miércoles, 11 de abril de 2012

LOS TRES CONSEJOS EVANGÉLICOS Y LAS HERIDAS DEL ALMA


Nuestro Señor dijo al joven rico del que habla el Evangelio de San Mateo, XIX, 21:

"Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y da su precio a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven luego y sígueme." El evangelista añade: "Al oír estas palabras, el joven se alejó triste, porque tenía grandes posesiones." La práctica efectiva de los tres consejos evangélicos no es obligatoria ni indispensable para llegar a la perfección a la cual todos debemos aspirar; pero es un medio muy conveniente para conseguir más segura y rápidamente el fin, y no exponernosa quedarnos a mitad del camino. Hemos dicho, en efecto, que no es posible alcanzar la perfección sin tener el espíritu de los consejos, o sea el espíritu de desasimiento. Pero es difícil adquirir tal espíritu sin la práctica efectiva de ese desasimiento que tan duro pareció al joven del evangelio.
Es posible alcanzar la santidad en el estado matrimonial, como Santa Clotilde, San Luis, la beata Ana María Taigi; pero es más difícil llegar a ella por ese camino. Es difícil estar poseído del espíritu de desprendimiento de los bienes terrenos, de los placeres no pecaminosos, y de la propia voluntad, si de hecho, no nos separamos de esas cosas. El cristiano que vive en el mundo está expuesto a dejarse absorber desmesuradamente por la preocupación de adquirir una situación o conservarla para sí o para los suyos, y olvidarse un tanto de que va camino de otra patria que no está en la tierra; y que para conquistarla se necesita, no precisamente talento en los negocios, sino la ayuda divina que obtenemos por la oración, y el fruto de la gracia, que son los méritos. Se ve inclinado igualmente, en la vida de familia, a entretenerse en afecciones en las que encuentra legítima satisfacción a la necesidad de amar, olvidando que sobre todas las cosas debe amar a Dios, con todo su corazón, alma, fuerzas y espíritu. Y con frecuencia acaece que la caridad no es en él la llama viva que se levanta hacia Dios, vivificando todas las otras afecciones, sino una pequeña brasa que poco a poco se extingue bajo las cenizas. De ahí la facilidad con que tantos cristianos caen en el pecado, sin reflexionar apenas que el pecado es infidelidad a la divina amistad, que debería ser el más profundo sentimiento del corazón. En fin, el cristiano que vive en el mundo está constantemente expuesto a hacer su voluntad, al margen, por decirlo así, de la de Dios; y después de haber concedido algunos instantes a la oración, el domingo y acaso cada día por la mañana, a ordenar su vida desde un punto de vista puramente natural, con la razón más o menos deformada por el propio amor y los prejuicios o convenciones de su ambiente. Y así resulta que la fe se reduce prácticamente a unas cuantas verdades sagradas, aprendidas de memoria, pero que para nada influyen en su vida. La inteligencia está demasiado preocupada con los intereses terrenales y otras fruslerías; y al presentarse algunas graves dificultades que exigirían gran energía moral, cae uno en la cuenta de que el espíritu de fe está ausente; las altas verdades acerca de la vida futura, y de la asistencia con que nos socorre el Señor, resultan prácticamente ineficaces, son como verdades lejanas, perdidas entre la bruma, que nunca fueron asimiladas. Es que falta la fe práctica que haría descender la luz de los misterios en medio de las dificultades de la vida cotidiana. Tales son los peligros con que tropieza el cristiano cuando no se esmera en practicar los consejos evangélicos en cuanto le es posible. Y si sigue resbalando por esta pendiente, se extravía y cae progresivamente en las tres enfermedades morales que radicalmente se oponen a los tres consejos; aquellas de que habla el apóstol San Juan cuando dice: "Todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida: lo cual no nace del Padre, sino del mundo" (1Joan, II, 16). Éstas son las tres llagas purulentas que destruyen las almas y les acarrean la muerte, alejándolas de Dios. Estas