miércoles, 18 de mayo de 2011

El silencio de la noche


El silencio nos abre a grandes interrogantes y si se trata del silencio de la noche, nada mejor que aquel grito del Profeta: “centinela: ¿qué hay de la noche?”

El silencio de la noche es una vela nocturna que pone al vigía en actitud de expectación. ¿Qué podría decirnos el hombre del silencio de la noche?, ¿qué ve?, ¿qué intuye?, ¿qué barrunta?, ¿qué atisba?, estos interrogantes, sinónimos de una misma realidad, podrían ser respondidos con un Himno litúrgico vespertino: “Vi los cielos nuevos y la tierra nueva. Cristo entre los vivos y la muerte muerta”. Esto es lo que en su capacidad óptica interna, ve el hombre del silencio nocturno: el Dios de la Vida.

La noche por sí sola, se nos presta apta como espacio para el silencio. Pero no se trata sólo de ver en la noche como esa capacidad del silencio por sus connotaciones en el tiempo y en el espacio; para los orantes nocturnos, la noche es como la salida del sol, porque descubren a cara descubierta el Rostro del Señor. Para el orante la noche es la máxima claridad,el resplandor de la luz meridiana; es la realidad del grito del salmista: “tu luz Señor, nos hace ver la luz”.

En la noche parece como si el tiempo se quedara en suspenso. La noche es como la inmovilidad del tiempo, la proximidad de la eternidad. En la noche la tierra queda en el descanso del sueño, el firmamento nos atrae y miramos los astros que brillan: “lucen alegres en honor de quien los hizo”(Bar 3,34-35). La noche es el momento mas propicio para cantar con el salmista: “el cielo proclama la obra de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”(Sal 18,1). Todo parece ser protegido en la noche.

En la noche, todo parece recién estrenado: la luna, las estrellas... todo como recién salido de las manos del Creador. Carlos de Foucauld en el Sahara bendecía sus insomnios porque le permitían estar en la contemplación de Dios y su obra creadora.

El silencio es una pura y limpia atención a Aquel que nos habita, por eso el silencio es la mejor forma de hospitalidad para acoger al “amigo intimo del alma”que llega a Betania con la necesidad de que alguien le preste atención desde la ausencia total de palabras , en un clima de pura llama de atención amorosa .

Hablar del silencio y del silencio de la noche en un mundo en que las horas de la nocturnidad se nos brindan para estar en conexión con tantas cosas desde las nuevas tecnologías, parece un absurdo, pero las horas del orante la noche y del silencio de los grandes orantes de la historia están ahí. Las nuevas formas tecnológicas nos abren ventanas de comunicación y contactos insospechados. Nunca como hoy el hombre se siente realizado en sus anhelos de comunicación.Pero vamos a hacer un recorrido desde las grandes figuras bíblicas hasta los hombres y mujeres orantes de nuestros días que hicieron de la nocturnidad los tiempos más fuertes para el encuentro con Dios y para trabar las grandes batallas de su cercanía a El.

El silencio de la noche en perspectiva dominicana

Santo Domingo de Guzmán forma parte también de esta lista de los grandes orantes nocturnos. La vida de este gran orante se parte en dos, se fracciona por así decir para dedicar el día a los hombres y la noche a Dios. Desde esta perspectiva Domingo se nos presenta no sólo como el “Predicador de la Gracia”que expandía la Buena Noticia del Evangelio, sino también como el hombre nocturno que bebía el “Agua de la Sabiduría”en la fuente “que mana y corre aunque es de noche”.

¿Cómo es pues en la tradición dominicana el silencio de la noche? Para nosotros, Dominicos y Dominicas, la figura clave de nocturnidad orante es Santo Domingo.

Nos vamos a asomar a las ventanas de los “modos de orar”que son para nosotros la referencia mas segura de lo que la noche significó para Santo Domingo como espacio de tiempo sosegado de su encuentro con Dios.

Según el P. Iturgaiz O.P., el tratado de los “Modos de orar” lo consideramos como la fuente hagiográfica y transmisora de la tradición manuscrita y miniaturística”. Pero tenemos que considerar que las formas adoptadas por Santo Domingo para orar, siempre se llevaron a cabo en la noche, y esto lo sabemos gracias a la curiosidad nocturna de aquel buen fraile que en la noche buscó a Domingo y lo vio a través de los entresijos que daban a la Iglesia orando en las formas o “Modos”que conocemos y que sus gritos a favor de los “pobres pecadores” los lanzaba desde la Iglesia en la noche.

Para Santo Domingo por tanto, la noche no solo va a ser espacio del encuentro con Dios, sino una continuidad del contacto con sus hermanos los hombres a quienes había dedicado el día por entero . De aquí nace nuestra contemplación de encarnación: Domingo era el contemplador de Dios desde una dimensión de comunión con los sentimientos del Verbo, para quien el hombre, la humanidad entera fue el objeto de su entrega total en su misión salvadora. Domingo como Cristo, no deja nunca aparcado al hombre a un lado mientras goza de la contemplación del Rostro de Dios; gustaba de su presencia y simultáneamente gritaba : “Señor, ¿que será de los pobres pecadores?.

Tenemos también una figura femenina en la tradición de la Orden que no se nos puede escapar a la hora de englobar la lista de nuestros grandes orantes nocturnos aunque solo sea fijándonos en dos figuras claves de nuestra tradición: Es Catalina de Siena. ¿Que hizo Catalina con sus noches? Cierto que no tenemos el testimonio de Domingo sobre el empleo de sus noches, pero nos basta conocer lo que Catalina hizo en una noche para saber cómo fueron las demás de su vida. Sabemos que poseía un cuerpo frágil por lo que podemos pensar en buena lógica que Catalina empleara sus noches para el descanso y así lo haría en muchas de sus horas. Pero cuando la santa vivía momentos importantes en la vida de la Iglesia, dedicaba sus noches a orar intensamente por la “Esposa de Cristo”. Conocemos aquel momento fuerte eclesial cuando el Papa Gregorio XI regresa de Aviñón a Roma. El regreso papal se produjo en la noche: Toda Roma esperaba expectante la llegada del Papa con antorchas encendidas, dicen que los ojos de los romanos buscaban cómo localizar a Catalina, protagonista de aquel hecho, pero nadie la vio. ¿Donde estaba Catalina aquella noche, en aquellos momentos tan importantes para la cristiandad?: Encerrada en la habitación de su casa vivía el acontecimiento en una oración que duró toda la noche.

Estas son las dos figuras claves de la nocturnidad orante de la vida dominicana.

El silencio de la noche como necesidad vital hoy

Nosotros, hombres y mujeres de hoy, necesitamos del silencio de la noche para alejarnos de la temporalidad de las cosas, porque no hay nada como el silencio para enfrentarnos con esta realidad de lejanía de lo temporal. Los días de nuestro tiempo están demasiado llenos, demasiado ocupados, no queramos por tanto hacer de nuestras noches un tiempo para el acoso de la comunicación a través de los medios que nos bombardean : Internet, Radio, Televisión, etc, dejemos que las noches de los seguidores de Jesús sean espacios aunque sean breves, para la conexión con El. Dejemos en la noche nuestra interioridad en reposo sosegado: “entremos mas adentro en la espesura”......... “Y allí nos entraremos y el mosto de granadas gustaremos....... ¡Que bien lo cantó y vivió Juan de la Cruz!.

La noche para el orante tiene sabor de Dios. En la noche el orante tiene un saboreo de lo divino.

El silencio en la noche se nos hace búsqueda y encuentro del ser amado. Así lo vivieron y entendieron los místicos, cierto que sólo a tientas estos hombres y mujeres de la experiencia de Dios pudieron decirnos algo de lo que experimentaron, y es que las experiencias místicas son inefables e indecibles, no hay vocablo que pueda expresarlas. El místico quiere decir lo que no es posible decir, y por eso como que se rompe en su intento de decirnos lo inalcanzable e inexplicable. Santa Teresa encontró tales dificultades para expresarlo que acaba diciendo: “Una merced es dar el Señor la merced y otra entender qué merced es, y otra es saber decirla y dar a entender cómo es”.

Pero ahí tenemos la noche como un reto con el que enfrentarnos , para hace runa parte mínima de ella, tiempo sosegado para nuestra interioridad que nos lleve a desembocar en Dios.

Sor Inmaculada Redondo, OP
Monasterio de San Miguel (Trujillo)

martes, 17 de mayo de 2011

Grados de Oración


Primer grado, incipiente, inferior: de júbilo.

“Se llega al primer grado, el júbilo, considerando atentamente los deliciosos testimonios de amor que Dios nos ha prodigado en las maravillas del cielo y de la tierra. Al considerar la abundancia de beneficios que El ha prodigado a nosotros y a todas las criaturas, vemos:

* cómo todo florece y reverdece, y cómo todo está lleno de Dios,
* cómo la inconcebible liberalidad de Dios ha expandido sus riquezas sobre toda criatura,
* cómo Dios ha buscado, soportado y dotado al hombre,
* cómo El le ha invitado y llamado y con cuánta benignidad le espera,
* cómo por amor del hombre se ha hecho hombre El mismo, y ha sufrido y ofrecido por nosotros su vida, su alma y todo su ser,
* cómo nos ha invitado a inefable intimidad con El mismo y cómo la Santísima Trinidad, con gran largueza, espera a este hombre para darse a él en gozo eterno.

