas para que no se cambiasen. Todo con mucha curiosidad y limpieza, como lo vio este testigo muchas veces. Algunos años antes de que muriese, hizo en la enfermería del convento más de 80 camisas de lana; las cuales repartía entre los religiosos a fin de que no se las pusiesen de lienzo sino de lana, para que observasen la Constitución que trata de no vestir lienzo. Y también para que le diesen las de lienzo para los enfermos de la enfermería. Para ello, salió el venerable fray Martín con grandísima humildad a pedir limosna por las calles de los mercados y otras partes de esta ciudad. Y como era tan querido y estimado de las personas más principales, juntó lo que fue bastante para que cada religioso, así maestros, sacerdotes, mozos y novicios, tuviesen tres túnicas de anascote. Juan Vázquez Parra declara que se ocupaba todos los sábados de la semana en dar 400 pesos a 160 pobres, que se repartían de limosna; los cuales buscaba fray Martín en martes y miércoles que juntaba, porque el jueves y viernes lo que buscaba era aparte para clérigos pobres; porque la limosna que juntaba el sábado se aplicaba a las ánimas (del purgatorio), juntándola con la del lunes. La del domingo era poca… la ocupaba en comprar frazadas (mantas) para dar a algunas pobres negras y españolas; a unas, camisas y, a otras, frazadas, y a cada una en particular de lo que necesitaba le socorría antes de que se lo pidiesen. Fue un hombre de grandísima caridad. En el oficio de enfermero que ejerció, usaba tanto de ella para con los religiosos enfermos que, además de asistirles con el mayor amor del mundo, le tenían todos por padre y amparo, llamándole padre de los pobres. El padre Gonzalo García recuerda que en muchas ocasiones vio que en el convento entraban en la enfermería por la portería falsa algunos hombres que los traían heridos y con algunas heridas penetrantes y de muerte, y aplicando un mediano remedio a la herida y haciendo la señal de la santa cruz sobre ella, sin otros remedios, dentro de pocos días quedaban sanos y buenos. Muchas veces se iba a la ranchería, donde estaban los negros a quienes llamaba tíos. Y en viendo al siervo de Dios, cada uno salía con un achaque; unos de llagas, otros descalabrados y otros con dolores que padecían; y a todos los curaba con una cajita de ungüentos y trapos que llevaba, dejándolos consolados a todos; y les reprendía sus vicios y a algunos les decía lo que habían hurtado aquel día y les reñía mucho. Y luego se iba a los aposentos de las negras enfermas viejas y las curaba y consolaba, doliéndose de sus trabajos todo lo cual era su recreación, su gusto y su deleite50. Y no sólo se preocupaba de los cuerpos, sino también de sus almas. Fray Francisco de santa Fe declara que andaba en las haciendas del convento, enseñando la doctrina cristiana y la fe de Jesucristo a los negros e indios y gente rústica que asistían en ellas. A la gente rústica, como negros e indios, los procuraba atraer al camino verdadero de la salvación, exhortándolos en Dios a que guardasen sus mandamientos y no le ofendiesen. A todos encargaba mucho que no ofendiesen a su divina Majestad y le amasen sobre todas las cosas y a sus prójimos como a sí mismos, dándoles saludables consejos y procurándoles encaminar al camino verdadero de la salvación. En una oportunidad, se preocupó de un holandés (antiguo corsario) que vivía en la ciudad. Se llamaba Esteban y era tenido por cristiano. Se casó y, estando para morir en el hospital de san Andrés de esta ciudad y agonizando tres días con admiración de los que le asistían y veían tanto penar, el ultimo día fue al dicho hospital el siervo de Dios a toda prisa y le dijo al enfermero: “¿Cómo es esto? ¿Estaba sin bautizarse y se quiere morir?”. Y así después se averiguó que no estaba bautizado y le dijo tantas cosas en orden a su conversión que lo consiguió y le pidió bautizarse; y el siervo de Dios fue a toda prisa a llamar al cura, a quien hizo que bautizase a aquel enfermo y lo casase con que luego murió. En muchas ocasiones manifestó su deseo de ser mártir en el Japón. A este respecto, al padre Francisco de Arce manifiesta que oyó decir a un religioso de probada virtud, que iba al Japón los más de los días en espíritu y que allá se comunicaba con los de aquellas naciones. Fray Francisco de santa Fe recuerda que en algunas ocasiones oyó este testigo tratar al venerable hermano de los mártires del Japón y que iría de buena gana allá, si le dieran licencia, a morir por Dios nuestro Señor y su ley; y se dijo en el convento que de hecho pretendía la dicha licencia para irse a México con el arzobispo Don Feliciano de Vega y de allí irse al Japón al dicho efecto. Con los animales también era de admirar su caridad con los animales. Cuando iba al gallinero de la enfermería, las gallinas se