tres plagas o heridas morales aparecieron en el mundo luego del pecado del primer hombre y de nuestros numerosos pecados personales. Para comprender su gravedad preciso es recordar que ellas reemplazan, a fondo, a la triple armonía que existía en el estado de justicia original, triple armonía que el Salvador pretende restablecer mediante los consejos evangélicos. Allá en el primer día de la creación, existía perfecta armonía entre Dios y la criatura, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo del hombre y los bienes inferiores. Existía armonía entre Dios y el alma, ya que ésta fué creada para conocer a Dios, amarle y servirle, y así conseguir la vida eterna. El primer hombre, que había sido creado en "estado de santidad y de justicia original", era un contemplativo que conversaba familiarmente con Dios. como lo traen los primeros capítulos del Génesis. Su alma se nutría principalmente de las cosas divinas, "un poco menos que los ángeles" (Salm. VIII, 6); y a través de Dios consideraba todas las cosas y obedecía al Señor. De esta superior armonía derivaba la que existía entre el alma y el cuerpo hecho para servir al alma. Como el alma estaba perfectamente subordinada a Dios, ejercía su imperio sobre el cuerpo; las pasiones o movimientos de la sensibilidad seguían dócilmente la dirección de la recta razón esclarecida por la fe, y el impulso de la voluntad vivificada por la caridad. Había, en fin, armonía entre el cuerpo y los bienes externos; la tierra daba espontáneamente sus frutos, sin necesidad de gran trabajo, y los animales eran dóciles al hombre que había recibido el mando sobre ellos y no le hacían ningún mal. El pecado vino a turbar esta triple armonía, destruyendo la más alta de las tres, e introdujo en su lugar el triple desorden, llamado por San Juan "el orgullo de la vida, la concupiscencia de la carne y la concupiscencia de los ojos". El hombre se rebeló contra la ley de Dios, y el alma humana, inclinada desde este momento a la soberbia, va repitiendo con frecuencia: "non serviam, no obedeceré". Cesó en ese momento de nutrirse de la verdad divina, complaciéndose en sus pequeñas ideas, estrechas, falsas, sin fuste; pretendió crearse su propia verdad, V dirigirse solo, limitando cuanto le fué posible la autoridad de Dios, en lugar de recibir de su mano la dirección saludable que conduce a la verdadera vida.
Al rehusar someterse a Dios, perdió el alma su imperio sobre el cuerpo y sobre las pasiones, hechas para obedecer a la razón y a la voluntad. Más aun, el alma se reduce con frecuencia a la condición de esclava del cuerpo y de sus inferiores instintos; que es la concupiscencia de la carne. Muchas personas se olvidan de su destino divino, hasta el punto de ocuparse desde la mañana hasta la noche únicamente de su cuerpo, que viene a ser su ídolo. Las pasiones reinan como señoras, y el alma se hace su esclava, porque las pasiones, opuestas entre sí, el amor, la envidia, la cólera y el odio, se van turnando en ella, bien a su pesar. Y el alma, en vez de dirigirlas, se siente por ellas arrastrada, como por caballos desbocados que no obedecen al freno. El cuerpo, en fin, en vez de servirse de los bienes externos, hácese su esclavo. Se arruina a veces para procurarse esos bienes externos en abundancia, se rodea de un lujo odioso, a costa de los pobres que tienen hambre. Tiene necesidad de todo lo que brilla y le hace llamativo: y esto es la concupiscencia de los ojos. Y después de haber acumulado una fortuna, el cuidado de conservarla V hacerla aumentar viene a ser la ocupación absorbente de muchos hombres que, esclavos de sus negocios, nunca encuentran tiempo para orar, para leer una página del evangelio, para alimentar su alma; se instalan en la tierra como si aquí debieran permanecer eternamente, sin acordarse apenas de su salud eterna. Esta triple esclavitud, que reemplaza a aquella triple armonía, es el desorden erigido en sistema. Pero el Salvador vino al mundo precisamente a restaurar el orden destruido, y para conseguir su intento nos enseñó los tres consejos evangélicos.