El hombre, cuya amorosa mirada penetra en todas estas cosas, siente nacer en el alma grande y viva alegría. La clara visión de amor de estas maravillas hace desbordar su corazón con tales delicias que su cuerpo débil no puede contener la alegría estallante en fenómenos visibles.

Sin ellos, la sangre le saldría por la boca, como ha ocurrido en ocasiones, o bien este hombre se sentiría reventar bajo pesada opresión. Nuestro Señor le llena así de sus dulzuras y en abrazo íntimo, El se le ha unido de modo único. Es así cómo Dios atrae desde un principio al hombre hasta El, invitándole a que salga de sí mismo y despojarse de todo lo que le es disemejante.

Que nadie, pues, se atreva a distraer a los hijos de Dios forzándolos al vértigo del activismo o metiéndolos en la multiplicidad con sobrecarga de prácticas vulgares y obras externas. Podrían extraviarlos...
Segundo grado: asumir con buen espíritu el pan del sufrimiento.

“Viene ahora el segundo grado, al que se accede cuando Dios ha llevado ya al hombre lejos de todas las cosas creadas, y éste ya ha dejado de ser espiritualmente niño.

Dios, después de haber confortado al hombre con el alivio de la dulzura, le da a comer pan de centeno bien duro, porque ha llegado a la madurez. A un adulto la comida sólida y fuerte le es más útil. No tiene más necesidad de leche ni pan blanco.

Se le abre un camino desierto y solitario sobre el cual Dios le despoja de cuanto le había regalado. El hombre entonces queda tan abandonado a sí mismo que ya no sabe nada, absolutamente nada de Dios. Llega a tal angustia que duda de si ha estado alguna vez en el camino recto, si hay Dios para él o le ignora en sus profundos sufrimientos. Tan apremiante es su dolor que la misma amplitud del espacio parece apretarle en asfixia. No hay ningún otro sentimiento de Dios, no sabe ya nada de El, y todas las cosas le disgustan. Es como si estuviese metido entre dos muros con una espada detrás y una lanza acerada por delante.

¿Qué le queda por hacer? No puede ni recular ni avanzar. Que se siente y diga: "Oh Dios, yo te saludo, amarga amargura, llena de todas las gracias".

Amar hasta el extremo y verse privado del bien que se ama le parece una prueba más dolorosa que el infierno, si éste fuese posible en la tierra. Todo lo que se le puede decir a este hombre entonces le consuela como una piedra. Toda conversación sobre criaturas le molesta. La amargura y dolor en tal despojo son tanto más insoportables cuanto su conciencia y sentimiento de Dios habían sido más grandes y profundos.

Vamos. ¡Buen ánimo! El Señor está seguramente muy cerca. Apóyate sobre el tronco de una fe muy viva. Todo irá muy bien enseguida.

Pero en la tortura la pobre alma no puede creer que estas tinieblas insoportables puedan jamás cambiarse en luz.

Tercer grado: Deificación.

“Cuando Nuestro Señor ha preparado a fondo a este hombre con opresión insoportable, por un camino mejor que todas las prácticas que pudieran tener todos los hombres, el Señor viene y conduce a esta alma al tercer grado. Allí le levanta el velo de los ojos y le descubre la verdad. Es el momento en que estalla un sol resplandeciente que ahuyenta su pena por completo. Angustias, miserias, calamidades se disipan, y le parece pasar de la muerte a la vida.

El Señor entonces hace salir al alma de sí misma y la levanta hacia El. Allí la alivia de toda su miseria y cura sus heridas. Dios hace entonces que el hombre transforme del modo humano al modo divino de vivir, y pase de la más grande desolación al gozo incomparable de Dios mismo. En este grado, el hombre queda tan divinizado que todo su ser y actividad es Dios quien lo opera en él.

De tal manera está sobreelevado por encima de sus modos naturales que viene a ser por gracia lo que Dios es esencialmente por su naturaleza. Aquí el hombre tiene la impresión y sentimientos de andar perdido. No sabe, no gusta, no siente más de sí mismo, no tiene conciencia más que de un ser sin división.

Mis amigos, haber llegado hasta aquí es realmente haber tocado las honduras más profundas de un verdadero abajamiento, aniquilación, que ni los sentidos ni la inteligencia pueden alcanzar a comprender. Porque es aquí donde se tiene conciencia, la más verdadera, de la propia nada. Y es aquí donde se ahonda lo más profundamente en el fondo de humildad, porque cuanto más se ha descendido más alto se levanta. Altura y profundidad son aquí la misma realidad.

Si sucediese entonces que el hombre, de un modo y otro, cayese de esa altura por un sentimiento de arrogancia, por cierta usurpación del bien divino, sería ciertamente caída igual a Lucifer. Por esta unión del alma en oración de que nos habla la carta de San Pedro venimos en realidad a hacemos como Dios.

Que tal a todos nos suceda y Dios a ello nos ayude”.

miércoles, 4 de mayo de 2011

"El amor y la humildad" Juan Taulero

Amor y humildad verdadera, y su primer grado.

“Vengamos al tema del amor, y distingamos en él, como san Bernardo, tres clases o grados: Amor sensible, Amor sabio y Amor fuerte; y para entenderlo mejor, hagamos un paralelo con tres clases de estatuas.

Al amor primero, Amor dulce, correspondería una estatua de madera bien dorada. Al segundo, amor sabio, otra de plata. Al tercero, amor fuerte, otra de oro puro...

Y en esta consideración hablemos del primero: amor sensible

Amor sensible


La estatua de madera es amor dulce, sensible, de la imaginación.

A una estatua se la mira con deleite si es bella, bien esculpida y dorada. Mas cuando el oro se desprende, apenas vale doce ochavos.

Es lo mismo que ocurre con el amor dulce de la imaginación: es dorado por la buena intención; y si ésta falta, vale poco, y es placentero solamente a los sentidos.

Dios, no obstante, se vale de esas dulzuras para atraer al hombre y ejercitarle luego en prácticas más duras de virtud. Dios, por medio de gustos y consuelos, hace que nazca en el alma el verdadero amor.

El gusto de la devoción puede apagar el placer que encuentra el hombre en las criaturas.

No debe, por tanto, desechar el hombre esta gracia, sino más bien recibirla con reverencia y humildad, atribuyendo a la propia pequeñez y cobardía el hecho de que Dios así le trate. Pero debe servirse de la imaginación para subir por ella y trascenderse.

Pase, pues, de la práctica exterior y sensible a la interior devoción. Entre en sí mismo, que el Reino de Dios está realmente en lo más hondo. Aunque hay hombres tan versados en prácticas de la imaginación que en ello hallan gran deleite, en realidad no entran en lo íntimo del alma, porque les parece una montaña de hierro sin camino, inaccesible en su interior. Les sucede así por falta de ejercicio, y también porque se complacen demasiado en imágenes sensibles. Se ceban en ellas con fuerza y no van más allá. Ni siquiera intentan llegar al trasfondo donde brilla la verdad viva.

Amor de sabio

Viene luego el amor sabio, es decir, basado en el espíritu.

“Mis amigos, este amor maravilloso dista mucho del primero.

Estatua dorada es la estatua con que lo hemos comparado.

Es tan preciosa y tan grande esta estatua que basta por sí sola para decorar toda una iglesia.

El noble y sabio amor de razón es ciertamente cosa noble, preciosa y deleitable. Atiende, pues, y mira cómo debes alcanzarlo.

Antes tu meditación consistía en imaginar el nacimiento temporal de Jesucristo, circunstancias de su vida, sus obras. Aplícate ahora más al interior, al eterno nacimiento.

Considera cómo el Verbo, nacido del Padre, es distinto del Principio pero permanece en El; cómo el Espíritu Santo fluye del Padre y del Hijo y se dilata en amor y complacencias inefables; cómo la esencia divina, una, simple, pura, es la misma de los Tres.

Penetra allí, arroja dentro tu nada, tu miserable nada, tu multiplicidad y dispersión.

Considera el secreto del misterio interior y compara con él tu necesidad de dispersión, la fuga al exterior.

Considera su eternidad: no tiene ni pasado ni futuro, únicamente la posesión presente de sí mismo, todas las cosas en él, en un solo e igual presente, siempre estables.

Y coteja con esta eternidad el fluir de tu tiempo y la inseguridad; tu vida y tu alma movedizas, sin estabilidad.

Yendo por esa vía, que es de desprendimiento tu amor acertará a separarse y elevarse, y vendrá a ser parecido al amor sabio. Excederá toda imagen, formas concretas y símbolos. Pasará por todo y todo lo trascenderá.

El amor sabio dirige el impulso substancial del hombre lejos de las cosas exteriores, y termina por olvidarlas realmente.