dejaban tratar por él y le agasajaban, rodeaban y festejaban como reconocidas de su caridad. Y si entraba a la caballeriza, las mulas y demás bestias se llegaban amorosas y halagüeñas con particulares muestras de gusto. Y esto mismo sucedía con los perros, gatos y demás animales caseros que mostraban dondequiera que lo veían mucha inquietud en los halagos, dando muestras, como podían, del gusto que en verle recibían, tocándole y lamiéndole la ropa. En una ocasión, habiendo hallado en un muladar una mula para morir, porque le habían quebrado una pierna y estaba muy llagada, que de ninguna manera era de provecho para cosa alguna, la cogió el venerable hermano y la curó y la entablilló, diciéndole: “Criatura de Dios, sana”. Y dentro de pocos días estuvo buena y sana la dicha mula. En otra ocasión, yendo el venerable hermano por la calle a cierta diligencia, encontró a un perro que le habían dado una estocada y que tenía las tripas afuera y, doliéndose mucho de él, como lo hacía de otros, lo llevó a su celda y allí lo curó de la misma suerte que si fuera persona racional, y le hizo cama hasta que estuvo bueno, teniendo grande cuidado con él y en su sustento. Estando un día este testigo (Francisco Guerrero) con el venerable hermano, se entró de la calle un perro grande que venía mal herido y haciéndole muchas caricias y halagos que parecía conocerle, se dolió tanto de él que, de inmediato, le hizo su cama sobre una piel de carnero en su celda y allí lo curó como si fuera una persona y con el mismo cuidado… hasta que estuvo bueno. Y, estando sano, vio este testigo que lo llevó hasta la puerta falsa del convento y allí le dijo que se fuese donde estaba su amo; y así lo hizo el perro, obedeciendo al siervo de Dios. El padre procurador de la comida tenía un perro viejo y sarnoso, con mal olor y por esta causa lo mandó matar a los negros de la cocina, los cuales lo ejecutaron luego. Y sacándolo arrastrando para echarlo en el muladar, los encontró el siervo de Dios… y reprendiendo la poca caridad con aquel animal, mandó a los negros se lo llevasen a la celda. Y encerrándolo el siervo de Dios en ella, se fue al padre procurador y le reprendió por la poca caridad y crueldad que había tenido con el perro, después de haberle servido y acompañado tantos años (dieciocho), dándole tan mal pago. Y después de dicha reprensión se fue a su celda y se encerró en ella y resucitó al perro. Al otro día, lo sacó sano y bueno a darle de comer a la cocina de la enfermería. Y le mandó que no fuese a la despensa, donde estaba el padre procurador, su amo. Y el dicho perro, como si fuera capaz de razón, le obedeció y nunca le vieron ir a la despensa, lo cual vio este testigo muchas veces. Pero un día el padre Provincial, al ver tantos animales a quienes curaba el siervo de Dios y pensando que podían traer enfermedades, le ordenó que los echase fuera el convento. Movido a compasión, cogió a todos los que pudo y los llevó a casa de su hermana. Su sobrina Catalina dice: Vio esta testigo que todos los días, como a horas de las nueve del día poco más o menos, iba… y debajo de la capa del hábito les llevaba el sustento necesario. Y luego que entraba en el patio decía en voz alta, hablando con los perros: “Salgan que aquí estoy, que tengo que hacer”. Y aún no era bien dicho, cuando salían infinitos perros, que le cercaban todo y a cada uno de por sí les iba dando de comer lo que les traía y luego les decía que se fuesen y que no enfadasen en casas ajenas. Y diciéndole la madre de esta testigo (su propia hermana) que para qué le llevaba tantos perros a su casa que le eran de enfado, porque le ensuciaban la casa, le decía que ya andaba buscando dónde tenerlos. Y hablando con los dichos perros, les decía que, en teniendo necesidad, saliesen a la calle. Y vio esta testigo muchas veces que, desde entonces, los dichos perros, cuando querían hacer alguna necesidad, salían a la calle y se volvían a entrar sin dar enfado ni molestia en la casa ni ensuciarla como antes lo hacían. El padre Hernando de Valdés declara que oyó públicamente decir que habiendo tirado un escopetazo a un gallinazo, que estaba en el río a espaldas del convento, le hirieron con muchas postas en una pierna y quebrándosela se vino volando a la huerta del convento, donde le vio el siervo de Dios, que de ordinario estaba en ella sembrando hierbas medicinales para curación de los enfermos Se llegó al gallinazo y lo cogió, a pesar de ser un animal muy medroso y cobarde. Y con toda la mansedumbre, el animal se estuvo quedo como aguardando el socorro del dicho siervo de Dios, el cual le curó la herida, continuando todos los días, llevándole de comer a la huerta; donde, cuando veía a cualquier otra persona, huía, menos del siervo de Dios, a quien aguardaba como si fuera su padre y le