R. Garrigou-Lagrange
LAS TRES EDADES DE LA VIDA INTERIOR.

martes, 31 de enero de 2012

SAN MIGUEL DE LOS SANTOS


Se le calumnia. — Es encarcelado.

Unque Migdel solo tenía de veinticinco á veintiséis años, sin embargo había podido conocer ya más de una vez las amarguras de que los hombres siembran la vida, especialmente, como hemos visto, cuando vivía en el siglo, después de la muerte de su padre; pero, si bien había tenido mil sinsabores, jamás la fea calumnia había tratado de empañar su pura vida: y sin embargo esto también le estaba reservado. Vivian con él dos jóvenes religiosos de los cuales no era bien mirado, ya porque era una muda pero continua reprobación de su vida algo disipada, ya por otras razones que les sugiriere la envidia. Sea por lo que fuere, hablaban desfavorablemente de él, tachándole de vanidoso é hipócrita por las cosas extraordinarias que hacía ante la Comunidad. Y a pesar de que todo lo sabía el siervo de Dios, según dice el P. Manuel de la Cruz, no hacía el menor caso de las hablillas, que eran para él todo amor y caridad. (1) En tanto sucedió que el P. Provincial, que por allí pasaba con motivo de la visita, dirigió severas reprensiones á los dos murmuradores por su irregular conducta; y esto bastó para que, apasionados y sin tener la menor prueba, pensaran que Miguel había sido el delator y prometieran vengarse, poniéndole en mal lugar con el mismo P. Provincial. Acusáronle, pues, de haber censurado su gobierno y el de los demás Superiores. El P. Provincial dió crédito á tales absurdos, á la verdad no sabemos por qué extraña alucinación, pues no habían llegado á sus oídos hasta entonces más que noticias de la santidad insigne del acusado. Así fue que, dando principio á las primeras diligencias de un proceso, invitóse á Miguel, en un interrogatorio que se le hizo sufrir, á que contestara á los cargos de que se le acusaba; y él, por todo descargo, dijo las siguientes palabras: Capaz soy de hacer cosas peores, si Dios me abandona. (2) Interrogado de nuevo, dio la misma respuesta; y, presentándole culpable las apariencias, se le condenó á ser encarcelado. ¡Qué sorprendente hubiera sido verle andar á una mazmorra! ¡Con qué alegría debió abrazar aquella inesperada cruz por amor á Jesucristo! él que en los sufrimientos cifraba toda su gloria, diciendo con S. Pablo: — Míhi absit glorian, nisi in Cruce Domini nostri Jesu-Christi. A lo mejor, entonaba en el calabozo cánticos de alabanza y de acción de gracias al Todopoderoso que le hacía merecedor de sufrir por Él. Y el P. Mallas, á quien habían confiado el cuidado de su custodia, encontrándole á menudo arrebatado en santo éxtasis, (1) le exhortaba siempre á que se defendiese; á lo cual Miguel respondía: —Esto •pertenece á Dios; yo debo conformarme con su santa voluntad. ¿Qué puede causarme mayor regocijo? Por otra parte, si lo mereciese, Dios se acordaría de mi; pero soy un gran pecador, la misma abominación. (2)

No podemos precisar el tiempo que duró su encarcelamiento; pero parece que no bastó cerca de un mes para que quedara reconocido el engaño. Y el único motivo que le consoló algún tanto de que le sacaran del encierro, fue el deseo que tenia de manifestar su agradecimiento á los dos hermanos que le habían procurado tanto bien. Jamás sucedió oírle pronunciar la más leve palabra contra ellos, ni menos contra el Superior; al contrario, si alguna vez se le hablaba de esto, decía que el Superior había procedido con el mas loable celo; pero que él no recordaba haber dicho lo que se le imputaba. (3)

Miguel fue por algún tiempo el único consuelo de los dos falsos acusadores, que ya no eran mirados tan bien como antes por los demás hermanos, á lo menos hasta que dieron señales de verdadero arrepentimiento; y, habiéndoseles destinado á otros conventos, les siguió con sus cartas, todas llenas de amabilidad, sin descuidarse nunca de ofrecerse a su servicio, infundiendo así á sus almas un indecible y provechoso agradecimiento. He aquí como es verdad aquel dicho:

Le mandan dedicarse a confesar y predicar Algunas particularidades relativas á él como predicador.—Se transcribe una carta suya.

Fr. José de Jesús y María á unas piadosas personas que gozaban de la familiaridad de la Orden y en cuya casa se hallaba cierto día acompañado de Miguel, Su hermano de religión, que este último, estaba padeciendo de estómago, por cual motivo le habían obligado á alimentarse algo mejor de lo que acostumbraba, á fin de que pudiese soportar las, fatigas de la predicación y del confesonario á que querían dedicarle. (1) A. estas palabras se sublevó Miguel objetando que no quería confesar, porque le bastaba tener que dar cuenta de su alma, sin necesidad de añadir la de los demás, y que, tocante á la predicación, solo debía empezar á los treinta años para concluir á los treinta y tres é ir luego al cielo. (1)

Así profetizó á la vez el tiempo de su muerte. El piadoso Fr. José afirma que recordó, al tener la primera noticia de la muerte de Miguel, las palabras que acabamos de transcribir. De esto hablaremos en otro lugar.

Quizás algunos opinen que, llegado el tiempo en que los Superiores encomendaron decididamente uno y otro ministerio á Miguel, éste se resistiría; mas no existe prueba alguna directa, ni prueba más indirecta que la que hemos referido. Lo que debe decirse es, que al acomodarse Miguel á la predicación, llevó su obediencia á un extraordinario grado de heroísmo; pues no cabe duda que le constaba, por revelación divina, que había de empezar á los treinta años. Y cuando vio que había de dedicarse para siempre á las santas tareas del confesonario, y que debía constituirse en apóstol del Evangelio, lo hizo con el mismo ardor que acostumbraba emplear en el cumplimiento de sus más altos deberes, según veremos más adelante.