En el primer amor, el amor dulce, el alma se desprendía de las cosas exteriores a precio de mucho sufrimiento. Aquí, en cambio, las cosas caen del alma por sí solas. El alma las desprecia como si el disgusto la hiciera vomitarlas. El alma es todo desdén para el desorden., y este disgusto la eleva por encima de aficiones y la desprende de las cosas temporales más eficazmente que cualquiera de las prácticas externas.

Aquí los ojos alargan su mirada con/por las tinieblas divinas, oscuras para toda inteligencia. Aquí Dios rebasa toda capacidad humana de conocer y de visión, lo mismo que el sol ciega los ojos del hombre en su fulgor. Dionisio Areopagita nos dice que Dios está muy por encima de todo lo que puede imaginarse humanamente, y todos los conceptos y representaciones son impropios. Él es absolutamente trascendente.

Cuanto más resplandece con claridad y nitidez la grandeza de Dios tanto más tiene conciencia de su pequeñez y de su nada. En ésta el hombre se sumerge. Este es el criterio para conocer si de verdad el fondo del alma ha sido divinamente iluminado o si lo que aparece es fruto de la imaginación o del esfuerzo meramente humano.

Digo esto a propósito de los del Libre Espíritu, que se imaginan, por falsa iluminación, haber reconocido la verdad. Se entusiasman con el placer y complacencia de sí mismos. Se recogen en falsa pasividad de donde les nacen despropósitos que tanto deshonran al Señor. Llegan a manifestar extrañeza porque Jesucristo es considerado en su santa humanidad y dicen palabras injuriosas.

Un hombre verdaderamente bueno no se cree jamás superior a cualquier otra persona, por pequeña e insignificante que esta fuere, siempre que sea buena. Aunque haya dejado atrás las formas inferiores de piedad, continúa amándolas con el más subido aprecio. Tiene la convicción de haberse quedado debajo de todo y no haber sobrepasado nada.

Esos que llegan con sus razonamientos se dan gran importancia y piensan les ha sido revelado el bien más puro, cuando apenas han oído algún sermón de raras novedades, que no contienen ni vida ni doctrina. Oyéndolos hablar se conoce lo que son. No gustan la verdad viviente y limpia que tanto necesitan, ni la distinguen de la amalgama. Son prisioneros del egoísmo.

Se atienen a sus luces naturales, de donde les nace tanta vanidad. Jamás han penetrado en la adorable vida del Señor. Nunca se han cultivado a fondo practicando la virtud ni han pasado jamás por el camino de la verdadera caridad. Se atienen a la luz de su razón y falso ocio interior en que tanto se complace el gusto natural, vacíos de imágenes, en calma y reposo.

Tienen tan enraizado este ocio y calma en su naturaleza que debe causar lástima a Dios, que es misericordia, ver cómo está tan difundido este error en nuestros días. El amor de sí mismos les incapacita para hacer vida de sacrificio.

Por contraste con ellos, los que han llegado verdaderamente al amor sabio tienen sed de sufrir, de verse despreciados y de imitar las amables lecciones de Jesús, el amadísimo Señor. No caen en falsas libertades ni pretenden honras. Se ven pequeños, se ven nada ante sus propios ojos. Por eso son grandes en la mirada de Dios.

Amor fuerte, deificador

“En tercer lugar está el amor fuerte, que es el amor verdadero. Se compara al oro fino, puro, sin la mínima aleación.

Mis amigos, si el hombre no posee este triple amor –sensible, sabio y fuerte- ; si no lo encuentra en el fondo de su alma, reconozca que está lleno de peligro. Llore bien por ello día y noche.

Mis amigos, el oro al que se compara este amor fuerte es tan pulido y brillante que apenas puede resistirlo la mirada. Es deslumbrante, fuerte para nuestros débiles ojos.

Así ocurre al alma con este amor fuerte en que el Señor está presente. Ilumina tan esencialmente lo más hondo del alma que el espíritu, a consecuencia de su flaqueza natural, no puede aguantarlo y necesariamente desfallece. Y cuando tal cosa sucede no hay apoyo más que en sumergirse y anegarse en el abismo divino. Está tan bien perdido allí que no sabe más nada ya de sí. Es el piélago divino desbordado en respuesta al amor fuerte.

“ Precisamente entonces le sucede al alma lo de Elías a la entrada de la cueva, es decir, de su humana flaqueza, cuando Dios le vino a ver. Cubrió entonces Elías su rostro con el manto. Eso significa que el espíritu está ya desasido del propio conocer y propia operación. Su acción es ya de Dios. Dios conoce en el alma, Dios ama en el alma, porque con este amor fuerte el espíritu se ha desprendido de sí mismo para sumergirse en el Amado. En El está perdido, como la gota de agua en el profundo del mar. Mucho más unido que el aire a la claridad del sol brillante al mediodía.

Lo que sucede entonces en el alma es mejor sentirlo que expresarlo con palabras. ¿Qué le queda al hombre en tal estado? Nada. Insondable desprecio de sí mismo y completa renuncia al espíritu de propiedad en todo: voluntad, espíritu, prácticas de vida. Porque perdiéndose aquí el hombre, se hunde en lo más hondo de humildad. Si pudiese descender más todavía, de suerte que en amor y humildad venga a ser nada, lo haría de buen grado. ¡Tan grande es el deseo de rebajarse que ha nacido en él!...

“Le parece entonces que es indigno de ser hombre, de entrar en una iglesia, de mirar un crucifijo en la pared. Se cree peor que el diablo. Jamás le fueron tan queridas la Pasión del Salvador y su Santa Humanidad. Le parece que comienza entonces a vivir.

En realidad es para él un nuevo comenzar en la virtud y santos ejercicios de piedad. Esta vida nueva nace en él de manera esencial, tanto en las cosas pequeñas como grandes. Lo pequeño y lo grande en él se identifican. ¿No ha dispuesto Dios la naturaleza de tal suerte que lo más bajo corresponda a lo más alto? El cielo es lo más alto, la tierra lo más bajo, pero la acción del sol no es en ninguna parte tan fecunda como en la tierra más baja. De igual modo la majestad de Dios no opera en parte alguna con más fruto que en el hombre anonadado. Como el sol absorbe y levanta la humedad de las honduras, así Dios, en su altura, atrae el espíritu hacia El hasta hacerle sentirse complemento de Dios mismo.

Luego el hombre vuelve a sumergirse tan profundo que piensa ser indigno de ser hombre. En una gran marmita, cuando el calor es fuerte, hierve el agua y sube unos momentos hasta el borde. Luego se desploma, apenas el fuego se retira. El amor fuerte en su ímpetu es así. El espíritu lanzado en su impulso quiere salir de sí mismo y sumergirse sin saber. Permanece unos momentos inconsciente. Vuelve luego a sumergirse en la conciencia de su nada.

“El amor fuerte posee tres propiedades. Primeramente rebosa los límites humanos hasta alcanzar a Dios en olvido de toda propiedad y rebasando la actividad de entendimiento, memoria y voluntad. Fenómeno que excede nuestras ideas y sentidos.

En segundo lugar, hace bajar el espíritu hasta el fondo, es decir, anonadarse. Tal humildad escapa al dominio de la conciencia sensible, que pierde aquí su nombre.

En tercer lugar, se da al hombre una hondura maravillosa de carácter. El hombre se interioriza y conserva la paz en cualquier contrariedad, sin alterarse, en tranquilo reposo, listo a caminar por donde el Señor quiera llevarle. Cooperando con Dios en lo que El quiera. Está como la sirvienta delante de la mesa de su señor, sin hacer otra cosa que mirarle, lista a cumplir lo que él indique.

Pero después de todos los progresos habidos, es todavía muy posible que el Enemigo le obsesione a este hombre tan noble con las más inmundas y horrorosas tentaciones, que causan más dolor de lo que se pueda imaginar.

Sirven, sin embargo, para elevarle a lo más alto. Cuando hay movimiento de la tierra los peñascos se levantan aún más. Si algo queda en la naturaleza que no esté impregnado de Dios, con estas pruebas el alma se limpia por completo.

Cuando el hombre ha pasado por aquí se mantiene como el sacerdote al lado del altar. Los utensilios y él mismo han sido consagrados para Dios. El tiene poder sobre el adorable cuerpo del Señor, y a pesar de todo no osa decir Padre Nuestro sin un preámbulo de excusa, cuando dice: “Os rogamos con todo el ejército del cielo... y en virtud de sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir”.

Requiere la profunda bajeza del hombre y la gran dignidad de Dios Padre que se ore con temblor reverencial. Debe el hombre considerar atentamente la maravilla de poder llamar a Dios su Padre, a pesar de la propia indignidad y las flaquezas.

¿Qué le queda al hombre deiforme?

El alma llena de Dios y el cuerpo en sufrimientos. La mirada de Dios penetra fulgurante como un rayo en el fondo de esta alma y ésta queda tan pagada que todo sufrimiento sabe a poco. La súbita entrada de Dios en lo más hondo le hace ver como un rayo lo que falta por hacer. Esta es la razón de por qué debe orar y por qué ha de predicar.