reconociera el debido agradecimiento. En unas recreaciones que hubo, trajeron al convento unos toros y terneras para que los coristas jugasen con ellos; y estuvieron cuatro días sin comer. Y sabiéndolo el siervo de Dios, se afligió mucho y en presencia de este testigo (Marcelo de Ribera) cargó a toda prisa botijas de agua y las iba poniendo en la puerta del noviciado. Y, al día siguiente, se publicó el caso en todo el convento. Fue que, después de tener mucha agua y hierba que trajo de la caballeriza del convento, se le abrieron las puertas del noviciado a más de medianoche y metió la dicha agua y hierba y la fue repartiendo a cada uno según la edad que tenían. Y siendo animales tan furiosos, se le domesticaron y amansaron de tan suerte que llegaban al siervo de Dios como a besarle el hábito. Y un religioso, llamado fray Diego de la Fuente, le oyó hablar y que decía a los toros: “El hermano mayor, deje, deje de comer a los menores”. Y con esto se volvió a salir. Y para mayor prueba del caso hallaron las botijas quebradas en que les había dado de beber, por donde conocieron que se le franquearon las puertas. En otra ocasión, trajeron a los novicios unas ternerillas para divertirse, pero eran tan mansas que se quejaron de que parecían de palo. Entonces, el siervo de Dios les trajo un torillo más vivo. Los dos primeros días todo fue muy bien; pero al tercero, se embraveció, y los novicios le tomaron miedo y ya no querían salir de las celdas, porque el torillo estaba en el patio. Entonces fray Martín, tomó una cañuela de carrizo en la mano y, yéndose para el torillo, le dio en las astas, diciendo: “Yo no le traje aquí para que estorbase el que los religiosos fuesen a alabar a Dios en el coro. Váyase fuera y déjelos cumplir con su obligación”. Y, obediente el torillo, sin hacer movimiento alguno, salió del patio del noviciado y por los claustros del convento como una oveja. Un día estaba el siervo de Dios afligido al ver el daño que los ratones hacían en la ropa de los enfermos. Y cogió un ratón y le dijo: “Hermano, ¿por qué hace daño con sus compañeros en la ropa de los enfermos? No lo mato, pero vaya y convoque a sus compañeros que se vayan a la huerta, que allí les daré de comer todos los días”. Y así fue que de las sobras de la enfermería les llevaba todos los días su ración. Y permitió Nuestro Señor, en premio de su mucha caridad, que no hubiese más ratones en la ropería, como vio este testigo. Pero no sólo en la ropería, también en la sacristía del convento había muchos ratones que destruían los ornamentos litúrgicos. El sacristán se quejaba continuamente. Fray Martín llevó de la enfermería una canasta y entrándose con el sacristán en la pieza de la oficina que sirve para guardar los ornamentos de la sacristía, puso en medio de ella la canasta y con voces mansas autorizadas y llenas de confianza, dijo: “Ea, hermanos ratones, todos se vayan recogiendo en esta canasta que no es razón de que estén echando a perder los ornamentos que sirven al culto divino y empobrezcan la religión y la sacristía…”. Y, a la voz del siervo de Dios, luego se recogieron los ratones dentro de la canasta a vista de algunos religiosos que se hallaron presentes…, y los llevó cargados en la canasta a la huerta, prometiéndoles que les llevaría el sustento necesario a ella67. Fernando Aragonés dice: Parece que los animales le obedecían por particular privilegio de Dios como se verá por un ejemplo y suceso prodigioso que este testigo vio, y fue el caso que debajo del sótano que está debajo de la enfermería del convento parieron una perra y una gata. Y pareciéndole al siervo de Dios que podrían morirse de hambre madres e hijos, cuidaba todos los días de llevarles un plato de sopas; y mientras comían, les decía: “Coman y callen y no riñan”. Y sucedió que un día salió un ratón a querer comer en el dicho plato y, viéndole el siervo de Dios, le dijo: “Hermano, no inquiete a los chiquillos y, si quiere comer, meta gorra y coma y váyase con Dios”. Y así lo hizo que, sin inquietarse ni el dicho ratón ni los dichos perrillos ni gatillos, comieron con mucha quietud lo cual vio este testigo por haberle llamado a verlo el siervo de Dios. Fray Juan López manifiesta que vio… comer juntos sin ofenderse perros, gatos y ratones69. Fray Antonio de Morales asegura que en una ocasión mandó a un perro, a un gato y a un ratón que comiesen juntos, como si fueran de una misma especie, y acabado el mantenimiento, se fueron cada cual por su parte, obedientes a la voz del siervo de Dios. Y era voz pública en el convento que fray Martín les prevenía en vasijas lo que habían de comer; no pocas veces aconteció mandar que comieran sin hacerse mal ni daño unos a otros, estando juntos perros, gatos y ratones, obedeciendo estos el mando, como si fueran racionalísimos.