Estudiar y retener en la memoria los sermones, costaba á Miguel un trabajo incalculable, por razón de tener constantemente su mente ocupada en Dios, pues hasta conversando, era preciso repetirle dos ó tres veces las cosas. (2) El asunto de sus discursos era generalmente las postrimerías del hombre, el aborrecimiento del pecado ó lo falaz de las cosas del mundo. Fue un gran

modelo para los que se dedican á este ministerio. Nunca subía al púlpito sin encomendarse á las oraciones de las personas buenas, á fin de que, como él decía, Dios le comunicase su espíritu para inflamar el corazón de los oyentes. Más tarde, siendo Ministro en Valladolid, y cuando solo dependía de él encargarse ó no de los sermones que le instaban hiciese, se ponía en oración antes de decidirse, á fin de conocer cuál era la voluntad de Dios. (1) ¡Hombre siempre extraordinario, siempre fecundo en preciosas enseñanzas! Tenía la voz muy débil; pero, según el F. Lorenzo, declamaba á veces tan fuerte y con tal entonación, llevado en alas de su impetuoso fervor, que infundía sus violentas emociones al dominado auditorio. (2)

Ministro todavía en Valladolid, contó un día Miguel á su confesor, el P. Benito, que si al escribir sus sermones se le deslizaban inadvertidamente algunos artificios retóricos, no le era posible retenerlos en la memoria, hasta que, volviendo á leer el escrito, tenía que borrarlos. (3) No faltaban sin embargo en Valladolid ciertas personas remiradas, que no solo hubieran querido algún aparato literario, sino un discurso adornado y florido que, lejos de convencer, halagara únicamente a los sentidos; pero Miguel no lo ignoraba, y decía sin inmutarse, que no atendía más que al bien espiritual de las almas. (4)

(1) Process. Vallisolet. fol. 209. (2) Process. Vallisolet. fol. 9o. (3) Process. Vallisolet. fol. 209. (4) Process. Vallisolet. fol. 95.

¡ Lástima que no haya quedado vestigio de sus sermones! Tendríamos, á no dudarlo, un tesoro de sabiduría celestial; todos hemos de convenir en ello, atendido su clarísimo talento y la continua comunicación que tenia establecida con Dios. No sabemos á qué achacar semejante desgracia, á no ser que el mismo Miguel, por su extraordinaria humildad, destruyera los manuscritos, como se asegura de su tratado « De la tranquilidad á que puede aspirar un alma en esta vida, » al que dio principio á los catorce años y concluyó á los diez y ocho; tratado de oro, á juicio de dos eclesiásticos eminentes en sabiduría, (1) el Arzobispo de Compostela, P. Antolinez, y Luis Alfonso de Ayala doctor y examinador sinodal en Sevilla, de quienes hemos hablado.

Todo lo que ha quedado de sus escritos consiste en una carta á un religioso amigo suyo que le había suplicado le escribiese, justamente sobre la tranquilidad del alma y medios de alcanzarla. Hela traducida del latín:

« Espinosa tarea es para mí, queridísimo Padre, la que me imponéis, tarea muy superior á mi pobre entendimiento; pero quizás la divina gracia supla la escasez de mis fuerzas.

« El estado de tranquilidad es muy semejante al estado de inocencia, puesto que los que la poseen tienen sujeta la sensualidad á la razón, y á la razón de Dios. En todo son generosos y magnánimos, y una celestial sabiduría y sobrehumana prudencia van siempre unidas en ellos al candor y sencillez de la paloma. También es semejante este estado al de los bienaventurados en el cielo, siendo así que los que lo alcanzan están adornados en grado heroico de todas las virtudes, tienen la pureza de los ángeles y están perfectamente unidos con Dios y transformados en El; y á ellos, del mismo modo que á los que le poseen por entero, comunica Dios con toda liberalidad sus bienes. De ahí es, que la caridad crece en ellos hasta un grado eminentísimo, quitándoles todo temor; de ahí es, que no se levantan tempestades en su corazón, ni extrañas sensaciones intentan turbar su paz. Su semejanza con los bienaventurados del cielo proviene también de su alta contemplación (que es un principio de la gloria), puesto que los conocimientos de Dios que reciben son excelentes y continuos, sin que dejen de conocerse en igual grado á sí mismos.