Pidamos vivir de tal manera que el verdadero amor de N. Señor nos ilumine. Que a esto nos ayude aquel que por esencia es el amor verdadero.

martes, 3 de mayo de 2011

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Retrato de un hombre que acaba de morir
Pulvis es, et in pulverem reverteris. Polvo eres y en
polvo te convertirás. Gn.. 3. 19.

PUNTO 1

Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir.
Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una
fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal., 14, 11). A
todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha dé
tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga
el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo,
luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de
expirar: Mira aquel cadáver, tendido aún en su lecho
mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido
el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte;
hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de
color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo;
yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo
ve!... ¡ Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente
o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el
mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso
cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado
desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor
insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes,
y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia
o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que
no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel
cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino
para que despida más insufrible fetidez, dice un autor

¡ Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio,
aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado
en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de
quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de
casa, y pagan portadores para que, encerrado en su
ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama
no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de
ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su
recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que
era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia
con grandes riquezas. Contrístame algunos, porque la
vida del que murió les era provechosa; alégranse otros,
porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus
deudos más allegados no quieren que de él se les hable,
por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de
otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto,
no falta un pariente que diga: «¡ Por caridad, no me lo
nombréis más!»
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus
deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos
en la escena del mundo a representar su papel y a recoger
la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren;
pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran.
Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en
breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y
muy luego parece como que su muerte los regocija. En
aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro,
y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán,
como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos...
Y tu alma, ¿dónde estará entonces?

PUNTO 2

Mas para ver mejor lo que eres, cristiano—dice San Juan
Crisóstomo—, ve a un sepulcro, contempla el polvo, la
ceniza y los gusanos, y llora. Observa cómo aquel
cadáver va poniéndose lívido, y después negro. Aparece
luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino
y repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa
y hedionda, que cae por la tierra.
Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se
nutren de la misma carne, a los cuales, a veces, se
agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo
unas por encima de él, penetrando, otras por la boca y
las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y
el pelo; descarnase el pecho, y luego los brazos y las
piernas.
Los gusanos, apenas han consumido las carnes del
muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo
no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que
con el tiempo se deshace, separándose los huesos y cayendo
del tronco la cabeza. Reducido como a tamo de
una era de verano que arrebató él viento... (Dn., 2, 35).
Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa.
¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban
alma y encanto de la conversación? Entrad en su morada;
ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo disfruta. Buscad
sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido
todo. Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se
halla convertido en podredumbre y descamados huesos...
¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado con tan deliciosos

manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos
servidores, ¿se ha reducido a eso?
Bien entendisteis vosotros la verdad, ¡oh Santos benditos
!, que por amor de Dios—fin único que amasteis en el
mundo—supisteis mortificar vuestros cuerpos, cuyos
huesos son ahora, como preciosas reliquias, venerados y
conservados en urnas de oro. Y vuestras almas hermosísimas
gozan de Dios, esperando el último día para unirse
a vuestros cuerpos gloriosos, que serán compañeros y
partícipes de la dicha sin fin, como lo fueron de la cruz en
esta vida.
Tal es el verdadero amor al cuerpo mortal; hacerle aquí
sufrir trabajos para que luego sea feliz eternamente, y
negarle todo placer que pudiera hacerle para siempre
desdichado.

miércoles, 27 de abril de 2011

Santa Teresa de Ávila, Los conceptos del amor de Dios


CAPÍTULO 4

Habla de la oración de quietud y de unión y de la suavidad y gustos que causan al espíritu, en comparación de los cuales no son nada los deleites de la tierra. Más valen tus pechos que el vino, que dan de sí fragancia de muy buenos olores (Cant. 1, 1-2).

1. ¡Oh hijas mías, qué secretos tan grandes hay en estas palabras! Dénoslo nuestro Señor a sentir, que harto mal se pueden decir. Cuando Su Majestad quiere, por su misericordia, cumplir esta petición a la Esposa, es una amistad la que comienza a tratar con el alma, que sólo las que la experimentéis la entenderéis, como digo. Mucho de ella tengo escrito en dos libros (que si el Señor es servido, veréis después que me muera), y muy menuda y largamente, porque veo que los habréis menester, y así aquí no haré más que tocarlo. No sé si acertaré por las mismas palabras que allí quiso el Señor declararlo.

2. Siéntese una suavidad en lo interior del alma tan grande, que se da bien a sentir estar vecino nuestro Señor de ella. No es esto sólo una devoción que ahí mueve a lágrimas muchas, y éstas dan satisfacción, o por la Pasión del Señor, o por nuestro pecado, aunque en esta oración de que hablo, que llamo yo de quietud por el sosiego que hace en todas las potencias, que parece la persona tiene muy a su voluntad, aunque algunas veces se siente de otro modo, cuando no está el alma tan engolfada en esta suavidad, parece que todo el hombre interior y exterior conforta, como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima, a manera de un gran olor, que si entrásemos en una parte de presto donde le hubiese grande, no de una cosa sola, sino muchas, y ni sabemos qué es ni dónde está aquel olor, sino que nos penetra todos, [3] así parece es este amor suavísimo de nuestro Dios: se entra en el alma, y es con gran suavidad, y la contenta y satisface y no puede entender cómo ni por dónde entra aquel bien. Querría no perderle, querría no menearse, ni hablar, ni aun mirar, porque no se le fuese. Y esto es lo que dice aquí la esposa a mi propósito, que dan de sí los pechos del Esposo olor más que los ungüentos muy buenos. Porque adonde he dicho digo lo que el alma ha de hacer aquí para aprovecharnos y esto no es sino para dar a entender algo de lo que voy tratando, no quiero alargarme más de que en esta amistad (que ya el Señor muestra aquí al alma -que la quiere tan particular con ella- que no haya cosa partida entre entrambos), se le comunican grandes verdades; porque esta luz que la deslumbra, por no entenderlo ella lo que es, la hace ver la vanidad del mundo. No ve al buen Maestro que la enseña, aunque entiende que está con ella; mas queda tan bien enseñada y con tan grandes efectos y fortaleza en las virtudes, que no se conoce después ni querría hacer otra cosa ni decir, sino alabar al Señor; y está cuando está en este gozo, tan embebida y absorta, que no parece que está en sí, sino con una manera de borrachez divina que no sabe lo que quiere, ni qué dice, ni qué pide. En fin, no sabe de sí; mas no está tan fuera de sí que no entiende algo de lo que pasa.

4. Mas cuando este Esposo riquísimo la quiere enriquecer y regalar más, conviértela tanto en Sí, que como una persona que el gran placer y contento la desmaya, le parece se queda suspendida en aquellos divinos brazos y arrimada a aquel sagrado costado y aquellos pechos divinos. No sabe más de gozar, sustentada con aquella leche divina que la va criando su Esposo, y mejorando para poderla regalar y que merezca cada día más. Cuando despierta de aquel sueño y de aquella embriaguez celestial, queda como cosa espantada y embobada y con un santo desatino, me parece a mí que puede decir estas palabras: Mejores son tus pechos que el vino. Porque cuando estaba en aquella borrachez, parecíale que no había más que subir; mas cuando se vio en más alto grado y todo empapada en aquella innumerable grandeza de Dios, y se ve quedar tan sustentada, delicadamente lo comparó; y así dice: Mejores son tus pechos que el vino. Porque así como un niño no entiende cómo crece ni sabe cómo mama, que aun sin mamar él ni hacer nada, muchas veces le echan la leche en la boca así es aquí, que totalmente el alma no sabe de sí ni hacer nada, ni sabe cómo ni por dónde (ni lo puede entender) le vino aquel bien tan grande. Sabe que es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten juntos todos los deleites y gustos del mundo. Vese criada y mejorada sin saber cuándo lo mereció; enseñada en grandes verdades sin ver el Maestro que la enseña; fortalecida en las virtudes, regalada de quien tan bien lo sabe y puede hacer. No sabe a qué lo comparar, sino al regalo de la madre que ama mucho al hijo y le cría y regala.

5. «Porque es al propio esta comparación que así está el alma elevada y tan sin aprovecharse de su entendimiento, en parte, como un niño recibe aquel regalo, y deléitase en él, mas no tiene entendimiento para entender cómo le viene aquel bien: que en el adormecimiento pasado de la embriaguez, no está el alma tan sin obrar, que algo entiende y obra, porque entiende estar cerca de Dios; y así con razón dice: Mejores son tus pechos que el vino.

6. Grande es, Esposo mío, esta merced, sabroso convite, precioso vino me dais, que con sola una gota me hace olvidar de todo lo criado y salir de las criaturas y de mí, para no querer ya los contentos y regalos que hasta aquí quería mi sensualidad. Grande es este; no le merecía yo. Después que Su Majestad se le hizo mayor y la llegó más a sí, con razón dice: Mejores son tus pechos que el vino. Gran merced era la pasada, Dios mío, mas muy mayor es ésta, porque hago yo menos en ella; y así es de todas maneras mejor. Gran gozo es y deleite del alma cuando llega aquí.