«Cada una de estas dos clases de conocimientos produce distintos efectos en el orden para un mismo fin. El conocimiento de Dios engendra en ellos un ardiente y poderosísimo amor, y les tiene absortos en aquella divina esencia con un olvido tan completo de todo lo creado y hasta de su propia persona, que ordinariamente no se acuerdan de comer, de beber ni dormir, y cuando comen, ni siquiera reparan en la calidad de los manjares, , pudiendo suceder á veces que uno beba aceite por leche sin advertirlo. Están tan sumamente absortos, que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen, lengua y no hablan, ni entienden cuanto pasa en torno suyo; por cuyo motivo se hallan exentos de juzgar temerariamente del prójimo, de indignarse contra él, de la murmuración, de la vanagloria, de la ira y demás sinsabores que siempre producen inquietudes: de todo esto y mucho mas se libra quien nada ni á nadie observa. Finalmente viven, mas vive en ellos Cristo, que rige y gobierna sus acciones, puras y perfectas, por esta misma razón.

«En cuanto al conocimiento de sí mismo, aGrma el alma en la humildad á fin de que, cargada con tan inestimables riquezas, no choque contra algún escollo oculto por las disimuladas asechanzas del orgullo y no naufrague. Por consiguiente, la diferencia que hay entre este felicísimo estado y los demás es tanta como la que se halla entre los principiantes y los ya perfectos, como la que separa los adultos de los niños, los ciudadanos del cielo de los habitantes de la tierra. Y es doctrina de los Santos, que en el camino de la perfección lo más alto de un grado inferior participa del grado superior inmediato, cobrando en cierto modo sus cualidades; siendo pues la tranquilidad que nos ocupa la más alta perfección que puede alcanzarse en este valle de lágrimas y viniendo inmediatamente después de ella la bienaventuranza, queda demostrado que participa de las propiedades de esta.

«Este estado feliz tiene también sus grados; y por masque un alma se halle bien purificada, cuando se encuentra próxima á un grado más alto, debe aun purificarse mas, á proporción del nuevo grado. Pero estas purificaciones, necesarias á medida que se elevan los grados, no son duras ni penosas, porque se operan mediante la comunicación de los dones del Espíritu Santo. «Uno de los principales fundamentos de tan admirable y excelente edificio, es la resignación; porque los que poseen la tranquilidad, tienen por norte la voluntad divina, á la cual se amoldan de tal modo, que basta que Dios quiera una cosa, para quererla también ellos en seguida, pudiendo aun añadirse que, no contentos, quisieran ya lo que Dios ha de disponer, si no fuera anteponer así su voluntad á la voluntad divina. Esta es la resignación suma, la disposición máxima á la tranquilidad.

« Los medios necesarios para conseguirla son la verdadera humildad, la completa mortificación de los apetitos, pasiones, potencias y sentidos, la victoria de sí mismo, el desprecio y aborrecimiento de las cosas terrenas, la abnegación y el desprendimiento de todo. Así es que no deben desearse ni quererse los favores ni las divinas y sensibles dulzuras, por mas que sufra y se destroce el corazón.

«Los trabajos necesarios para conseguir esta felicidad son y han de ser necesariamente muchos y grandes. Son tantos, que ofrece igual dificultad enumerarlos que contar los granos de arena de las orillas del mar. Es preciso convertir en espiritual lo que es carnal, á fin de que se una la criatura á su Criador, el hombre á Dios; es también preciso para llegar á este estado, vivir como si uno se hallase muerto, y no ser sensible á nada; es menester estar muy ejercitado, y haber extraordinariamente sufrido antes de mil maneras; es menester haber pasado por la prueba del fuego y del agua.

« Así como á la gloria no puede llegarse por el camino de los goces y consuelos, tampoco el feliz estado de la tranquilidad puede obtenerse sin grandes tribulaciones. No debo entretenerme en particularizar estas tribulaciones, recordaré tan solo una que merece singular mención. Esta consiste en cierto deseo, en un afán indecible del Sumo Bien, acompasado de un tormento tan acerbo que no puede asimilarse á otro; tormento que expone al peligro de perder la vida, lo que irremisiblemente sucedería sin el auxilio de Dios, siempre tan bondadoso. Pero aunque, mediante la ayuda divina, no muera el que se halle en este estado, queda sin embargo, después del rudo embate, desfallecido, y sus fuerzas se hallan enervadas. Y este sufrimiento reconoce por causa la ausencia de Dios; porque su divina Majestad para probar, purificar y preparar el alma que ha de ser morada suya, y aun no está despojada de todos los afectos terrenales, difiere el cumplimiento de sus votos, á fin de que, después de haber satisfecho sus ansias, estime ella mucho mas, y sepa custodiar mejor el tesoro de sus dones; aquel padecimiento se hace terrible.