7. ¡Oh hijas mías! Déos nuestro Señor a entender o, por mejor decir, a gustar (que de otra manera no se puede entender) qué es del gozo del alma cuando está así. Allá se avengan los del mundo con sus señoríos y con sus riquezas y con sus deleites y con sus honras y con sus manjares; que si todo lo pudiesen gozar sin los trabajos que traen consigo (lo que es imposible), no llegara en mil años al contento que en un momento tiene un alma a quien el Señor llega aquí. San Pablo dice que no son dignos todos los trabajos del mundo de la gloria que esperamos; yo digo, que no son dignos ni pueden merecer una hora de esta satisfacción que aquí da Dios al alma, y gozo y deleite. No tiene comparación, a mi parecer, ni se puede merecer un regalo tan regalado de nuestro Señor, una unión tan unida, un amor tan dado a entender y a gustar, con las bajezas de las cosas del mundo. ¡Donosos son sus trabajos para compararlo a esto!, que si no son pasados por Dios, no valen nada; si lo son, Su Majestad los da tan medidos con nuestras fuerzas, que de pusilánimes y miserables los tememos tanto.

8. ¡Oh cristianos e hijas mías! Despertemos ya, por amor del Señor, de este sueño, y miremos que aún no nos guarda para la otra vida el premio de amarle; en ésta comienza la paga. ¡Oh Jesús mío, quién pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojarnos en los brazos de este Señor nuestro y hacer un concierto con Su Majestad, que mire yo a mi Amado y mi Amado a mí; y que mire El por mis cosas, y yo por las suyas! No nos queramos tanto que nos saquemos los ojos, como dicen. Torno a decir, Dios mío, y a suplicaros, por la sangre de vuestro Hijo, que me hagáis esta merced; béseme con beso de su boca, que sin Vos, ¿qué soy yo, Señor? Si no estoy junto a Vos, ¿qué valgo? Si me desvío un poquito de Vuestra Majestad, ¿adónde voy a parar?

9. ¡Oh Señor mío y Misericordia mía y Bien mío! Y ¿qué mayor le quiero yo en esta vida que estar tan junto a Vos, que no haya división entre Vos y mí? Con esta compañía, ¿qué se puede hacer dificultoso? ¿Qué no se puede emprender por Vos, teniéndoos tan junto? ¿Qué hay que agradecerme, Señor? Que culparme, muy mucho por lo que no os sirvo. Y así os suplico con San Agustín, con toda determinación, que «me deis lo que mandareis, y mandadme lo que quisiereis»; no volveré las espaldas jamás, con vuestro favor y ayuda.

10. «Ya yo veo, Esposo mío, que Vos sois para mí; no lo puedo negar. Por mí vinisteis al mundo, por mí pasasteis tan grandes trabajos, por mí sufristeis tantos azotes, por mí os quedasteis en el Santísimo Sacramento y ahora me hacéis tan grandísimos regalos. Pues, Esposa santa, ¿cómo dije yo que Vos decís: qué puedo hacer por mi Esposo?

11. «Por cierto, hermanas, que no sé cómo paso de aquí. ¿En qué seré para Vos, mi Dios? ¿Qué puede hacer por Vos quien se dio tan mala maña a perder las mercedes que me habéis hecho? ¿Qué se podrá esperar de sus servicios? Ya que con vuestro favor haga algo, mirad qué puede hacer un gusanillo; ¿para qué le ha menester un poderoso Dios? ¡Oh amor!, que en muchas partes querría decir esta palabra, porque sólo él es el que se puede atrever a decir con la Esposa: Yo a mi Amado. El nos da licencia para que pensemos que El tiene necesidad de nosotros este
verdadero Amador, Esposo y Bien mío.

12. Pues nos da licencia, tornemos, hijas, a decir: Mi Amado a mí, y yo a mi Amado. ¿Vos a mí, Señor? Pues si Vos venís a mí, ¿en qué dudo que puedo mucho serviros? Pues de aquí adelante Señor, quiérome olvidar de mí y mirar sólo en qué os puedo servir y no tener voluntad sino la vuestra. Mas mi querer no es poderoso; Vos sois el poderoso, Dios mío. En lo que yo puedo, que es determinarme, desde este punto lo hago para ponerlo por obra».

Tomas Kempis

DECLÁRASE QUÉ COSA SEA PACIENCIA Y LA LUCHA CONTRA EL APETITO.


El Alma:

1. Señor Dios, a lo que yo echo de ver, la paciencia me es muy necesaria; porque en esta vida acaecen muchas adversidades. Pues de cualquiera suerte que ordenare mi paz, no puede estar mi vida sin batalla y sin dolor. Jesucristo:

2. Así es, hijo; pero no quiero que busques tal paz, que carezca de tentaciones, y no sienta contrariedades. Antes cuando fueres ejercitado en diversas tribulaciones, y probado en muchas contrariedades, entonces piensa que has hallado la paz. Si dijeres que no puedes padecer mucho ¿cómo sufrirás el fuego del Purgatorio? De dos males siempre se ha de escoger el menor. Por eso, para que puedas escapar de los tormentos eternos, estudia sufrir con paciencia por Dios los males presentes. ¿Piensas tú que sufren poco o nada los hombres del mundo? No lo creas, aunque sean los más regalados.

3. Pero dirás que tienen muchos deleites y siguen sus apetitos, y por esto se les da poco de algunas tribulaciones.

4. Mas aunque fuese así, que tengan cuanto quisieren, dime, ¿cuánto les durará? Mira que los muy sobrados y ricos en el siglo desfallecerán como humo; y no habrá memoria de los gozos pasados. Pues aun mientras viven no se huelgan en ellos sin amargura, congoja y miedo. Porque de la misma cosa que se recibe el deleite, de allí frecuentemente reciben la pena del dolor. Justamente se procede con ellos; porque así como desordenadamente buscan y siguen los deleites, así los disfrutan con amargura y confusión. ¡Oh! ¡Cuán breves, cuán falsos, cuán desordenados y torpes son todos! Mas por estar embriagados y ciegos no discurren: sino a la manera de estúpidos animales, por un poco de deleite de la vida corruptible, caen en la muerte del alma. Por eso tú, hijo, no sigas tus apetitos y quebranta tu voluntad. Deléitate en el Señor, y te dará lo que le pidiere tu corazón.

5. Porque si quieres tener verdadero gozo, y ser consolado por Mí abundantísimamente, tu suerte y bendición estará en el desprecio de todas las cosas del mundo, y en cortar de ti todo deleite terreno, y así se te dará copiosa consolación. Y cuanto más te desviares de todo consuelo de las criaturas, tanto hallarás en Mí más suaves y poderosas consolaciones. Mas no las alcanzarás sin alguna pena, ni sin el trabajo de la pelea. La costumbre te será contraria; pero la vencerás con otra costumbre mejor. La carne resistirá; pero la refrenarás con el fervor del espíritu. La serpiente antigua te instigará y exasperará: pero se ahuyentará con la oración, y con el trabajo provechoso le cerrarás del todo la puerta.

CAPÍTULO 13: DE LA OBEDIENCIA DEL SÚBDITO HUMILDE A EJEMPLO DE JESUCRISTO.


Jesucristo:

1. Hijo, el que procura sustraerse de la obediencia, él mismo se aparta de la gracia; y el que quiere tener cosas propias, pierde las comunes. El que no se sujeta de buena gana a su superior, señal es que su carne aún no le obedece perfectamente, sino que muchas veces se resiste y murmura. Aprende, pues, a sujetarte prontamente a tu superior, si deseas tener tu carne sujeta. Porque tanto más presto se vence el enemigo exterior, cuanto no estuviere debilitado el hombre interior. No hay enemigo peor ni más dañoso para el alma que tú mismo, si no estás bien avenido con el espíritu. Necesario es que tengas verdadero desprecio de ti mismo, si quieres vencer la carne y la sangre. Porque aún te amas muy desordenadamente, por eso temes sujetarte del todo a la voluntad de otros.

2. Pero ¿qué mucho es que tú, polvo y nada, te sujetes al hombre por Dios, cuando Yo, Omnipotente y Altísimo, que crié todas las cosas de la nada, me sujeté al hombre humildemente por ti? Me hice el más humilde y abatido de todos, para que vencieses tu soberbia con mi humildad. Aprende, polvo, a obedecer; aprende, tierra y lodo, a humillarte y postrarte a los pies de todos. Aprende a quebrantar tus inclinaciones, y rendirte a toda sujeción.

3. Enójate contra ti; y no sufras que viva en ti el orgullo; sino hazte tan sumiso y pequeño, que puedan todos ponerse sobre ti, y pisarte como el lodo de las calles. ¿Qué tienes, hombre despreciable, de qué quejarte? ¿Qué puedes contradecir, sórdido pecador, a los que te maltratan, pues tantas veces ofendiste a tu Criador, y muchas mereciste el infierno? Pero te perdonaron mis ojos, porque tu alma fue preciosa delante de Mí, para que conocieses mi amor, y fueses siempre agradable a mis beneficios. Y para que te dieses continuamente a la verdadera humildad y sujeción, y sufrieses con paciencia tu propio menosprecio.

CAPÍTULO 14: CÓMO SE HAN DE CONSIDERAR LOS SECRETOS JUICIOS DE DIOS, PARA QUE NO NOS ENVANEZCAMOS.