«He aquí, pues, de qué se compone el dulce, suavísimo y celestial néctar de la sagrada tranquilidad. Concédanos el Supremo Hacedor gustarlo, para que, dotados de apetecible fortaleza y purificados al propio tiempo, seamos templos vivos, en los que habite el Rey de reyes, como en un lugar de paz. « Baste lo dicho por ahora. Si nuestro Señor permite que nos veamos, podrémos entonces tratar mas extensamente este argumento, cuyo solo recuerdo infunde consuelo.» (1)

¿Puede desearse algo más sublime, algo más agradable?Sin quererlo, iluminó magistralmente el magnífico cuadro de su vida.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El Señor hablo a María Valtorta sobre el infierno el 15 de enero de 1944:


Dijo Jesús: "Una vez te hice ver el monstruo del abismo. Hoy te hablaré sobre su Reino... Recuerda que tienes la misión de llamar a todos a la verdad porque muchos la han olvidado.

Y este olvido que es en realidad desprecio por las verdades eternas, procura muchos males a los hombres .Los hombres de esta época ya no creen en la existencia del Infierno.

Se han fabricado un más allá a su gusto para hacerlo menos aterrador a sus conciencias merecedoras de muchos castigos.

Discípulos más o menos fieles del espíritu del mal saben que su conciencia no se atrevería a cometer ciertos delitos si realmente creyeran en el Infierno tal como la Fe enseña que es.

Saben que ante ciertos delitos cometidos, con el remordimiento encontrarían el arrepentimiento.

En el miedo encontrarían el arrepentimiento y con el arrepentimiento, el camino para volver a Mí.

Su malicia enseñada por Satanás, del cual son siervos y esclavos, secundada por su adhesión a los deseos y sugerencias del maligno, no quiere este retroceso ni este retorno.

Por eso anulan la Fe en eI infierno tal cual es, y se fabrican otro. Lo cual no es más que una tregua para tomar impulso a otras futuras equivocaciones.

He dicho Yo, Dios Uno y Trino, que quien va al Infierno permanecerá en él por toda la eternidad, porque de esa muerte no se surge a una nueva resurrección. He dicho que aquel fuego es eterno y que ahí serán acogidos todos los operadores de escándalos y de iniquidad.

No crean que eso será sólo hasta el momento del fin del mundo, no, porque después de la tremenda revisión, más despiadada quedará aquella morada de llanto y tormento.

El Infierno es remordimiento, es cólera, es odio.

Odio hacia Satanás, odio hacia los hombres, odio hacia sí mismos. Después de haber adorado en la vida a Satanás en vez de adorarme a Mí, ahora lo poseen y lo ven en su verdadero aspecto, ya no escondido bajo la maligna sonrisa de la carne, el reluciente brillo del oro, o el poderoso signo de la supremacía. Terminan allí por haber olvidado su dignidad de hijos de Dios.

Terminan ahí por haber adorado a los hombres, hasta convertirse por ellos en asesinos, en ladrones, en tramposos, en mercaderes de inmundicia. Ahora encuentran a su dueño... por el cual han matado, robado, estafado, vendido su honor y el honor de muchas infelices criaturas, débiles e indefensas, haciéndolas instrumentos de vicios que las bestias no conocen, de la lujuria, atributo del hombre envenenado por Satanás.

Están allí por haberse dado a todas las satisfacciones, despreciando las leyes de Dios y las leyes morales.

Todo el dolor de haber traicionado a Dios en el tiempo (cuando vivos) está frente al alma por toda la eternidad.

Todo el error de haber rechazado a Dios en el tiempo, está presente para su tormento por toda la eternidad.

Han querido el fuego de las pasiones. Ahora tienen el fuego ardiente de Dios de cuyo santo fuego se burlaron.

El fuego responde al fuego. ¡Oh! lo que es el Infierno, no lo podéis imaginar.

Tomad todo lo que constituye tormento para el hombre sobre la Tierra. Fuego, hielo, agua que ahoga, hambre, sueño, heridas, enfermedades, llagas, muerte; y si hacéis con ello una cantidad única multiplicándola millones de veces, no tendréis más que un fantasma de aquella tremenda verdad.

Al ardor insostenible se mezcla el hielo sideral.

Los condenados ardieron con todos los fuegos humanos, habiendo tenido únicamente hielo espiritual hacia el Señor su Dios.