El Alma:

1. Tus juicios, Señor, me aterran como un espantoso trueno, estremeciéndose todos mis huesos penetrados de temor y temblor, y mi alma queda despavorida. Estoy atónito, considero que los cielos no son limpios en tu presencia. Si en los ángeles hallaste maldad y no los perdonaste, ¿qué será de mí? Cayeron las estrellas del cielo; y yo, que soy polvo, ¿qué presumo? Aquellos cuyas obras parecían muy dignas de alabanza, cayeron al profundo; y los que comían pan de ángeles, vi deleitarse con el manjar de animales inmundos.

2. No hay, pues, santidad, si Tú, Señor, apartas tu mano. No aprovechará discreción, si dejas de gobernar. No hay fortaleza que ayude, si dejas de conservarla. No hay castidad segura, si no la defiendes. Ninguna propia guarda aprovecha, si nos falta tu santa vigilancia. Porque en dejándonos Tú, luego no vamos a fondo y perecemos; pero visitados de Ti, nos levantamos y vivimos. Mudables somos; pero por Ti, estamos firmes; nos entibiamos, mas Tú nos enciendes.

3. ¡Oh! ¡Cuán vil y bajamente debo sentir de mí! ¡Cuánto debo reputar por nada lo poco que acaso parezca tener de bueno! ¡Oh Señor! ¡Cuán profundamente me debo anegar en el abismo de tus juicios, donde no me hallo ser otra cosa que nada y más que nada! ¡Oh peso inmenso! ¡Oh piélago insondable, donde nada hallo de mí, sino ser nada en todo! ¿Pues dónde se esconde el fundamento de la vanidad? ¿Dónde la confianza de mi propia virtud? Anegase toda vanagloria en la profundidad de tus juicios sobre mí.

4. ¿Qué es toda carne en tu presencia? Por ventura, ¿podrá gloriarse el lodo contra el que lo trabaja? ¿Cómo se puede engreír con vanas alabanzas el corazón que está verdaderamente sujeto a Dios? Todo el mundo no ensoberbecerá a aquel a quien sujeta la verdad, ni se moverá por mucho que le alaben el que tiene firme toda su esperanza en Dios. Porque todos los que hablan son nada, y con el sonido de las palabras fallecerán; pero la verdad del Señor permanece para siempre.

CAPITULO 15: CÓMO SE DEBE UNO HACER Y DECIR EN TODAS LAS COSAS QUE DESEARE.

Jesucristo:

1. Hijo, en cualquier cosa di así: Señor, si te agradare, hágase esto así. Señor, si es honra tuya, hágase esto en tu nombre. Señor, si vieres que me conviene, y hallares serme provechoso, concédemelo para que use de ello a honra tuya. Mas si conocieres que me sería dañoso, y nada provechoso a la salvación de mi alma, desvía de mí tal deseo. Porque no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque parezca justo y bueno al hombre. Dificultoso es juzgar si te incita buen espíritu o malo a desear esto o aquello, o si te mueve tu propio espíritu. Muchos se hallan engañados al fin, que al principio parecían inspirados por buen espíritu.

2. Por eso siempre se debe desear y pedir con temor de Dios y humildad de corazón cualquier cosa apetecible que ocurriere al pensamiento, y sobre todo con propia resignación encomendarlo todo a Mí diciendo: Señor, Tú sabes lo que es mejor: haz esto o aquello, según te agradare. Da lo que quisieres, y cuanto quisieres, y cuando quisieres. Haz conmigo como sabes, y como más te agradare, y fuere mayor honra tuya. Ponme donde quisieres, dispón de mi libremente en todo. En tu mano estoy, vuélveme y revuélveme a la redonda. Ve aquí tu siervo dispuesto a todo; porque no deseo, Señor, vivir para mí sino para Ti. ¡Ojalá que viva dignamente y perfectamente! Oración para conseguir la voluntad de Dios.

3. Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia para que esté conmigo, y obre conmigo, y persevere conmigo hasta el fin. Dame que desee y quiera siempre lo que te es más acepto y agradable a Ti. Tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siempre la tuya, y se conforme en todo con ella. Tenga yo un querer y no querer contigo; y no pueda querer ni no querer lo que Tú quieres y no quieres.

4. Dame, Señor, que muera a todo lo que hay en el mundo; y dame que desee por Ti ser despreciado y olvidado en este siglo. Dame, sobre todo lo que se puede desear, descansar en Ti y aquietar mi corazón en Ti. Tú eres la verdadera paz del corazón; Tú el único descanso: fuera de Ti todas las cosas son molestas e inquietas. En esta paz permanente, esto es, en Ti, Sumo y eterno Bien. Dormiré y descansaré. Amén.

CAPITULO 16: EN SÓLO DIOS SE DEBE BUSCAR EL VERDADERO CONSUELO.

El Alma:

1. Cualquier cosa que puedo desear o pensar para mi consuelo, no la espero aquí, sino en la otra vida. Pues aunque yo solo estuviese todos los gustos del mundo, y pudiese usar de todos sus deleites, cierto es que no podrían durar mucho. Así que no podrás, alma mía, estar cumplidamente consolada, ni perfectamente recreada sino en Dios, que es consolador de los pobres, y recibe a los humildes. Espera un poco, alma mía, espera la promesa divina, y tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo. Si deseas desordenadamente estas cosas presentes, perderás las eternas y celestiales. Sean las temporales para el uso: las eternas para el deseo. No puedes saciarte de ningún bien temporal, porque no eres criada para gozar de lo caduco.

2. Aunque tengas todos los bienes criados, no puedes ser dichosa y bienaventurada: mas en Dios, que creó todas las cosas, consiste toda tu bienaventuranza y tu felicidad. No como la que admiran y alaban los necios amadores del mundo, sino como la que esperan los buenos y fieles discípulos de Cristo, y alguna veces gustan los espirituales y limpios de corazón, cuya conversación está en los cielos. Vano es y breve todo consuelo humano. El dichoso y verdadero consuelo es aquel que la Verdad hace percibir interiormente. El hombre devoto en todo lugar lleva consigo a su consolador Jesús, y le dice: Ayúdame, Señor, en todo lugar y tiempo. Sea, pues, mi consolación carecer de buena gana de todo humano consuelo. Y si tu consolación me faltare, sea mi mayor consuelo tu voluntad y justa probación. Porque no estarás airado perpetuamente, ni enojado para siempre.

martes, 26 de abril de 2011

Santo Domingo de Guzman


Diálogo de la Eterna Sabiduría y su siervo

Capítulos 13 y 14

Hay dos temas de singular relieve en la espiritualidad cristiana: Primero, el provecho espiritual que todos debemos sacar de la consideración atenta de la Pasión del Señor, que se hizo camino de salvación. Segundo, la aceptación y comprensión del sufrimiento como parte de nuestra vida, visto a la luz de la Pasión del Señor y de la purificación de nuestro amor a Dios y a los hombres.

Reflexionemos en ellos siguiendo a Enrique Seuze nos serviremos de textos muy relevantes en la historia de la espiritualidad: los capítulos 14 y 13 respectivamente del DIÁLOGO DE LA SABIDURÍA Y SU SIERVO escrito por este místico del siglo XIV, dominico alemán. Esa obra acaba de ser traducida al español por el profesor Salvador Sandoval para la editorial San Esteban, de Salamanca.

Inefable provecho de meditar en la Pasión del Señor.

(Diálogo del Siervo, fray Enrique, con la Eterna Sabiduría, Cristo.)

EL SIERVO: Señor, creo que nadie sabe bien cuántos beneficios podrían obtenerse de tu pasión y cuán inmensos son los frutos que en ella se encuentran, si uno quisiera consagrarle su espacio y tiempo.

¡Qué senda tan segura es el camino de tu pasión, que lleva al hombre por la vía de la verdad hasta la cumbre más alta de toda perfección!

¡Qué razón tenias tú, bienaventurado Pablo, luz eximia entre todos los astros del cielo, cuando hablaste! Tú, aunque fuiste raptado a las alturas y abismado en los ocultos misterios de la desnuda divinidad hasta el punto de oír palabras misteriosas que ningún hombre puede pronunciar (2 Cor 12,4), sin embargo, abrazaste sobre todas las cosas la amadísima pasión de Cristo con tanto amor y dulzura de tu corazón, que no dudaste en decir: Nada he creído saber entre vosotros, sino a Cristo Jesús, y éste crucificado (1 Cor 2,2).

Bienaventurado seas tú también entre todos los doctores, dulce Bernardo, cuya alma fue admirablemente iluminada por los rayos del Verbo eterno, pues con la dulce elocuencia que mana de la exuberancia de tu corazón predicaste y ensalzaste la pasión de la humanidad de Cristo, diciendo entre otras cosas:

«Hermanos, desde el principio de mi conversión y como acervo de los méritos que sabía que me faltaban, procuré juntar y colocar entre mis pechos este pequeño haz hecho de todas las angustias y amarguras de mi Señor. A meditar estas cosas llamé sabiduría; en ellas he descubierto la perfección de la justicia, la plenitud de la ciencia, las riquezas de la salvación y el tesoro de los méritos. De ellas me viene la saludable bebida de la amargura y el dulce bálsamo del consuelo. Ellas me sostienen en la adversidad, y en la prosperidad me ponen freno; ellas al que camina por la vía regia entre la alegría y la tristeza de la vida presente, le ofrecen una guía segura, alejando los males que le amenazan...»

Y poco después: «Esta es mi más sublime filosofía: conocer a Jesús, y a éste crucificado. Yo no busco, como la esposa, dónde reposa al mediodía aquel a quien abrazo gozoso entre mis pechos. No pregunto dónde pastorea al mediodía aquel a quien veo como Salvador en la cruz. Aquello es más elevado, esto más dulce y conveniente para mí. Aquello es pan, esto leche...» No es casualidad, padre san Bernardo, que tu lengua destilara palabras tan dulces, pues la dulce pasión de Cristo había endulzado tu corazón.

Eterna Sabiduría, de todo lo dicho deduzco fácilmente que todo el que desee grandes premios, la salvación eterna, una ciencia excelente y una sabiduría superior, y quiera gozar de un alma equilibrada en la adversidad y en la prosperidad y estar completamente seguro frente a todo mal, ése debe llevarte a Ti, su Señor crucificado, ante los ojos del alma dondequiera que vaya.

ETERNA SABIDURÍA: No creas haber entendido cuán útil es esto y qué premios reporta. Créeme, el recuerdo continuo de mi bondadosísima pasión convierte a un ignorante en sabio doctor. Y no es de extrañar, pues mi pasión es en sí misma un libro de vida en el que puede encontrarse todo. ¡Sea tres y cuatro veces bienaventurado aquel que la tiene siempre ante sus ojos y a ella se consagra! ¡Qué sabiduría y gracia, qué consuelo y dulzura, qué superación de todos los vicios y qué sentido de mi continua presencia puede obtener! Escucha un ejemplo de esto:

Hace muchos años, un hermano predicador, al principio de su conversión, sufría horriblemente por una melancolía desordenada, la cual le resultaba a veces tan molesta que sólo quien la hubiera experimentado sería capaz de comprenderla. En cierta ocasión, estando sentado en su celda después de la comida, le oprimió tanto esa tentación, que no le apetecía ni estudiar, ni orar, ni hacer nada bueno, y se quedaba triste en su celda, con las manos recogidas en su regazo, como si quisiera al menos guardar su celda en alabanza de su Señor, pues se sentía completamente imposibilitado para cualquier otro ejercicio espiritual. Viviendo en ese estado, privado de todo consuelo, le pareció oír en su interior una voz que le decía: «¿Por qué estás sentado aquí? Levántate y recuerda todo lo que yo he sufrido: así olvidarás toda tu aflicción». El, levantándose al punto (pues entendió que la voz venía del cielo), empezó a meditar la pasión del Señor Jesús y se sintió de tal modo liberado de su sufrimiento, que jamás volvió a experimentar algo así.

EL SIERVO: Eterna Sabiduría, Tú que conoces todos los corazones, sabes, sin duda, que nada hay para mí más deseable que sentir tu acerbadisima pasión con más vehemencia que los demás hombres, y de tal modo que de mis ojos mane noche y día una fuente de tristes lágrimas. Y por eso me quejo amargamente ante Ti porque tu pasión no logra traspasar profundamente mi alma en cada momento y yo no puedo meditarla con tanta devoción como Tú te mereces, amadísimo Señor. Enséñame cómo debo comportarme.

ETERNA SABIDURÍA: La meditación de mi pasión no debe ser superflua sino que debe hacerse con íntimo amor del corazón y con sentida reflexión. De otro modo, el corazón no sentirá más devoción que la que siente el paladar por una comida dulce, pero sin masticar. Y si, a pesar de recordar la inefable angustia y el dolor que me causó, no puedes rememorar mi pasión con los ojos humedecidos, hazlo al menos con ánimo alegre por los bienes inmensos que de ella recibes. Si tampoco eso alcanzas, si no puedes meditarla ni con alegría ni con llanto, medítala entonces con el corazón árido en alabanza a Mí, pues de ese modo me haces un obsequio más grato que si te derritieras entero a causa de las lágrimas y la dulzura, ya que de este modo actúas por amor a la virtud, no buscándote a ti mismo.

Y para que mi pasión penetre cada vez más en tu corazón, escucha ¡o que te voy a decir... Si un gran pecador ... ha de cumplir en el ardiente horno del terrible purgatorio las penas que aquí no pagó, ... todo lo que él debe pagar puede expiarlo y borrarlo por la economía de mi inocente pasión. Y, en verdad, aquella pobre alma podrá refugiarse y agarrarse de tal modo al ilustre tesoro de mi pasión, que, aunque tuviera que sufrir mil años ¡os tormentos del purgatorio, en un instante quedará libre de toda culpa y pena, y, abandonando el purgatorio, volará libre al cielo.

EL SIERVO: Señor, enséñame cómo puede ser esto. ¡Cómo me gustaría conquistar de ese modo el tesoro de tu pasión!

ETERNA SABIDURÍA: Debe hacerse como sigue:

1. Con corazón contrito, examine y pondere el hombre seria y frecuentemente la gravedad y cantidad de sus grandes pecados, pues con ellos ha ofendido tan irreverentemente los ojos de su Padre celestiaL

2. Después, tenga en nada sus obras de penitencia, pues, comparadas con los pecados, no son más que una gota en el océano.

3. Considere la admirable inmensidad de mi expiación, puesto que una gotita de la sangre preciosa que mana en abundancia por todo mi cuerpo bastaría para borrar los pecados de mil mundos; aunque tanto se beneficia uno de mi expiación cuanto se conforma a Mí por compasión.

4. Finalmente, debe sumergir y fijar humilde y encarecidamente la pequeñez de su expiación en la infinidad de la mía.

En resumen, ni los aritméticos, ni los geómetras, ni todos los maestros juntos son capaces de enumerar la inmensidad de los bienes que permanecen ocultos en la asidua meditación de mi pasión.

EL SIERVO: Siendo esto así, Señor, te pido que pongas fin a todo lo que me ha alejado de tí y me introduzcas profundamente en las riquezas ocultas de tu amadísima pasión.

Las aflicciones y pruebas ayudan a madurar en la vida.

EL SIERVO: Te suplico, Señor, te dignes explicar a tu siervo cuáles son las cruces o aflicciones que afirmas ser tan dignas y útiles. Ardo en deseos de que me instruyas más acerca de este asunto, para que, si me ocurre alguna adversidad con tu consentimiento, la reciba alegre y amorosamente como procedente de tus paternales manos.

ETERNA SABIDURÍA: Me refiero a cualquier cruz o aflicción, tanto si es asumida libremente como si sobreviene sin quererla, siempre que el hombre que la sufre, haciendo de la necesidad virtud, no quiera verse libre de ella sin mi voluntad, y la refiera con humilde y amable paciencia a mi eterna alabanza.

Esta cruz es para Mí tanto más noble y aceptable, cuanto mayor sea el amor y el abandono que la acompañen. Acerca de este tipo de aflicciones, escucha lo que te voy a decir y grábalo bien a fondo en la mismas entrañas de tu corazón, de modo que sea para ti como un signo puesto ante los ojos espirituales de tu alma.

Ten por seguro que yo moro en el alma pura como en un paraíso de gozo.

Por eso no puedo soportar que se entregue al amor o deleite de cualquier otra cosa. Como está inclinada por naturaleza a placeres nocivos, cerco su camino con espinas y obstruyo sus sendas (quiera o no quiera) con la adversidad, para que no escape de mis manos. Siembro de aflicciones todos sus caminos, para que el gozo de su corazón no descanse en otra cosa que no sea la majestad de mi divinidad.

Créeme, si todos los corazones se hicieran uno solo, no podrían ganar en esta vida el premio más pequeño que Yo daré en la eternidad, incluso por la cruz más insignificante que se sufra por amor a Mí. Así lo he dispuesto y decretado desde la eternidad en toda la naturaleza, y no quiero cambiarlo, para que lo que es noble y bueno sea difícil y cueste conquistarlo. Si uno no quiere poner manos a la obra, sino que prefiere apartarse de Mí, que lo haga. Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos (Mt 22,1 4).

EL SIERVO: Quizá no pueda negarse, Señor, que los sufrimientos sean un bien inmenso, si no fueran tantos, ni tan horribles e inauditos. Señor Dios, Tú solo conoces todos los secretos y lo has creado todo con número, peso y medida; Tú sabes bien que mis sufrimientos exceden toda medida y superan mis fuerzas. No sé si hay en este mundo algún otro que sufra continuamente tanto como yo. ¿Cómo podré soportarlo? Señor, si tu me enviaras sufrimientos comunes, los soportaría; pero estas extrañas e inusuales cruces, que tan secretamente traspasan mi alma y mi espíritu y que sólo Tú conoces a fondo, no veo cómo podría soportarlas.