El hielo los espera para congelarlos después que el fuego los haya [calentado] como peces puestos a asar.

Tormento sobre tormento es este pasar del fuego que derrite al hielo que congela.

¡Oh! no es una descripción metafórica porque Dios hace que las almas cargadas de culpa tenga sensibilidad igual a las de la carne, aún antes que se vuelvan a revestir de carne.

"Vosotros no sabéis, no creéis, pero en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires, antes que una hora de aquella tortura infernal. La oscuridad será el tercer tormento.

Oscuridad material y espiritual. La reverberación de los espíritus ardiendo ilumina sólo el nombre del pecado por el cual están confinados.

El horror de permanecer siempre en las tinieblas después de haber visto la luz del Paraíso y estar abrazado por las tiniebla, después de haber visto la luz de Dios.

Tener que debatirse en aquel horror tenebroso sin encontrar excusas en aquella promiscuidad de espíritus que se odian y se dañan recíprocamente. Se ha dicho que la muerte nutrirá a la muerte.

La desesperación es muerte y nutrirá a estos muertos por toda la eternidad.... Yo Dios... cuando descendí... tuve horror de aquel horror... y vosotros queréis ir a él. Meditad, oh hijos, estas palabras mías.

La vida sobre la Tierra no dura más que unos pocos días. La vida comienza cuando parece que acaba, y entonces ya no tiene fin.

Haced que para vosotros transcurra donde la Luz y la Gloria de Dios hacen bella la eternidad y no donde Satanás es el eterno verdugo”...

martes, 6 de diciembre de 2011

Santo Tomas de Aquino y San Buenaventura (EL INFIERNO Y LOS CUERPOS)


Los cuerpos de los condenados

El castigo eterno producirá en los cuerpos cuatro taras contrarias a las dotes de los cuerpos gloriosos. Serán oscuros: Sus rostros, caras chamuscadas. Pasibles, si bien nunca llegarán a descomponerse, puesto que constantemente arderán en el fuego pero jamás se consumirán: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá. Pesados y torpes, porque el alma estará allí como encadenada: Para aprisionar con grillos a sus reyes . Finalmente, serán en cierto modo carnales, tanto en alma como el cuerpo: Se corrompieron los asnos en su propio estiércol.

La pena del llanto

Debe decirse que en el llanto corporal se hallan dos cosas. Una es la resolución de las lágrimas. Y en cuanto a esto el llanto corporal no puede existir en los condenados. Porque después del día del juicio, descansando el movimiento del primer móvil, no habrá ninguna generación, o corrupción, o alteración del cuerpo. Y en la resolución de las lágrimas es preciso que haya generación de aquel humor que destila por medio de las lágrimas. Por lo cual en cuanto a esto no podrá haber llanto corporal en los condenados. Lo otro que se halla en el llanto corporal es cierta conmoción y perturbación de la cabeza y de los ojos. Y en cuanto a esto podrá haber en los condenados, llanto después de la resurrección. Porque los cuerpos de los condenados no sólo serán afligidos en lo exterior, sino por lo interior, según que el cuerpo se cambia para el padecimiento del alma en bien, o en mal, Y en cuanto a esto el llanto de la carne indica la resurrección, y corresponde a la delectación de la culpa, que hubo tanto en el alma como en el cuerpo.

La pena del fuego

Del fuego con que serán atormentados los cuerpos de los condenados después de la resurrección es preciso decir que es corpóreo porque al cuerpo no puede adaptarse convenientemente la pena, sino es corpórea. Por lo cual San Gregorio, prueba que el fuego del infierno es corpóreo por lo mismo que los réprobos después de la resurrección serán arrojados en él. También San Agustín, manifiestamente confiesa que aquel fuego con que serán atormentados los cuerpos es corpóreo Y de esto versa la cuestión presente. Pero de qué manera las almas de los condenados son atormentadas por este fuego corpóreo, ya se ha dicho en otra parte.

La pena que causará el conocimiento.