ETERNA SABIDURÍA: Todo enfermo cree que su enfermedad es la más grave de todas, y un sediento juzga que nadie es más desgraciado que él. Por eso, si te hubiera afligido por otros medios, sentirías lo mismo que sientes ahora. Así pues, abandónate a mi voluntad con ánimo esforzado ante cualquier adversidad que Yo quiera enviarte, sin excepción. ¿No sabes que Yo siempre quiero sólo lo mejor para ti, incluso con mucho más interés que tú? Sabes que soy la Eterna Sabiduría, la única que conoce a la perfección qué es lo que más te conviene. Además, creo que ya has aprendido por propia experiencia que las cruces enviadas por Mí, si uno sabe servirse bien de ellas, tocan más de cerca, penetran más profundamente y llevan más rápidamente a Dios que cualesquiera otras asumidas por propia iniciativa. ¿De qué te quejas aún? ¿Por qué no dices mejor: Padre bondadosísimo, haz conmigo lo que quieras?

EL SIERVO: Es fácil decirlo, Señor, pero el sufrimiento presente es difícil de soportar a causa de su excesivo dolor.

ETERNA SABIDURÍA: Si la cruz no doliera no sería cruz. Nada hay más honroso que la cruz, nada más gozoso y deseable que haberla sufrido. La cruz, a cambio de un breve dolor, proporciona un gozo duradero. La cruz duele a quien le resulta molesta y detestable, pero apenas mortifica a quien la soporta ecuánimemente. Si disfrutaras siempre de tanta dulzura espiritual, de tanto consuelo y deleite divino que rebosaras de rocío celestial, todas estas cosas, consideradas en sí, no aumentarían tanto tu mérito, ni por ellas obtendrías de Mí tanta gracia, ni me sentiría tan obligado a ti, como una sola cruz sufrida con amor o el abandono de ti mismo en la aridez del espíritu, en la que me sufres por amor. Es más probable que diez elijan entregarse a un gran placer y a las delicias del corazón, que uno solo opte por humillarse padeciendo en continua adversidad y sufrimiento.

Si tuvieras la ciencia de los astrónomos, si pudieras hablar de Dios tan copiosa y elegantemente como todas las lenguas de los ángeles y de los hombres; y si tú solo tuvieras la erudición de todos los maestros y doctores, todo eso no te ayudaría tanto a una vida santa y piadosa como resignarte y confiarte a Dios en todas tus aflicciones. Aquellas cosas son comunes a buenos y malos, mas esto último es patrimonio de los elegidos. ¡Oh, si alguien pudiera sopesar y ponderar con juicio justo el tiempo y la eternidad, preferiría yacer cien años en un horno ardiendo que carecer de la mínima recompensa que gustará eternamente en el cielo a cambio de una levísima aflicción! Aquello tiene fin, esto es eterno.

El sufrimiento posee gran dignidad ante Dios

EL SIERVO: Eso que recuerdas, bondadosísimo Jesús, suena como suavísima cítara para un hombre afligido. Ciertamente, Señor, si me consolaras con palabras tan dulces mientras sufro, padecería gustoso y preferiría soportar la cruz a carecer de ella.

ETERNA SABIDURÍA: Escucha ahora atentamente la dulce melodía, los cantos sonoros de las cuerdas tensas del hombre que sufre a Dios; advierte cuán suavemente resuenan, cómo acarician los oídos. El sufrimiento es despreciable para el mundo, pero ante Mí posee una inmensa dignidad. El sufrimiento aplaca mi ira, atrae mi gracia y amistad; el sufrimiento hace al hombre grato y amable a mis ojos, pues lo conforma y semeja a Mí.

El sufrimiento es un bien oculto que nadie puede pagar, y aunque alguno me suplicara de rodillas durante cien años una cruz amable, ni siquiera así podría merecerla. El sufrimiento convierte al hombre terrenal en celestial. El sufrimiento vuelve este mundo ajeno al hombre y conduce a una intimidad perpetua conmigo; disminuye el número de los amigos, pero aumenta la gracia. El que quiera disfrutar de mi íntima amistad debe estar absolutamente libre y desprendido de todo el mundo. El sufrimiento es el camino más seguro y breve.

Créeme, si uno conociera bien cuánta es la utilidad y ventaja de la cruz, la recibiría de manos de Dios como el don más precioso. ¡Cuántos estaban destinados a la perdición eterna y dormían un sueño perpetuo, y, sin embargo, el sufrimiento los restableció y despertó a una vida mejor! ¡A cuántos retienen continuos sufrimientos como a fieras y avecillas indómitas en jaulas, pero, si se les diera tiempo y ocasión, huirían inmediatamente hacia su perdición eterna!

El sufrimiento preserva de la caída grave, enseña al hombre a conocerse a sí mismo, a recogerse en su interior, a estar en armonía consigo mismo y a creer al prójimo. Mantiene el alma en la humildad y le enseña sabiduría ; protege la pureza y trae la corona de la beatitud eterna. Apenas encontrarás a alguien que no obtenga algún bien del sufrimiento, tanto si está aún sujeto al pecado, como si empieza a enmendar su vida, ya esté en el número de los proficientes o en el de los perfectos. El fuego purga el hierro, acrisola el oro y adorna joyas preciosas. El sufrimiento quita la carga del pecado, disminuye las penas del Purgatorio, rechaza las tentaciones, destruye los vicios, renueva el espíritu, aporta verdadera confianza, una conciencia pura y un espíritu firme y elevado. El sufrimiento es bebida saludable, hierba más salutífera que todas las hierbas del paraíso. Castiga el cuerpo, que en breve ha de descomponerse, y rehace el alma, mucho más noble y eterna. El sufrimiento vivifica y fecunda el alma como el rocío de mayo las bellas rosas.

El conocimiento de sí inunda el espíritu y vuelve al hombre experimentado. Quien no ha gustado el sabor del sufrimiento y la tentación, ¿qué sabe? El sufrimiento es una vara llena de amor y castigo paternal de mis elegidos. El sufrimiento arrastra y empuja al hombre, quiera o no, a Dios. Al que soporta la adversidad con alegría todo le sirve y aprovecha, las cosas agradables y las tristes, los enemigos y los amigos.

¡Cuántas veces tú mismo has desbaratado y reducido a la nada los ataques de tus enemigos alabándome con ánimo alegre y decidido, y soportando la adversidad mansa y bondadosamente! Preferiría crear sufrimientos de la nada que dejar a mis amigos privados de la cruz. En el sufrimiento se ponen a prueba todas las virtudes, el hombre recibe honra, el prójimo es corregido y Dios alabado. La paciencia en la adversidad es un sacrificio vivo, perfume suavísimo de excelente bálsamo ante mi divina majestad y objeto de enorme admiración ante todo el ejército celestial. Jamás ha habido nadie, por valiente que fuera, púgil o caballero, cuyos combates públicos hayan despertado en los espectadores tanta admiración como la que sienten todos los bienaventurados ante un hombre que soporta rectamente el sufrimiento.

Todos los santos son como catadores del hombre que sufre, pues conocen como nadie el sufrimiento, y todos afirman al unísono que no hay veneno alguno en el sufrimiento, sino que es una bebida de lo más saludable. Ser paciente en la adversidad es más provechoso que resucitar muertos o hacer otros milagros. Es el camino estrecho que conduce directo hasta las mismas puertas del cielo. El sufrimiento hace al hombre compañero de los mártires, concede la alabanza y la victoria sobre todos los enemigos, viste al alma de hábito rosa y púrpura, prepara una corona de rosas y hace un cetro de palmas lozanas; el sufrimiento es como piedra preciosa en el broche que cuelga en el pecho de una virgen; en la vida eterna, el sufrimiento entona con dulces melodías y espíritu libre un cántico nuevo que ni todos los coros de los ángeles podrían igualar, precisamente por esto: porque jamás han probado el sabor de la cruz. Por decirlo en pocas palabras: este mundo llama desgraciados a los hombres que sufren, pero Yo los llamo dichosos, porque los he elegido para Mí

EL SIERVO: Tus palabras demuestran que eres la Eterna Sabiduría, porque puedes revelar la misma verdad con tal claridad, que no hay lugar para la duda.

No es de extrañar que uno pueda soportar el sufrimiento cuando se lo haces tan agradable.

Señor, con tus dulces palabras has conseguido que toda cruz y molestia sean para mí mucho más soportables y gozosas.

Señor Dios, Padre de bondad, de rodillas ante Ti y desde lo más profundo de mi corazón, te alabo y te doy las gracias por los sufrimientos presentes y también por los pasados, tan acerbos y lacerantes, los cuales me resultaban muy dolorosos porque parecían venir de un espíritu hostil.

ETERNA SABIDURÍA: ¿Y qué opinas ahora de ellos?

EL SIERVO: Ahora no tengo la menor duda, Señor: cuando te contemplo con ojos de enamorado, Pascua gratísima de mi corazón, reconozco que aquellas cruces tan horribles y dolorosas con las que me has probado y ejercitado con bondad paternal (tus amigos se horrorizaban al yerme oprimido bajo su peso) no han sido para mí sino dulce rocío de mayo florido.