Debe decirse que así como por la perfecta bienaventuranza de los santos no habrá en ellos nada que no sea materia de gozo, así también en los condenados no habrá nada que no sea en ellos materia y causa de tristeza; ni faltará nada de cuanto pueda pertenecer a la tristeza para que su desdicha sea consumada. Mas la consideración de algunas cosas conocidas bajo algún concepto induce al gozo o por parte de las cosas cognoscibles, en cuanto se aman, o por parte del mismo conocimiento, en cuanto es conveniente y perfecto. Puede también haber razón de tristeza ya de parte de las cosas cognoscibles, que son aptas para contristar; ya de parte del mismo conocimiento, según que se considera su imperfección; como cuando uno considera que le falta el conocimiento de alguna cosa cuyo perfecto conocimiento apetecería. Así pues en los condenados habrá actual consideración de aquellas cosas que antes supieron, coma materia de tristeza, y no como causa de delectación. Pues considerarán las cosas malas que hicieron por las que han sido condenados, y los bienes deleitables que perdieron, y por ambas cosas se atormentarán. Del mismo modo también serán atormentados porque considerarán que el conocimiento que tuvieron de las cosas especulativas era imperfecto, y que perdieron su perfección suma, que podían haber adquirido.

Pena de daño

Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de los buenos todos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores. En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo.

En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaría; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable.

En el infierno se sufrirá de muchas maneras

Debe decirse que, según San Basilio, en la última purificación del mundo se hará separación en los elementos, de modo que cuanto es puro y noble permanecerá arriba, para gloria de los bienaventurados; pero cuanto es innoble y manchado será arrojado al infierno para pena de los condenados; de suerte que, así como toda creatura será para los bienaventurados materia de gozo, así también para los condenados será aumentado el tormento por todas las creaturas, conforme a aquello , peleará con él el orbe de las tierras contra los insensatos. También compete a la divina justicia que así como los que apartándose de uno por el pecado constituyeron su fin en las cosas materiales, que son muchas y varias, así también sean afligidos de muchas maneras por muchos.

La pena que causará el gusano.

Debe decirse que después del día del juicio en el mundo renovado no quedará animal alguno, o cuerpo alguno mixto, sino sólo el cuerpo del hombre, porque no tiene orden alguno respecto a la incorrupción, ni después de aquel tiempo se ha de verificar generación y corrupción. Por lo cual el gusano que se supone en los condenados, no debe entenderse que es corporal, sino espiritual, el cual es el remordimiento de la conciencia, que se llama gusano en cuanto nace de la podredumbre del pecado, y aflige al alma como el gusano corporal nacido podredumbre aflige punzando.

SAN BUENAVENTURA

Gravedad del pecado mortal en sus castigos eternos

"A la primera cuestión, en la cual se inquiere cómo se castiga el mal, respondo: El mal se castiga con eternidad de penas; y que esto debe ser así se prueba, en primer lugar, por razón de la divina ofensa, la cual es de tanta gravedad cuanto lo es la dignidad de la persona ofendida. Siendo, pues, Dios infinito, infinita debe ser la ofensa del pecado. Justo es, por consiguiente, que se castigue con pena infinita; pero esta ofensa no puede ser castigada con pena intensivamente infinita; luego es de todo punto necesario que se castigue con pena infinita en cuanto a la duración eterna.

La segunda razón es ésta: El que delinque en el gremio de la ciudad, puede con toda justicia ser separado por el destierro, de la convivencia de los ciudadanos durante toda la vida y mientras la ciudad dure. Consiguientemente, si el pecador es un traidor en la ciudad de Dios, cuya duración es eterna, justa cosa es que sea castigado con el destierro perpetuo.

La tercera razón es: El pecador es juzgado no sólo por el acto exterior, sino también por el acto interno de la voluntad. Ahora bien, el que peca, siempre que ofende a Dios adhiriéndose al placer transitorio, prefiere la perpetuidad de éste, desde el momento en que no se arrepiente de ello en toda su vida; luego debe ser castigado en la misma manera que si el placer durase perpetuamente.

La cuarta razón es: El pecador, en todo pecado mortal, abusa de aquellas cosas que le deben ayudar y respecto de las cuales debe proceder ordenadamente en su uso. Ahora bien, siendo él parte del universo, recibe ayuda de los cuerpos elementales, celestes y supracelestes, y se relaciona con lo pasado, presente y venidero; abusa, pues, de todas estas cosas, luego todo cuanto existe en el universo debe conspirar contra el pecador, tanto en lo que se refiere a su conversión como a su duración. Forzoso es, pues, que sea castigado con adversidad universal y eterna, y, por ello, con desgracia de pena que no tendrá fin.

La quinta razón es: Habiendo sido creada el alma racional en la línea de la eviternidad y del tiempo, y hallándose situada en el tiempo por razón de su unión con el cuerpo, desaparecida esta unión, necesariamente entra el alma en el estado de la eviternidad. De ahí que si muere en pecado mortal, en él persevera toda la eternidad; pero no se da la ignominia del pecado sin el esplendor de la justicia, luego si la culpa dura eternamente, con eterno suplicio debe ser castigada